Las voces oscuras: el mensaje antes de matar

POR Jose Luis Duran King

Muchos asesinos se refieren a voces que escuchan y cuyo mensaje es ominoso, pues los compele a matar. La madre, Dios, Satán o simplemente “alguien más” dentro de ellos toman posesión del interior y ordenan, ordenan

“Cuando tenía alrededor de 15 años, Dios se me acercó y con su voz y persona me ordenó que realizara experimentos ortopédicos para curarme y a la vez salvar a la humanidad. Fue en la época en que yo tenía movimientos extraños, cuando mis padres colocaron una cerradura en la puerta de su habitación y un bat al lado de su cama, cosas que me hacían sentir desamparado”, explicaba Joseph Kallinger en una entrevista concedida hace algunos años.
“Sigo escuchando que me habla”, declaró Henry Lee Lucas acerca de su madre que él mismo se había encargado de asesinar unos años antes. “Antes me decía que hiciera cosas. Y yo no las podía hacer. Había una voz que me estaba orillando a que me suicidara, y tampoco lo pude hacer. Y había otra que simplemente me aconsejaba que no obedeciera a ninguna de las anteriores. Pero ésta es la que me trajo al hospital, por no obedecer lo que me ordenaba”, Lucas explicaba sobre la decisión de las autoridades carcelarias de Michigan de enviarlo al Hospital Estatal Ionia por locura criminal.

El hoyo negro de la ansiedad
“Es algo que tiene que ver conmigo”, dijo Ted Bundy a una antigua novia, Liz Kendall, tras su arresto en Florida. Admitió que una fuerza dentro de él había empezado a absorber su personalidad viviente como si se tratara de la fuerza gravitacional de un hoyo negro cuando se traga toda la luz y la materia de las estrellas vecinas. Bundy intentaba suprimir la fuerza que se construía en él, pero aquella era superior a cualquier resistencia. Una buena parte de su energía personal la utilizó en un principio para mantener las apariencias, pero la fuerza continuó creciendo, destruyendo paulatinamente su habilidad para funcionar en la escuela, para continuar su relación con Liz Kendall, hasta que finalmente lo consumió.
A partir de entonces fue incapaz de llevar una vida normal, aunque aparentemente se presentara como el tipo de persona para la que no existen obstáculos. No obstante, Bundy sabía que los sentimientos oscuros le habían ganado la partida. Intentó mantenerse lejos de las calles cuando la urgencia lo asaltaba. Evitaba mirar cualquier mujer que se le atravesaba en el camino. Sin embargo perdía el control una y otra vez. Y las compulsiones crecieron al grado de que, si no encontraba a una mujer hermosa en su camino, entonces empezaba a buscarla en donde fuera. El límite de sí mismo lo alcanzó cuando asaltó el dormitorio de la hermandad femenina Chi Omega, de donde secuestró a una joven. La búsqueda de la muchacha por las autoridades escolares y policiacas fue infructuosa; semanas después fue hallada en una tumba a flor de tierra.
No era un problema de personalidad escindida, Bundy explicó a Kendall, ya que él sabía lo que estaba haciendo y dónde lo estaba haciendo. Nunca experimentó lagunas mentales profundas. Siempre supo que lo que había dentro de él no era un fragmento de su imaginación, era real. Era una parte de sí mismo que nunca pudo entender, pero que ejercía un control tan poderoso que de repente se encontraba a sí mismo cometiendo un asesinato sólo para calmar una ansiedad sexual.

La mitad siniestra
Durante el tiempo que duró en la escuela –después de sufriera una caída en un gimnasio que a la postre le causó ataques epilépticos— Kenneth Bianchi moldeó la escultura de una cabeza con dos rostros: uno al frente y otro atrás de la cabeza. El frente era el rostro de un ser humano delicado y sensible. El rostro posterior pertenecía al de un simio asesino. A Bianchi, un psicólogo le había diagnosticado que sufriría ataques epilépticos temporales a causa de su caída. Lo que no le diagnosticó es que el joven almacenaría una energía tan hostil que llegaría el momento en que nadie podría detenerlo.
Después de su caída accidental, Bianchi se orinaba rutinariamente en los pantalones. Su madrastra solía despertar al muchacho, conducirlo semidormido al baño y azotarlo como a una bestia. Y, cuando el niño se atrevía a hurtar algunas monedas, la mujer le quemaba las manos en la llama de la estufa, diciéndole que ese castigo le haría bien y que algún día se lo agradecería por conducirlo por el camino del bien.
Los cálculos de la madrastra de Bianchi no fueron del todo acertados. Un día, cuando tenía nueve años y mientras se ocultaba debajo de la mesa, Bianchi encontró ahí a un niño llamado Steve. Al igual que Bianchi, Steve odiaba a la madrastra y aconsejaba a su nuevo amigo que huyeran juntos. Pero Bianchi tuvo miedo y en los siguientes cuatro años, a pesar de haberse convertido en amigos inseparables, Steve le dijo a Bianchi que era una cobarde y que por eso también lo odiaba. Cuando el padre de Kenneth Bianchi falleció, Steve desapareció.

En los siguientes 15 años, psicológicamente dañado, Kenneth Bianchi llevó una doble vida. En su papel de Kenneth era un hombre bien parecido, capaz de relacionarse adecuadamente con el sexo opuesto, enamorarse de una chica llamada Laura, sobrevivir la ulterior separación de ésta y enamorarse nuevamente de una joven de nombre Kelli, con la que tuvo un hijo al que bautizaron Sean y por el que Bianchi tuvo que emplearse como guardia de seguridad del estado de Michigan. En su papel de “Steve” –un hombre al que no había visto en años—, Bianchi coleccionaba y consumía revistas y cintas de porno duro, además de ser un masturbador compulsivo.
Mientras vivió en Los Ángeles, Bianchi (en su faceta de Steve) y su tío Angelo Buono se convirtieron en dos mitades siniestras a las que el mal unifica. Merodeaban las calles en busca de mujeres que secuestraban, violaban, estrangulaban y posteriormente arrojaban en las colinas circundantes a Los Ángeles. Steve floreció como compañero de Angelo Buono y disfrutaba sacrificando mujeres jóvenes. Sin embargo, después de que Bianchi se mudó a Washington con Kelli, Steve desapareció, aunque las antiguas compulsiones por las mujeres permanecieron en estado latente. Una noche Steve reapareció, asesinó a dos mujeres y dejó al lado de los cadáveres la evidencia suficiente para incriminar a Kenneth Bianchi.
No fue sino hasta que Kenneth Bianchi fue evaluado por la corte para determinar su capacidad mental que flotó públicamente la personalidad múltiple de Bianchi. En estado de hipnosis, Steve salió a la superficie para narrar historias espantosas acerca de la madrastra de Bianchi, de su tío Angelo Buono y de las mujeres que él había sepultado en las afueras de Los Ángeles. La historia fue tan convincente que sirvió de evidencia para que el jurado aplicara una sentencia severa para los asesinos. Steve ha desaparecido nuevamente, mientras Bianchi purga cadena perpetua en la prisión, aunque un panel de cinco psiquiatras opinó en su momento que las apariciones de Steve son reales y que Bianchi padece un desorden de personalidad criminal múltiple.

Personalidad múltiple
Sean víctimas o no del desorden de personalidad múltiple, Henry Lee Lucas, Ted Bundy, Kenneth Bianchi y muchos asesinos seriales, todos ellos han mencionado sentimientos incontrolables, voces que los orillan a cometer actos criminales, sensaciones tan profundas en sus mentes que parecen tomar sus cuerpos y pensamientos como rehenes. Algunos asesinos han dicho que todo comenzó a la manera de voces extrañas en la infancia que los compelían a perpetrar actos de naturaleza sexual, mismos que fueron paulatinamente adquiriendo características rituales que culminaron en violación, desmembramiento, mutilación e incluso canibalismo.
Aunque suene extraño, sin importar la violencia o el carácter bizarro del crimen, los asesinos seriales nunca muestran remordimientos ni son capaces de experimentar sentimientos de empatía o amor por otras personas. Estos asesinos viven su propio universo oscuro de dolor, hasta que una parte de ellos cede e intentan suicidarse o dejar en su camino las evidencias que finalmente conducirán a la policía hacia su aprehensión… Pero ni así cesan las voces…

Fuente: Joel Norris. Serial Killers. Anchor Books & Doubleday. New York, 1989.