Blog, Twitter y Cuaderno de Saramago

POR Alfredo C. Villeda
l Premio Nobel de Literatura implica no pocas incomodidades para sus ganadores, aunque pocos aluden a ellas mientras sólo son candidatos. Ya el chileno Antonio Skármeta, en El cartero, ha perfilado cómo su paisano Pablo Neruda ansiaba ganarlo y grillaba en esa dirección. El japonés Yasunari Kawabata esconde la ambición, sin negarla, en las cartas a su discípulo Yukio Mishima. El turco Orhan Pamuk se sincera y dice que es el hombre más feliz del mundo por las giras que acarrea entrar al Olimpo de las letras, mientras que el portugués José Saramago sólo se queja de que sus siervos no le den tregua y exijan autógrafo en todo momento.
“Ustedes no tienen compasión de un anciano”, dijo el narrador portugués al fusilero en un breve intercambio de palabras el primero de diciembre de 1999, tras una reunión petit comité en la sala de juntas de La Jornada, mientras le firmaba un ejemplar de El Evangelio según Jesucristo y el camarada Pedro Valtierra disparaba su cámara. Pero el visitante no se rajaba. No se raja. Ya había anunciado que su última novela sería El viaje del elefante, y reincidió con su magnifica Caín, lectura personal del Viejo Testamento, y con una singular obra reunida: El cuaderno (Alfaguara), que recoge textos ecritos para un blog de septiembre de 2008 a marzo de 2009, y del que ya hay segunda parte.
Escribe Saramago que ese libro, El cuaderno, no necesita ser dedicado a su esposa Pilar, porque ya le pertenecía desde que le dijo: “Tienes un trabajo, escribe un blog”. Esa hiperactividad es la que hacía razonable la aparición de una cuenta de Twitter con el nombre de usuario @_saramago, que tiene ya 7 mil 223 seguidores. En su lengua natural figuran ahí algunas de sus más acabadas sentencias y noticias pertinentes en el ámbito cultural, sobro todo retomadas de la página electrónica de la fundación que lleva su apellido. Así, esa cuenta de Twitter lleva al seguidor desde notas relativas a la ofensiva de escritores como Eduardo Galeano y Juan Gelman a favor del juez Baltasar Garzón, en estos días de persecución contra el cazador de Pinochet, a otras sobre el descubrimiento de un entrevistador fraudulento en Italia que había inventado charlas con el propio hijo adoptivo de Lanzarote, Herta Müller, Gore Vidal y Philip Roth. Por desgracia no se trata de una cuenta abierta por el Nobel 1998. En cambio, la fundación sí está ya instalada en Facebook y Twitter, adonde conducen los mensajes del usuario antes citado.
De vuelta a El cuaderno, es notable la lucidez y la filosa ironía del autor a los 85 años, cuando empieza a escribirlo. Sobre el perdón anunciado por la Iglesia anglicana a Darwin a propósito de los 200 años de su nacimiento, disculpa que él pone en duda, plantea: “Se les agradece el arrepentimiento, pese a tardío, que tal vez estimule al papa Benedicto XVI  (…) a pedir perdón a Galileo Galilei y a Giordano Bruno, sobre todo a éste, cristianamente torturado, con mucha caridad, hasta llegar a la hoguera donde fue quemado”. Y sobre Berlusconi: “Según Forbes, su fortuna asciende a casi 10 mil millones de dólares. Honradamente ganados, claro, aunque con no pocas ayudas exteriores, como es, por ejemplo, la mía. Puesto que soy publicado en Italia por la editorial Einaudi, propiedad del dicho Berlusconi, algún dinero le habré hecho ganar. Una ínfima gota de agua en el océano, obviamente, pero al menos le habrá llegado para pagar los puros, suponiendo que la corrupción no sea su único vicio”.
Igual se ríe de la parálisis de una izquierda “que no piensa, no actúa y no arriesga, que no tiene ni puta idea del mundo que viene”, él, comunista de toda la vida, que homenajea sin restricciones la obra de Carlos Fuentes, a quien dedica un comentario personal pertinente de citar: “Y al fin, una confesión. No soy persona que pueda ser fácilmente intimidada, muy al contrario, pero mis primeros contactos con Carlos Fuentes, en todo caso cordiales, como era de esperar tratándose de dos personas bien educadas, no fueron fáciles, no por su culpa, sino por una especia de resistencia que me impedía aceptar con naturalidad lo que en Carlos Fuentes era naturalísimo, y que no es otra cosa que su forma de vestir. Todos sabemos que Fuentes viste bien, con elegancia y buen gusto, la camisa sin una arruga, los pantalones con la raya perfecta, pero, por ignotas razones, pensaba yo que un escritor, especialmente si pertenecía a esa parte del mundo, no debería vestir así. Gran equivocación mía. Al final, Fuentes hizo compatible la mayor exigencia crítica, el mayor rigor ético, que son los suyos, con una corbata bien elegida. No es pequeña cosa, créanme”.
Luego pisa base con Borges, a quien considera “el inventor de la literatura virtual, esa literatura suya que parece haberse desprendido de la realidad para revelar mejor sus invisibles misterios”, hasta llegar a Obama, sobre quien escribe el mismísimo día de la asunción del estadunidense: “A Martin Luther King lo mataron. Cuarenta mil policías velan en Washington para que hoy no le suceda lo mismo a Obama. No le sucederá, digo, como si estuviera en mi mano el poder de conjurar las peores desgracias. Sería como matar dos veces el mismo sueño”.
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