Barbarito Torres: laudista sin límites

POR Mario Villanueva S.

 Integrante de Buena Vista Social Club, Barbarito Torres es un prolífico músico cuyo laúd le ha dado la oportunidad de explorar lo mismo el jazz que el blues y, por supuesto, los acordes tradicionales cubanos, partiendo de la esencia de sus raíces africanas y boleristas

Como al resto de sus compatriotas, a Bárbaro Alberto Torres Delgado (Matanzas, Cuba, 1956) también le hierve la sangre cuando escucha una nota musical con ritmo y sabor a trópico. En El cuarto de Tula, Eliades Ochoa testimonia eso cuando canta “Candela, muchacho / Se volvió loco Barbarito, ¡hay que ingresarlo!” al ver a Barbarito Torres contorsionarse para tocar su laúd (ese que fabrica él mismo y que es de mango corto y más grueso que el español o el árabe), costumbre que no abandona desde que aprendió de Luciano Monet la ejecución del instrumento.

“Fue mi padrino de bautizo cuando yo tenía un año de edad, pero ya murió. Él me enseñó incluso a colocarme el instrumento en las manos, me heredó sus dotes desde que yo era niño, cuando empecé a aprender a tocar el laúd a los diez años.
Hizo muchas cosas conmigo; un buen día me dijo: ‘Te pareces mucho a mí, pero busca tu propio estilo’. En aquél momento sentí que me tiraban un cubo con hielo –ahora reconozco que me hizo un gran favor—, comencé a buscarme, a buscar mi mundo interior como músico… Fue muy fácil, comencé a escuchar todo tipo de música y, sin imitar a nadie, creé mi propio estilo, un estilo más armónico, más fusionado; posiblemente, me acerco un poco más al rock, al jazz, un poco a la música cubana, hago una fusión sin copiar a nadie. Él solo hizo arreglos, no tuvo obra. Como pocos laudistas cubanos, tocaba igual música campesina que de concierto.
Personalmente, Luciano me dejó mucho. Como él y su esposa Elena no tuvieron hijos, entonces yo era el ídolo de ellos. Luciano era una gente muy especial, muy sencilla”.
Aunque los juegos y lo prohibido le atrajeron como a otros niños, la infancia de Barbarito Torres estuvo rodeada de música. “Yo soy practicante-portador, así se le dice a quien pertenece a una familia de músicos. Eso me acercó al laúd, porque tuve la influencia de mi papá que lo tocaba, la de Luciano, que siempre estaba en mi casa; de mi hermana Conchita, que trabaja conmigo en mi orquesta y mi mamá cantaba. Desde niño siempre viví entre la fiesta, el punto guajiro, la décima, el son montuno, el laúd y la guitarra, pero mientras jugaba un poquito a los carritos, tocaba el laúd con la boca y una tablita, así empecé”.
A partir de ese momento, Barbarito estableció un estrecha relación con su instrumento. Acepta que llega a ser tan cercana e íntima como lo puede ser un encuentro con una mujer. “Es muy especial. Peleo mucho por su cuidado, incluso si me doy cuenta que cayó un lápiz encima del estuche de uno de mis ocho laúdes. Exijo que no los toquen, porque son parte de mi fogo, de mi vida, son los que me han hecho a mi sentir y padecer… Yo toco bien cuando estoy triste, y mejor cuando estoy contento, las varias formas que tengo de expresar mis sentimientos lo hago a través de mi instrumento, lo más profundo como lo menos profundo”.
Desde el periodo de formación, Barbarito ha destacado en su música las raíces de su cultura, ha rescatado ese vínculo con las religiones africanas, la santería y las tradiciones yorubas. Esos elementos, dice, siguen presentes en la música cubana, los temas, acordes y estructura actuales: “están vigentes en nuestra música, en nuestro arte, en cada uno de los cubanos. Procedemos de los africanos y de los españoles: los primeros nos dieron la religión, los cantos yoruba y los cantos locumí; España nos regaló la décima, la poesía, y de todo ello se ha hecho una liga muy interesante que se ha extendido por todo el mundo”.
Ese apego por el folklore es reflejo de la insistencia de Torres por conservar la música campesina de su país, esa que llaman guajira. No obstante ha trasladado su esencia a géneros extraños a ésta, como el jazz o el blues. En ese sentido, ¿tiene límites el laúd en su ejecución?
“Lo único que no he tocado hasta ahora en el laúd es el reggaeton, porque hasta rock he hecho. Yo creo que el límite lo puede tener el instrumentista, no el instrumento”.
A Pío Leyva lo acompaña siempre un buen whisky y un buen tabaco, a otros músicos un tequila, un vodka, un brandy. ¿Y a usted? “Yo no soy buen bebedor. Pero sí, un whiskyto también un día o una cervecita, y un tabaquito también, o una taza humeante de café riquísima”.

La difusión de lo cubano
El hecho de que la música cubana, su cultura, sus tradiciones, lo cubano en general, se haya convertido en una moda, en elemento indispensable en cada charla, cada pista de baile o estación de radio, etcétera, en ocasiones, incluso, con connotaciones políticas y sociales, ¿le ha sumado algo o le ha restado?
“De restarle, no le resta nada. Al contrario, eso multiplica. Siempre se hizo esa buena música, lo que pasa es que no había tenido la difusión que necesitaba y que, a través de este boom, de esta moda, se dio a conocer”.

Cuba, rinconcito de Dios
Parece que el tema político acerca de Cuba se ha desgastado o convertido en lugar común a causa de que constantemente se pregunta a artistas, intelectuales, músicos, a cualquier cubano, en general, sobre lo que pasa en la isla y aquello relacionado con sus gobernantes. ¿Es válido que ustedes todavía hablen al respecto o no?
“Chico, lo que ustedes pregunten (los medios de comunicación) nosotros lo contestamos. ¿Qué pasa en Cuba? En Cuba no hay problemas, hay un sistema social muy estable… Nosotros no tenemos por qué decir ninguna mentira. Cualquiera puede venir a la isla y ver cómo está Cuba: hay tremenda educación, tremenda salud, que no hay en muchos países que son una potencia. En Cuba, por ejemplo, la música se estudia en un grandísimo nivel, en Cuba hay una universidad de la música muy por encima de cualquiera en el mundo y así en todas las disciplinas, los médicos, los ingenieros, se forman de gratis, aquí quien quiera estudiar tiene la oportunidad. Te lo está diciendo uno que estudió, uno que es padre y tiene hijos.

Barbarito, los saltos a la universalidad

Del cuaderno pautado de Barbarito Torres ha surgido una estilística bilar, de claroscuros: es tan sencilla como desarrollada, tan conservadora como vanguardista. Trama tendencias musicales contemporáneas con fórmulas arraigadas que resultan en la empatía con un público heterogéneo, sin edad.
En 1970 emprendió un camino profesional que ha estado repleto de triunfos y satisfacciones. Todo comenzó con el Conjunto Serenata Yumurina bajo la dirección de Higinio Mulens; luego se integró a una banda militar mientras realizaba el servicio militar en 1973; entonces siguió el conjunto Siembra Cultura (Grupo Yarabí) y, al trasladarse a La Habana, se incorporó a la Orquesta Cubana de Cuerdas; posteriormente lo hizo con el Grupo Campo Alegre junto a Celina González (hasta 1995) como su director musical y simultáneamente tocó para el Grupo Manguaré. No obstante, en 1992 formó su propia agrupación, Piquete Cubano.
En 1998, la participación de Barbarito en las producciones de Afro Cuban All Stars y Buena Vista Social Club fue preponderante en la obtención de un premio Grammy.
El debut discográfico de Barbarito Torres como solista fue en Havana Caliente, material en el que alternó con Omara Portuondo, Ibrahim Ferrer, Pío Leyva, Richard Egües (flauta), Manuel “Guajiro” Mirabal (trompeta) y Carlos Estevez (cajón). Luego se publicaron Havana Café (2002) y Barbarito Torres (2003).

El laúd en Cuba

El antecedente directo del laúd actual es un instrumento islámico conocido como ud, procedente del occidente asiático, luego de ser introducido en Europa a través de España a principios del siglo 13. Ud significa madera o vara flexible, lo que hace pensar que instrumentos similares de la época se construían con caparazones de animales.
La herencia no fue contundente porque con el paso del tiempo y, sobre todo en el medioevo español, la forma original cambió en tamaño, decorados, caja de resonancia y en los trastes, por ejemplo.
Su característica diferencial más clara respecto a otros instrumentos punteados es ser más grande, aparte del habitual clavijero doblado hacia atrás, el fondo de costillas o duelas, la forma de la caja y el hecho de fusionar en una sola pieza el cordal y el puente.
En el Renacimiento, el laúd fue perfeccionado en estructura como en fabricación: liviano, con piezas de pequeño grosor, mejor madera de pino y reforzado en su interior.
La edad moderna del laúd data de 1880, cuando surgen dos modos de afinación del instrumento: cuando toca solo, a una cuarta más baja que la bandurria y, otra afinación a una octava más baja que la bandurria, cuando el laúd es ejecutado en conjunto.
Hoy se distinguen tres tipos de laúd: el español, el árabe y el cubano, que es de menor tamaño que los otros y se construye en Cuba. Incluso, su afinación se distingue, ya que, por su tamaño, “se afina más agudo”.

Pese a que puede ser pieza de museo, el laúd sigue vivo gracias a que en Cuba, en las campiñas, es de uso común entre los pobladores guajiros. “El laúd llega a manos de los campesinos cubanos gracias a los migrantes proveniente de Islas Canarias, España”.

Buena Vista Social Club

En La Habana Vieja existió un sitio donde se reunían músicos de talento comprobado. La nostalgia quedó de todo aquel glamur que cubrió los días de gloria de ese lugar.
El recuerdo de las noches donde el bolero y el son fueron reyes avivó la inquietud de Ry Cooder a partir de que el músico estadounidense escuchó una cinta donde aparecían estrellas de la música cubana ya olvidadas, como Ibrahim Ferrer y Rubén González.
La empresa era complicada: rescatar de sus recuerdos a los propios protagonistas del proyecto, al que se sumaron Omara Portuondo, Eliades Ochoa y Compay Segundo.

La respuesta fue positiva. Por lo que el proyecto salió del estudio de grabación para trasladarse a la pantalla cinematográfica: el prestigiado cineasta alemán Wim Werders se encargó del rodaje y la sintaxis fílmica: un documental en video digital que registró, discretamente, las sesiones de grabación, la vida cotidiana de los músicos y reflejó su filosofía. Los resultados fueron contundentes: éxito internacional y la atención de los reflectores, con funciones en Amsterdam y Nueva York, primero, y después en todo el mundo.