Escritores fantasmas: el mercado de las obras inconclusas

POR Alexandra Alter

Una nueva ola de ediciones póstumas de autores como Vladimir Nabokov, David Foster Wallace y Ralph Ellison plantea preguntas incómodas sobre lo que los escritores realmente querían de sus obras

Después de que el autor David Foster Wallace cometió suicidio en septiembre de 2009, su agente de muchos años, Bonnie Nadell, se encontró extraviada en un laberinto de palabras. Dispersas en dos computadoras diferentes y en borradores de papel estrujado, escondidas en el atestado garaje donde Foster Wallace trabajaba en Claremont, California, descubrió varias versiones de su última novela inconclusa. Nadell no sabía cuál elegir. La novela de Wallace sobre los agentes I.R.S. se elaboró tomando como base las notas del propio autor. “Fue como armar un rompecabezas” dijo Bonnie, refiriéndose a la novela titulada Pale King.
Una nueva ola de libros póstumos de autores emblemáticos agita el debate sobre cómo los editores deben manipular restos fragmentarios literarios. Las obras de Vladimir Nabokov, William Styron, Graham Greene, Carl Jung y Kurt Vonnegut han comenzado a aparecer en los anaqueles de las librerías desde el otoño pasado. Y también entre las publicaciones figuran Ralph Ellison y el escritor de thriller Donald E. Westlake.
Éxito seguro
Las obras póstumas pueden generar lo mismo controversia que entusiasmo. Muchas están incompletas o cuando figuran en proyectos múltiples plantean preguntas incómodas acerca de la intención del autor. Otras, extraídas de los archivos de las obras tempranas o inconclusas de los escritores podrían ser parte de las notas de pie de página y abollar legados literarios que hasta entonces eran brillantes. Un infinito asesinato misterioso de Graham Greene, que aparecía serializada en la revista literaria The Strand, fue deshecho en un blog de Los Angeles Times, donde se le consideró una copia “muy lejos” de las obras consistentes de Greene, como El poder y la gloria.
Mientras algunos atribuyen el aumento de las publicaciones póstumas a una macabra coincidencia, otros opinan que los editores buscan con formas más agresivas las obras de los autores famosos muertos, debido a que no pueden perder a su público lector. Nuevas obras de gigantes de la literatura son “un éxito seguro en un negocio con pocas cosas seguras”, señala Robert Miller, editor de HarperStudio, un sello editorial de HarperCollins que lanzó una colección de ensayos inéditos y de cuentos cortos de Mark Twain en la primavera de 2009.
El principal ejecutor de Mark Twain publicó sólo una fracción de la obra inédita del escritor sureño (por temor a que las piezas menos pulidas dañaran la reputación del autor), un tesoro de documentos que incluye cerca de 700 manuscritos. Casi 100 años después de la muerte de Twain, sólo 50 o 60 de esos manuscritos se han publicado, afirma Robert Hirst, editor de la reciente colección de Harper ¿Quién es Mark Twain? Algunos críticos han alegado que muchas de las obras póstumas de Twain debieron dejarse en el cubo de la basura, pero Hirst afirma que incluso las obras defectuosas tienen valor.
“Se puede aprender mucho acerca de cómo pensaba y escribía, lo que no se puede aprender de la lectura de una edición de Huckleberry Finn”, abunda Hirst. “No creo que nada de lo que publicamos pueda dañar su reputación”.
Obras crudas
Vladimir Nabokov instruyó a su familia para que quemara su última novela, El original de Laura, después de su muerte. Él había esbozado la novela en 138 fichas, un proceso que utilizó para escribir Lolita y otras obras. Nadie, ni siquiera el señor Nabokov hijo –quien también es su albacea literario—, Dmitri Nabokov, conoce el orden exacto que el autor dio a las fichas.
Durante décadas, Dmitri Nabokov mantuvo resguardado el manuscrito en la caja fuerte de un banco suizo, permitiendo su lectura sólo a un grupo selecto de especialistas en Nabokov, y eso sólo ocasionalmente, sugiriendo en entrevistas que él destruiría la novela. En 2008, más de 30 años después de la muerte de su padre, anunció en una revista alemana su decisión de publicar la obra, aduciendo que su padre, en una visión, le dijo que “siguiera adelante y publicara la obra”.
Brian Boyd, estudioso y biógrafo de Nabokov en la Universidad de Auckland en Nueva Zelanda, expresó que inicialmente consideró que El original de Laura estaba demasiado “crudo” y que las instrucciones del señor Nabokov de destruirlo debieron ser tomadas en cuenta. Boyd vio por vez primera el proyecto en 1985, cuando Vera Nabokov, la esposa del autor, le autorizó leerlo. Después de la muerte de Vera en 1991, volvió a leer el manuscrito y cambió de idea.
“Las primeras líneas me dejaron sin aliento”, dice el señor Boyd, quien también edita otras tres colecciones de obras de Nabokov, incluyendo cartas inéditas a su esposa. “Hay una especie de dispositivo narrativo que no había utilizado nunca antes y que no creo que nadie más tampoco lo haya usado”.
Alfred A. Knopf, quien publicó el libro a finales de 2009, pidió a Boyd y a otros académicos que estudiaran el proyecto, pero ninguno pudo descifrar el orden de las escenas. El editor enfrentó un nuevo dilema: “¿Cómo tomas 138 notas de apuntes y las conviertes en un libro?”, preguntó Chip Kidd, director de arte asociado de Knopf, que añadió que las tarjetas “llevan un orden consecutivo durante un buen tramo, hasta que de repente el orden se pierde”.
Para destacar la naturaleza fragmentada del libro, Kidd llegó con un diseño inusual. El original de Laura “contendría reproducciones fotográficas de las tarjetas, junto con transcripciones mecanografiadas. Las tarjetas estarían perforadas en los bordes, para que los lectores puedan arrancarlas y mezclarlas, imitando el proceso de composición de Nabokov.
La decisión de Dmitri Nabokov de publicar el libro desató un torrente de críticas por parte de académicos y escritores que sostenían que la voluntad del autor de suprimir su obra debió estar por arriba del deseo del público por leerla. El profesor de letras inglesas de Harvard, Leland de la Durantaye, así como el dramaturgo británico Tom Stoppard instaron a que se destruyera.
Pero otros clamaron por su publicación, argumentando que si el albacea literario de Franz Kafka hubiera obedecido la orden de quemar su obra, no habrían existido El juicio, El castillo o Amerika.
En una entrevista por correo electrónico, el joven Nabokov escribió que esperaba reacciones encontradas. “A juzgar por las entradas de la prepublicación, un tercio de los críticos expresó su gratitud por conservar esta novela, otro tercio me condenó por difamar al autor, y el resto intentará hacer comparaciones con otras obras de mi padre –fue una tarea imposible”, abundó.
Trabajo de colaboración
Algunas de las ediciones póstumas dicen ofrecer versiones más allá de la intención original de los autores. En 2009, Vintage publicó una nueva edición de Frankenstein de Mary Shelley –158 años después de su muerte— que por vez primera presenta el texto original sin la edición de su marido, Percy Shelley. La versión tiene como objetivo resolver un debate enconado sobre si Mary Shelley o su marido escribieron el libro. A la publicidad del nuevo material Vintage la ha titulado “El Frankenstein original”, afirmando que Percy Shelley escribió sólo 5 mil de las 72 mil palabras. La versión editada tradicional apareció junto con el original.
Los editores que exhuman la obra de autores emblemáticos pueden enfrentar cargos porque sus retoques alteran fundamentalmente artefactos literarios. John Callahan, un profesor de humanidades en el Lewis & Clark College, quien editó la novela póstuma de Ralph Ellison, Juneteenth, enfrentó rumores de que había revisado exhaustivamente el manuscrito final de Ellison. El libro fue publicado en 1999, cinco años después de la muerte del autor. Callahan llama a Juneteenth, que gira en torno a una senadora racista de Nueva Inglaterra, que recibe un disparo en el Senado, “un trabajo de colaboración”.
El manuscrito que Ellison que dejó atrás superaba las 2 mil cuartillas, un material suficiente para tres novelas distintas. Sus notas y revisiones fueron desconcertantes. Cuando Ellison comenzó la novela en los años sesenta, la obra abría con la frase: “Tres días antes del disparo”. Más de una década después, en una revisión se leía: “Dos días antes del disparo”.
“Cuando me pidieron ser albacea literario de Ralph Ellison, esperaba encontrar un gran borrador con una cinta alrededor de él”, dijo Callahan. “No estaba preparado para lo que encontré, que era una novela inconclusa”.
En enero de este año, el sello editorial Random House Modern Library lanzó Tres días antes de los disparos, una nueva versión de la novela que está más cerca de lo que Ellison dejó atrás. Con cerca de mil 200 páginas, la nueva versión es más del triple de la extensión de Juneteenth. Callahan dijo que decidió volver a editar y relanzar el libro en parte para mostrar a los críticos lo que tuvo que enfrentar, sino también para ofrecer una nueva perspectiva sobre el proceso creativo de Ralph Ellison.
Lo que sea, pero ya
Cuando William Styron, autor de Las confesiones de Nat Turner y La decisión de Sofía, murió en 2006, no había publicado nada en 13 años. Su último libro fue una colección de tres historias cortas lanzada en 1993.
“Su reputación estaba en el limbo”, señaló James West, biógrafo de Styron y editor de La carrera del suicidio, una nueva colección de los escritos de Styron que publicó Random House en octubre de 2009.
De hecho, Styron trabajó hasta muy cerca de su final. Durante gran parte de su carrera se abocó a una novela titulada El camino del guerrero, basada en parte en su experiencia como marino en la Segunda Guerra Mundial y Corea, dice West. Él la intentó terminar en sus años finales.
El editor de toda la vida de Styron en Random House, Bob Loomis, manifiesta que Random House tenía un contrato para la novela, pero perdió la esperanza de publicar cuando Styron sucumbió a la depresión y abandonó el proyecto. Loomis, West y Rose Styron, la esposa del autor y albacea literario, buscaron en una caja algunas piezas publicables, dice. Loomis. Decidieron publicar el extracto, junto con varios de los escritos de Styron sobre la infantería de marina, en parte para restaurar la imagen de Styron.
El primer capítulo, titulado “La casa de mi padre”, aparece en la colección, y se centra en un joven marine que regresa a casa después de servir en Japón, donde aparentemente sufrió una crisis mental. Termina abruptamente cuando el protagonista y narrador despotrica contra los comentarios racistas de su madrastra, mientras solitariamente bebe cerveza en un café. El resto de la novela se dispersa entre las ponencias de William Styron en la Universidad de Duke.
Tomado de: The Wall Street Journal. Octubre 2, 2009.
Traducción: José Luis Durán King.