Maridos sufridos y amantes benévolos

POR Regina Swain
Muchas de las grandes escritoras a través de la historia han tenido a hombres bondadosos que las han apoyado
Parte del mito que envuelve a Virginia Woolf radica en la devoción de su amoroso marido, Leonard. Gertrude Stein también tuvo el apoyo de Alice B Tocklas, pero encontrarse en el papel de “marido sufrido” no es una situación a la que aspira ningún niño.
Cualquier escritor, no importa cuán borracho, feo, loco o irascible, encontrará decenas de muchachitas bien dispuestas a limpiar el desorden de la noche anterior; pero las escritoras, que tienden a pasar por etapas de depresión, suelen tener pesadillas y cuyos largos manuscritos tienen prioridad sobre las obligaciones domésticas, no encuentran tan fácilmente un amante benévolo o un marido devoto que esté dispuesto a preparar la cena para ellas.
Por supuesto, la escritora también merece un amante, alguien que se encargue del correo y les lleve algo de comer cuando está trabajando. Alguien que tenga mejor memoria que ella para las cosas triviales y que la consuele cuando tenga una crisis creativa. Alguien con quién contar cuando los críticos se ensañen contra su obra y cuando las editoriales la rechacen o cuando la montaña de recibos por pagar reclame atención.
Pero, no podemos dejar de preguntarnos, aunque tal vez no lo hagamos en voz alta, si estos maridos sufridos, estos amantes benévolos que atienden a las tormentosas escritoras, no se rebelan de vez en cuando contra el papel que les ha tocado llevar en la vida. ¿Acaso no se sienten tentados a tomar venganza de alguna manera, por más sutil que sea? ¿Sentirán la tentación de quemar documentos, como lo hizo el primo de André Gide, en el colmo de la amargura? ¿Soñarán acaso con perder un poema o dos?
Sin embargo, ¡existen! Estos hombres nobles y sufridos, los maridos y amantes de las grandes escritoras, estos santos que las apoyan y las inspiran, existen. De hecho, han existido desde una época muy antigua, ciertamente anterior al movimiento feminista.
Sueño y relato
En 1856, Marian Evans se fue de viaje con George Lewes a Ilfracombe, en Inglaterra. Una mañana durante el viaje despertó y le contó a George un sueño que se convertiría en su primer relato: The Sad Fortunes of the Reverend Amos Barton (Amos Barton), publicado en 1857 bajo el nombre de George Eliot. Cinco años antes Marian y Geroge se habían conocido en la Librería Jeff’s en Burlington Arcade y a pesar de que George estaba casado, la pareja había decidido vivir junta. Lewes era un gran filósofo, científico y crítico literario, editor de la revista Leader y del Fortnightly Review. Aunque Lewes era un intelectual por derecho propio, cuya biografía The Life of Goethe (La vida de Goethe) publicada en 1855 había alcanzado gran éxito, debió haber llegado a un punto durante los 20 años de su vida con Marian en el que se dio cuenta que su amada era un genio y que su función en la vida de Marian/Eliot debía ser una de apoyo mientras ella tomaba el papel protagónico.
Por supuesto, esto sólo podemos suponerlo, porque no estuvimos con ellos, no compartimos su mesa, no presenciamos su intimidad, no la vimos a ella con un resfriado ni a él con un doloroso ataque de gota. No sabemos si los elementos necesarios para que cualquier relación a largo plazo perdure fueron dañados por la enormidad de los logros de Eliot. No sabemos si la paciencia de Lewes, si su afecto y la renuncia a sus propios intereses se vieron comprometidos alguna vez por el hecho de que su mujer, Marian, decidió adoptar un nombre masculino y llamarse George Eliot. Tampoco sabemos si esto hizo que Lewes se sintiera castrado de alguna manera, o si entendió sencillamente que en un mundo que no estaba preparado para aceptar la genialidad de una mujer, era necesario que Marian adoptara un alter ego masculino.
Pero hay un indicador muy significativo. En 1878, dieciocho meses después de que Lewes murió de cáncer, George Eliot se casó con John Cross, un joven 20 años menor que ella. Podríamos pensar que lo que la hizo escoger a un hombre 20 años menor fue simplemente el deseo, de la misma manera que los escritores varones escogen a mujeres mucho más jóvenes que ellos para sustituir a sus parejas. Sin embargo, queda una pregunta en el aire. ¿Escogería a John Cross por su cuerpo y sus habilidades en el dormitorio, o porque tal vez su edad y su estatus le permitirían moldearlo a su antojo, adecuarlo a sus necesidades, entrenarlo y no ver en él a un rival?
Vida licenciosa
Colette tuvo dos amores. Se casó con el primero ―Willy Gauthier Villars― a la no muy inocente edad de 20 años. Gauthier resultó ser un fraude y un usurero que publicó el trabajo de Colette como si fuera de él y se pavoneó entre los intelectuales de París utilizando a Colette para alimentar su ego. Abusó de ella e intentó robar su fama. Su segundo esposo, Henri de Jouvenal, fue mucho más leal. Por lo menos se quedó a su lado mientras Colette se convirtió en una de las más afamadas escritoras de su tiempo. La escritora vivió una vida escandalosa; ambos decidieron que la fidelidad burguesa no era para ellos. Sin embargo, Henri debe haberle dado una especie de centro a su vida. Por lo pronto, era 18 años mayor que ella, y tal vez la escritora lo veía como una figura paterna. Un buen padre debe enorgullecerse de los logros de su hija y no mostrarse competitivo o celoso de la atención que la joven recibe. El padre es el benefactor por definición y muchos de los desencantos que sufren las mujeres se deben a que sus maridos rara vez están dispuestos a tomar el papel de ese benefactor.
Obra maestra de venganza
No todas las escritoras son tan afortunadas como para tener a un esposo o a un amante bondadoso a la mano para que las acompañe en las buenas y en las malas.
Aunque aun los benefactores más dulces pueden dejar un sabor amargo, como sucedió en el caso de Iris Murdoch. John Bayley era su mejor amigo, su protector y su más grande admirador, por lo que con gusto tomaba el papel secundario ante la sociedad. Pero cuando Iris enfermó y murió, John Bayley habló y no se guardó nada. Bayley reveló al mundo los hábitos infantiles y los sufrimientos de la escritora y la presentó ante el mundo de una manera tan poco agradable que seguramente Murdoch hubiera vuelto a morir de vergüenza de haber leído lo que escribió sobre ella. Los libros que John Bayley escribió sobre Murdoch mostraban su don literario, su gran ojo para el detalle, su inteligencia y lo bondadoso que había sido con ella; pero al mismo tiempo, cada pequeño detalle era una obra maestra de venganza contra ella.
Pequeños vampiros
Colette, quien tuvo una hija, describió a los niños como “esos felices e inconscientes vampiritos que drenan el corazón materno.” El amante o el marido, no importa lo que haga o deje de hacer, no puede concebir. Pero una escritora que tiene hijos necesita un compañero de vida que también haga el papel de mamá. Aunque estos hombres deben existir, son muy difíciles de conseguir. Tal vez por eso muchas escritoras ―entre ellas Jane Austen, las hermanas Brontë, George Eliot, Iris Murdoch y Emily Dickinson― decidieron no traer hijos al mundo. Otras, como Mary McCarthy y Rebecca West, fueron tan malas madres que tal vez nunca debieron haber tenido hijos.
En esta era post-feminista, nos gustaría mucho creer que un matrimonio entre dos gigantes literarios es posible. Dos estrellas en un solo firmamento. Claire Tomalin y Michael Frayn acapararon los encabezados de las secciones culturales cuando ambos aparecieron como finalistas para el premio Whitebread. Quisiéramos pensar que el rol del compañero benévolo, el amante entregado se da por igual en ambos géneros. Pero la realidad es que sigue siendo mucho más difícil para un hombre estar casado con una mujer famosa y productiva que viceversa. Algunos de ustedes protestarán. Pero es la verdad. Eso no quiere decir que no sea difícil para una mujer ser ignorada durante las reuniones y subyugar sus necesidades y sus hábitos de trabajo a los de un hombre poderoso y exitoso. También lo es. Pero nuestra sociedad tiende a ver los matrimonios de hombres exitosos con mujeres que no lo son como normales. No necesariamente esperamos que duren, pero pensamos que son normales.
Nos inquieta no sólo nuestra anticuada actitud en cuanto a los roles que juegan los hombres y las mujeres dentro del matrimonio, y no sólo en el caso de los escritores. También nos inquieta la eterna pregunta de quién domina y quién es subyugado dentro de una relación.
¿Quién fue George Lewes, el hombre más excéntrico del mundo o el mejor compañero que ha existido en el planeta?
Fuente: “Married: a Fine Predicament”, by Anne Roiphe. The Guardian.

Las voces oscuras: el mensaje antes de matar

POR Opera Mundi

Muchos asesinos se refieren a voces que escuchan y cuyo mensaje es ominoso, pues los compele a matar. La madre, Dios, Satán o simplemente “alguien más” dentro de ellos toman posesión del interior y ordenan, ordenan

“Cuando tenía alrededor de 15 años, Dios se me acercó y con su voz y persona me ordenó que realizara experimentos ortopédicos para curarme y a la vez salvar a la humanidad. Fue en la época en que yo tenía movimientos extraños, cuando mis padres colocaron una cerradura en la puerta de su habitación y un bat al lado de su cama, cosas que me hacían sentir desamparado”, explicaba Joseph Kallinger en una entrevista concedida hace algunos años.
“Sigo escuchando que me habla”, declaró Henry Lee Lucas acerca de su madre que él mismo se había encargado de asesinar unos años antes. “Antes me decía que hiciera cosas. Y yo no las podía hacer. Había una voz que me estaba orillando a que me suicidara, y tampoco lo pude hacer. Y había otra que simplemente me aconsejaba que no obedeciera a ninguna de las anteriores. Pero ésta es la que me trajo al hospital, por no obedecer lo que me ordenaba”, Lucas explicaba sobre la decisión de las autoridades carcelarias de Michigan de enviarlo al Hospital Estatal Ionia por locura criminal.
El hoyo negro de la ansiedad
“Es algo que tiene que ver conmigo”, dijo Ted Bundy a una antigua novia, Liz Kendall, tras su arresto en Florida. Admitió que una fuerza dentro de él había empezado a absorber su personalidad viviente como si se tratara de la fuerza gravitacional de un hoyo negro cuando se traga toda la luz y la materia de las estrellas vecinas. Bundy intentaba suprimir la fuerza que se construía en él, pero aquella era superior a cualquier resistencia. Una buena parte de su energía personal la utilizó en un principio para mantener las apariencias, pero la fuerza continuó creciendo, destruyendo paulatinamente su habilidad para funcionar en la escuela, para continuar su relación con Liz Kendall, hasta que finalmente lo consumió.
A partir de entonces fue incapaz de llevar una vida normal, aunque aparentemente se presentara como el tipo de persona para la que no existen obstáculos. No obstante, Bundy sabía que los sentimientos oscuros le habían ganado la partida. Intentó mantenerse lejos de las calles cuando la urgencia lo asaltaba. Evitaba mirar cualquier mujer que se le atravesaba en el camino. Sin embargo perdía el control una y otra vez. Y las compulsiones crecieron al grado de que, si no encontraba a una mujer hermosa en su camino, entonces empezaba a buscarla en donde fuera. El límite de sí mismo lo alcanzó cuando asaltó el dormitorio de la hermandad femenina Chi Omega, de donde secuestró a una joven. La búsqueda de la muchacha por las autoridades escolares y policiacas fue infructuosa; semanas después fue hallada en una tumba a flor de tierra.
No era un problema de personalidad escindida, Bundy explicó a Kendall, ya que él sabía lo que estaba haciendo y dónde lo estaba haciendo. Nunca experimentó lagunas mentales profundas. Siempre supo que lo que había dentro de él no era un fragmento de su imaginación, era real. Era una parte de sí mismo que nunca pudo entender, pero que ejercía un control tan poderoso que de repente se encontraba a sí mismo cometiendo un asesinato sólo para calmar una ansiedad sexual.
La mitad siniestra
Durante el tiempo que duró en la escuela –después de sufriera una caída en un gimnasio que a la postre le causó ataques epilépticos— Kenneth Bianchi moldeó la escultura de una cabeza con dos rostros: uno al frente y otro atrás de la cabeza. El frente era el rostro de un ser humano delicado y sensible. El rostro posterior pertenecía al de un simio asesino. A Bianchi, un psicólogo le había diagnosticado que sufriría ataques epilépticos temporales a causa de su caída. Lo que no le diagnosticó es que el joven almacenaría una energía tan hostil que llegaría el momento en que nadie podría detenerlo.
Después de su caída accidental, Bianchi se orinaba rutinariamente en los pantalones. Su madrastra solía despertar al muchacho, conducirlo semidormido al baño y azotarlo como a una bestia. Y, cuando el niño se atrevía a hurtar algunas monedas, la mujer le quemaba las manos en la llama de la estufa, diciéndole que ese castigo le haría bien y que algún día se lo agradecería por conducirlo por el camino del bien.
Los cálculos de la madrastra de Bianchi no fueron del todo acertados. Un día, cuando tenía nueve años y mientras se ocultaba debajo de la mesa, Bianchi encontró ahí a un niño llamado Steve. Al igual que Bianchi, Steve odiaba a la madrastra y aconsejaba a su nuevo amigo que huyeran juntos. Pero Bianchi tuvo miedo y en los siguientes cuatro años, a pesar de haberse convertido en amigos inseparables, Steve le dijo a Bianchi que era una cobarde y que por eso también lo odiaba. Cuando el padre de Kenneth Bianchi falleció, Steve desapareció.
En los siguientes 15 años, psicológicamente dañado, Kenneth Bianchi llevó una doble vida. En su papel de Kenneth era un hombre bien parecido, capaz de relacionarse adecuadamente con el sexo opuesto, enamorarse de una chica llamada Laura, sobrevivir la ulterior separación de ésta y enamorarse nuevamente de una joven de nombre Kelli, con la que tuvo un hijo al que bautizaron Sean y por el que Bianchi tuvo que emplearse como guardia de seguridad del estado de Michigan. En su papel de “Steve” –un hombre al que no había visto en años—, Bianchi coleccionaba y consumía revistas y cintas de porno duro, además de ser un masturbador compulsivo.
Mientras vivió en Los Ángeles, Bianchi (en su faceta de Steve) y su tío Angelo Buono se convirtieron en dos mitades siniestras a las que el mal unifica. Merodeaban las calles en busca de mujeres que secuestraban, violaban, estrangulaban y posteriormente arrojaban en las colinas circundantes a Los Ángeles. Steve floreció como compañero de Angelo Buono y disfrutaba sacrificando mujeres jóvenes. Sin embargo, después de que Bianchi se mudó a Washington con Kelli, Steve desapareció, aunque las antiguas compulsiones por las mujeres permanecieron en estado latente. Una noche Steve reapareció, asesinó a dos mujeres y dejó al lado de los cadáveres la evidencia suficiente para incriminar a Kenneth Bianchi.
No fue sino hasta que Kenneth Bianchi fue evaluado por la corte para determinar su capacidad mental que flotó públicamente la personalidad múltiple de Bianchi. En estado de hipnosis, Steve salió a la superficie para narrar historias espantosas acerca de la madrastra de Bianchi, de su tío Angelo Buono y de las mujeres que él había sepultado en las afueras de Los Ángeles. La historia fue tan convincente que sirvió de evidencia para que el jurado aplicara una sentencia severa para los asesinos. Steve ha desaparecido nuevamente, mientras Bianchi purga cadena perpetua en la prisión, aunque un panel de cinco psiquiatras opinó en su momento que las apariciones de Steve son reales y que Bianchi padece un desorden de personalidad criminal múltiple.
Personalidad múltiple
Sean víctimas o no del desorden de personalidad múltiple, Henry Lee Lucas, Ted Bundy, Kenneth Bianchi y muchos asesinos seriales, todos ellos han mencionado sentimientos incontrolables, voces que los orillan a cometer actos criminales, sensaciones tan profundas en sus mentes que parecen tomar sus cuerpos y pensamientos como rehenes. Algunos asesinos han dicho que todo comenzó a la manera de voces extrañas en la infancia que los compelían a perpetrar actos de naturaleza sexual, mismos que fueron paulatinamente adquiriendo características rituales que culminaron en violación, desmembramiento, mutilación e incluso canibalismo.
Aunque suene extraño, sin importar la violencia o el carácter bizarro del crimen, los asesinos seriales nunca muestran remordimientos ni son capaces de experimentar sentimientos de empatía o amor por otras personas. Estos asesinos viven su propio universo oscuro de dolor, hasta que una parte de ellos cede e intentan suicidarse o dejar en su camino las evidencias que finalmente conducirán a la policía hacia su aprehensión… Pero ni así cesan las voces…
Fuente: Joel Norris. Serial Killers. Anchor Books & Doubleday. New York, 1989.

Curas pederastas: la carcajada de los obispos

POR Alfredo C. Villeda

atalidad y silencio, en el sistema binario en vigor, dependen de la circunstancias para devenir sino un crimen llano. Fatalidad se presume en los quehaceres de traducción y amoríos de La Malinche frente al barbado conquistador, pero traición es el consenso que la historia le ha deparado. “No le quedaba otra. Fue un acto de sobrevivencia”, se dice también sobre la operación financiera que Su Alteza Serenísima rubricó para entregar medio territorio al invasor estadunidense, él, el once veces presidente, que cojo y con cuatro pesos en su bolsillo, según la documentada semblanza de Rafael F. Muñoz, vio llegar su fin al tiempo que se inauguraba la leyenda del jalapeño vendepatrias al que algunos aún llaman Antonio López de Santa Anna.
Si así funciona el sistema binario con la fatalidad, poco difiere cuando se habla del silencio. Cualidad apreciada en quien poco aporta, el silencio se torna complicidad cuando más allá de la prudencia, se convierte en encubrimiento. Si la fatalidad puso a Eugenio Pacelli como jefe de Estado en medio de los dictadores genocidas europeos del siglo pasado, su mutismo lo empuja, en medio del Holocausto, a la infamia, así se multipliquen los testimonios de su eventual tarea de salvamento a escondidas de judíos condenados al exterminio de Eichmann y sus hornos. Su silencio lo condena.
A favor de Pacelli, mejor conocido como Pío XII, puede alegarse la fatalidad de haber convivido en la línea de tiempo con Hitler y Mussolini, en una época, a diferencia del siglo XIX, en que el objeto de opresión eran los nacionalismos, no la Iglesia católica. Ya el reportaje de John Cornwell, Hitler´s Pope: the Secret History of Pius XII (Penguin Books, 1999), documenta con abundante material del propio Vaticano la alianza de este Papa con los tiranos, si bien el autor ha tenido a bien aclarar que algunas interpretaciones personales fueron excesivas.
El clero, en tanto, más práctico (de algo le sirven sus dos mil diez años de grilla), esgrime para su provecho un argumento, digamos, más acabado por autoconveniencia: el primer Concilico Vaticano, de 1870, en el que el Papa es declarado “infalible en cuestiones de fe y moral como guía suprema espiritual y cabeza administrativa de la Iglesia”. Ante eso, ni cómo hacerle. Con esa arma de por medio, Pacelli y más tarde Juan Pablo II, el verdugo del comunismo, nunca pierden y sus respectivos procesos de canonización permanecen vigentes. Si Pío XII sorteó el Holocausto, ¿qué se puede esperar de Karol Wojtyla, señaladísimo por propias versiones obispales, no desmentidas por Roma, del encubrimiento ante la pederastia? ¿Fatalidad o destino? ¿Silencio solapador?
Ante el escándalo inocultable, los casos se multiplican sin freno. Y las respuestas de los príncipes de la Iglesia son de concurso, pese a la tragedia que implica el tema a debate. Si el obispo de San Cristóbal de Las Casas, Felipe Arizmendi, aduce que el erotismo tiene la culpa de los ataques de curas a niños, el de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez, justifica las trapacerías de Marcial Maciel al señalar que él es como todos los mexicanos, mañosos y corruptos. Como se trata de cerrar filas, que no por nada ese poder ha sobrevivido dos mil diez años, hasta los teólogos de la liberación Samuel Ruiz y Raúl Vera se cuadraron con el Vaticano. El primero dijo ayer que estos escándalos no son nada nuevo, ni los problemas católicos, que comenzaron con la traición de Judas Iscariote. Y no hay que olvidar las denuncias en Estados Unidos contra Norberto Rivera por encubrimiento.
Cultos como son estos gobernantes paralelos, la gerontocracia obispal, difícilmente no habrán leído a Cioran, a quien quizá citen de memoria, en francés, cuando se acuerdan de sus pecados capitales:
Pas un seul instant où je n´aie été conscient de me trouver hors du Paradis.
(Ni por un segundo he dejado de estar consciente de hallarme fuera del Paraíso.)
Y acto seguido, se escucha una escalofriante carcajada.
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