Diane Arbus: la estética de lo grotesco

Por Regina Swain

Se ha dicho que Diane Arbus tuvo relaciones sexuales con muchos de los sujetos a los cuales retrató, se ha dicho que era bisexual, se han dicho tantas cosas de ella, pero lo cierto es que su fotografía posee el toque mágico de lo artístico, de la locura metódica, lírica y plástica que se eleva por encima de todo amarillismo mediático
“La fotografía es un secreto que habla de un secreto.
Cuanto más te dice, menos te enteras”
―Diane Arbus

La semana pasada, hablando con una buena amiga, conversábamos sobre la naturaleza de la genialidad y nos preguntábamos si la genialidad está de alguna manera ligada al suicidio. ¿Existe acaso, algún desequilibrio implícito en la naturaleza del genio, algo que lo impulse tanto a la creación como a la autodestrucción, o el problema radica, simplemente, en que su genialidad lo obliga a verse más claramente como ser imperfecto al tiempo que su naturaleza perfeccionista le impide perdonarse sus fallas humanas? Creo que nunca lo sabremos.
En esta ocasión, hablaremos Diane Arbus, una gran fotógrafa norteamericana que buscó sentirse viva a través de la fotografía. Su vida osciló entre una honda depresión y la necesidad de vivir en un constante estado de euforia; pero al final, su existencia se convirtió en un proceso lentamente autodestructivo que terminó con su suicidio en 1971.
“Sobreprotegida”
Diane Nemerov nació el 14 de marzo del 1923 en Nueva York. Se crió en el seno de una familia acomodada, que se dedicaba al comercio de pieles y fue hermana del poeta Howard Nemerov. A pesar de ser una niña consentida, nunca se sintió del todo cómoda con el lujo y la opulencia que destilaba su piso de la Quinta Avenida. Se quejaba de haber sido “sobreprotegida”, esto se hace patente en algunas de sus primeras fotografías, como Niño exasperado con una granada de mano de juguete tomada en central Park en 1961. Esta fotografía formaría parte de la serie en que la fotografió a niños ricos, “ya que yo también soy una niña rica” diría al explicar el por qué de su interés en este tema.

Fantasías exhibicionistas
A los 14 años Diane conoció a Allan Arbus, un muchacho cinco años mayor que ella con quien se casó luego de cuatro veranos de noviazgo. Aunque los padres deseaban un mejor candidato para su hija, terminaron por aceptar al yerno. Diane cambió su apellido por el de su marido, con quien tuvo dos hijas. El joven Allan, que era fotógrafo para revistas de modas, la inició en los misterios de la fotografía y en el gusto por la masturbación. Aparentemente, Diane encontró en Allan el complemento perfecto para sus fantasías exhibicionistas.
Diane solía tocarse con las ventanas abiertas para que las luces de la ciudad de New York iluminaran su placer, consciente de que sus vecinos podrían verla. Juntos, Allan y Diane abrieron un estudio en el cual trabajaron con éxito durante más de diez años, haciendo campañas publicitarias y de moda para revistas como Vogue y Harpers’s Bazaar, aunque Diane no se sentía satisfecha con este trabajo.

El inicio de su búsqueda: Todos somos monstruos
Diane hacía la función de ama de casa y asistente de su marido, pero su rol dentro de los parámetros preestablecidos por la sociedad la hacían oscilar entre etapas de depresión profunda, miedos y represiones: se sentía “rara” circulando dentro de esa vida, detestaba la imagen publicitaria porque la consideraba completamente artificial, detestaba el mundo de la alta sociedad y el show business. Pasados los 30 años comenzó a sentir que tenía que ser fiel a si misma, que debía plasmar su mirada, su ser interior, así que decidió dejar de asistir a su marido para comenzar a trabajar en sus propias fotografías; muy pronto la pareja llegó a un divorcio amistoso.
Entre 1955 y 1957 Diane estudió con Lissette Model, que le heredó su realismo crudo y de quien aprendió a captar lo particular para alcanzar lo general. A partir de los años sesenta se dedicó a retratar a la población marginal americana: Lisiados, travestís, prostitutas, gente con deficiencias mentales y defectos físicos. Con sus fotos, Diane nos muestra que todos nosotros somos monstruos. Arbus dijo en alguna ocasión que “si observamos la realidad desde cerca…, [esta] se convierte en algo fantástico.”
En 1963 y en 1966 recibió becas de la fundación Guggenheim. En 1969, su obra llamó mucho la atención cuando fue colgada junto a la de L. Friedlander y G. Winogrand, mostrando a los locos de un manicomio disfrazados el día de una fiesta. Su reputación mundial la colocó como una de las pioneras del nuevo estilo documental y su trabajo fue comparado con el de August Sander.
En 1967, después de su gran exhibición en el Museo de Arte Moderno de Nueva York, durante una entrevista para la revista Newsweek, Arbus habla de la sensación de irrealidad con la que había crecido: “Es irracional haber nacido en un cierto lugar y un cierto momento y de ser de un determinado sexo. Es irracional que uno pueda cambiar muchas circunstancias y que no pueda cambiar muchas otras. La simple idea de haber nacido rica y judía es parte de esa irracionalidad. Pero si naces siendo algo, puedes tener la osadía de ser otras diez mil cosas.”
Diane cambió drásticamente nuestro sentido de lo permisible y lo fotografiable, transformó el circus side-show en una obra de arte y exploró, de forma deliberada, la ambigüedad visual no sólo de las personas que ocupaban un lugar preponderante dentro de la sociedad, sino también de las que vivían a su margen.

La aristocracia del freak
El libro Alicia a través del espejo de Lewis Carroll ayudó a Diane, cuando niña, a imaginarse otros mundos. Más tarde, la película Freaks de Tod Browning le brindó la oportunidad de reafirmar sus ideas y seguir investigando.
Arbus declara que “freaks (monstruos) ha sido lo que más he fotografiado. Fue una de las primeras cosas que fotografié y ha sido terriblemente motivador para mí. Simplemente, solía adorarlos. Aún adoro a algunos de ellos. Con esto no quiero decir que sean mis mejores amigos, [ellos] me han hecho sentir una mezcla de vergüenza, temor y asombro. Existe una especie de leyenda acerca de los freaks. Como esa persona que en un cuento de hadas te detiene y te exige que resuelvas un acertijo. La mayoría de la gente se pasa su vida temiendo pasar por una experiencia traumática. Los freaks nacieron con sus traumas. Ellos ya han pasado su prueba. Son aristócratas.”
Desde que su matrimonio comenzaba a deteriorarse, la fotógrafa salía a recorrer las calles marginales de Nueva York en busca de personajes singulares. Entablaba charlas con las personas que le llamaban la atención, les hablaba de su pasión por la fotografía y luego los convencía de dejarse retratar, muchas veces visitándolos en más de una ocasión antes de retratarlos. Diane se entregaba al sujeto, no sólo al retrato.
Una de las características más distintivas de su trabajo, siempre en blanco y negro, es que en todos sus retratos los sujetos miran directo a la cámara para que ésta revele sus imperfecciones. Con este objetivo, utilizó el flash diurno, convirtiéndose en pionera de su utilización. Su obra se fue enriqueciendo con fotos de asilos psiquiátricos, nudistas, gemelos siameses y todos los seres que convertían en pesadilla el “sueño americano”.
Diane empezó a parecerse a sus sujetos. Vestía de manera descuidada y en ocasiones hasta lamentable. Duraba semanas con la misma ropa. Su vida sexual era agitada y sumamente promiscua, era bisexual. Se ha dicho que tuvo relaciones sexuales con muchos de los sujetos a los cuales retrató. Fue especialista en fotografiar orgías.
Mientras su fama crecía, sus depresiones se hicieron más frecuentes. A pesar de que su reputación como artista siempre fue en ascenso, su situación económica era precaria, pues no recibía solicitudes con mucha frecuencia y aunque sus fotos ―donde dejaba el alma― despertaban admiración, las revistas tenían cierto temor a publicarlas.
Para retratar nudistas tuvo que visitar algunos campamentos que fueron un experimento de liberación sexual novedoso en aquellos años. Diane cuenta más o menos así la experiencia:
“Los campamentos nudistas fueron algo nuevo para mí. Fui a tres de ellos en un espacio de pocos años. La primera vez fue en 1963. Me quedé una semana entera y eso realmente me estremeció. Era el campamento más concurrido, y por alguna razón, era también el más patético. Estaba cayéndose en pedazos. El lugar era mohoso y el pasto estaba casi seco. Yo siempre había querido ir a un campamento nudista, pero mi ansiedad no me lo permitía. Recuerdo que llegar al sitio fue complicado. El director del campamento fue por mí a la estación de autobuses porque yo no tenía auto. Recuerdo que estaba muy nerviosa cuando me subí a su auto. Él me dijo: ‘Espero que entienda que ha venido a un campamento nudista’. Le aseguré que lo entendía perfectamente, así que ambos estábamos allí de mutuo acuerdo. Entonces me dio este discurso: ‘Usted encontrará que el estándar moral dentro del campo es mayor que el existente en el mundo externo. Esto se debe a que el cuerpo humano realmente no es tan bonito y cuando usted lo mira el misterio se lleva en el interior’. Lo que me dijo me dejó asombrada. Recuerdo que el primer hombre desnudo que observé estaba cortando el césped tranquilamente”.

Venas y pastillas
El 27 de julio de 1971, Diane Arbus se suicidó tras una larga depresión. Se había cortado las venas; además presentaba los síntomas característicos de una sobredosis de pastillas para dormir. Aunque jamás aparecieron las fotos, se dice que sacó varias tomas de ella misma en la bañera mientras se desangraba, rodeada por barbitúricos.
Un año después de su muerte se exhibieron en la bienal de Venecia ampliaciones de diez de sus fotos. Poco tiempo después se inauguró en el Museo de Arte Moderno de Nueva York una gran muestra retrospectiva de su obra, 250 mil personas acudieron a ver retratos de Arbus tan sobrecogedores como Jewish Giant at Home With His Parents, 1970 y A Young Man in Curlers at Home on West 20th Street, NYC, 1966.
Hasta ahora, la fotografía de Diane Arbus sigue siendo perturbadora. Aunque la televisión ha curado a uno de todos los horrores posibles, el trabajo de Arbus posee el toque mágico de lo artístico, existe en él una locura metódica, lírica y plástica que se eleva por encima de todo amarillismo mediático. En apariencia son fotos enmarcadas en la normalidad, pero los sujetos saltan ante los ojos del espectador, extravagantes y excéntricos, perfectos en sus imperfecciones, hermosos en su fealdad, demandando nuestra atención con su atracción sobrecogedora, seres estéticamente grotescos de quienes no podemos retirar la vista.