Dildos

POR Óscar Garduño Nájera

Aunque los resentidos digan que jamás se sentirá igual con un dildo, lo cierto es que estos amables artefactos son los relevos más socorridos de los lechos que sufren ausencias o, por el contrario, de los que saben que sumar es proporcional al aumento del placer

Nuestra naturaleza inquieta viene con las instrucciones de uso adheridas, como si bastara con tener uno para hacer buen uso de él, descubriendo, a cada paso, con cada sensación multiplicada, formas placenteras de un socrático conocimiento, el cual practica teorías nuevas en nuestras zonas erógenas. Sin duda es más común que las mujeres lo utilicen. ¿Por qué? Quizás muchos hombres ven en él una ofensa a una supuesta virilidad, la cual es directamente proporcional al tamaño del que se utilice, de tal manera que no son pocas las mujeres que prefieren mantener el secreto dentro de ese baúl misterioso que es su intimidad, aun cuando la insatisfacción sexual las tenga con una soga al cuello.
Con la llegada del siglo 20 se asoció a películas pornográficas: una actriz aparecía a cuadro con un dildo entre las manos (exuberante) para luego proceder a utilizarlo, sola o en pareja, heterosexuales, lesbianas u homosexuales, en acrobáticas posiciones, mientras de fondo sonaba una música ambiental. Y en 1966, el estadounidense Ted Marche manufactura y comercializa consoladores de goma junto con otros juguetes eróticos, poniendo de cabeza a las mentes más conservadoras.
Hay quienes afirman que por mucho que sirva, un dildo nunca se podrá comparar con una compañía de carne y hueso; otros, en cambio, han encontrado atisbos de dicha y felicidad al recurrir a él, confirmando así que para disfrutar de una sexualidad plena se cuenta con bastantes senderos y que hasta las insatisfacciones más frecuentes pueden resolverse si se tiene la voluntad, la apertura y la creatividad necesarias.
Entre los lugares donde se pueden esconder están los cajones, envuelto en la ropa (si es interior, mejor), el clóset, una caja de cartón, la regadera, y también hay quien prefiere dejarlo a la vista de todos los que entran a casa, como si de un monumento fálico se tratara.
El tamaño sí importa
Su historia es legendaria y con el paso del tiempo ha mostrado una evolución en los materiales de fabricación, los tamaños (supongo que aquí sí importa), las texturas, la flexibilidad, si llega a necesitar pilas, corriente eléctrica, o una generosa mano en rápidos y certeros movimientos. También hay algunos que vienen con arnés incluido, los cuales, por supuesto, aseguran en la mujer una maravillosa transformación; otros presentan una terminación en curva para estimular el enigmático punto G o la próstata, y también los hay que tienen diseños dobles (conjeturen ustedes para qué sirven), o soporte para el sexo oral.
Dildo es como se le nombra en inglés, mientras que en español recibe el melancólico nombre de consolador. Tanto su adquisición, como su uso, vienen ligados a un acto de individualidad que determina el ejercicio supremo de tomar nuestras propias decisiones en cuanto a preferencias y actividades sexuales se refiere.
A través de un dildo se controlan los movimientos y cada deleite es importante porque consigue ampliarse a las órdenes de quien lo maneja, sí, y necesariamente está ligado a las fantasías sexuales que la soledad genere (esa terrible imaginación), aun cuando abundan recetas para recurrir a uno en pareja, o para permanecer frente a la mujer mientras lo utiliza, como simples espectadores, aguardando el momento en que nos haga feliz al invitarnos a la fiesta.
Cada quien sus necesidades
En las tiendas especializadas se puede encontrar una amplia variedad: colores exóticos, formas descomunales, mecanismos increíbles de funcionamiento, texturizados, dispuestos a satisfacer las necesidades más exigentes; los precios dependen de los tamaños, por supuesto, y de los materiales de fabricación, ya que entre más se aproxime a uno “real” mayor será su costo.
Al recurrir a un dildo muchas mujeres encuentran un placer distinto al que les puede proporcionar su pareja; además de que al carecer aún de un sistema tecnológico que les permita hablar, las mujeres que así lo deseen se libran de escuchar las mismas melosas palabras de siempre, lo cual ya en sí es ganancia que el silencio agradecerá.
¿Sugerencias? Tanto si se trata de una mujer o de un hombre, como de una pareja, pueden descubrir sus virtudes, sus recetas, experimentar, jugar, divertirse, recurriendo a sus bondades, esas mismas bondades que acaso nos llegan a proporcionar instantes donde alcanzamos a sentir que no todo anda tan mal, que aún nos quedan un poco de esperanzas, un poco de consuelo.