Filosofía y futbol: el clásico pasecito a la red

POR John Heilpern

Cuando el Mundial apenas calienta motores, el siguiente texto es una gema extraña basada en un libro que mezcla de forma poco ortodoxa el pensamiento de los grandes filósofos con la angustia que se vive en 90 minutos… más lo que agregue el árbitro

En un afortunado y divertido sketch clásico de Monty Python se da un partido de futbol entre Alemania y Grecia, en el que los jugadores en realidad son filósofos. La siempre temible Alemania, capitaneada por Nobby Hegel, cuenta con atacantes de categoría mundial como Nietzsche, Heidegger y Wittgenstein, mientras que los griegos son capitaneados por el astuto Sócrates, con un equipo de sueño con Platón en la portería, Aristóteles en la defensa y una sorprendente inclusión: el matemático Arquímedes.
Hacia el final de un partido intensamente luchado, en el cual aparentemente no sucedió mucho, excepto un exceso de pensamientos, el astuto Sócrates es el ganador de un encuentro disputado con amargura. ¡Pero el desorden sobreviene! El enfurecido Hegel alega en vano con el árbitro, Confucio dice que el verdadero objetivo de Sócrates es meramente un complemento a priori de la ética no naturalista, mientras que Kant sostiene que, ontológicamente, el objetivo sólo existía en la imaginación a través del imperativo categórico, y Karl Marx –que en realidad tuvo un juego tranquilo—protesta, aduciendo que Sócrates estaba en fuera de lugar.
Ahí, en esa cascarita filosófica, nos hemos inspirado con la esencia deliciosamente instructiva de Soccer and Philosophy, una sorprendente colección de ensayos sobre el deporte rey, escrita por esos locos amantes del futbol que son filósofos en la vida real, cuyo elenco incluye al editor del libro, Ted Richards. Los puristas del futbol que, por cierto, nacieron en Inglaterra (como yo), prefieren no referirse al soccer como soccer. Es simplemente futbol, como el cricket es el cricket. Aun así hay algo para todos en este libro ingenioso y erudito.
Moral, vida y muerte
Para todos aquellos que se quedan desconcertados por el misterioso atractivo del deporte más popular del mundo puedo garantizar que este libro le desconcertará aún más, pero en el buen sentido de la palabra. Atender, por ejemplo, una frase para la posteridad en boca del legendario ex manejador del Liverpool Football Club, Bill Shankly, que cita uno de los ensayos: “Algunas personas creen que el futbol es una cuestión de vida o muerte. Estoy muy decepcionado con esa actitud. Puedo asegurarles que es mucho más grave que eso”.
Ahora bien, para los que se preocupan por el dudoso comportamiento de Wall Street, habría de recomendarles el espléndido ensayo “Cómo apreciar la salvada con la punta de los dedos”, en la que Edward Winters cita el principio rector de Albert Camus, el novelista existencial que jugó de portero en su juventud en Argelia: “Todo lo que sé de moral lo aprendí del fútbol”.
O para los que creen que la irresistible universalidad del juego irrumpirá algún día en Estados Unidos, léase el ensayo “La mano de Dios y otros ¿milagros? del futbol”, en el que Kirk McDermid cita la identificación de Santo Tomás de Aquino sobre los elementos esenciales que hacen que un evento sea verdaderamente milagroso.
Robert Northcott analiza el concepto de Kierkegaard de la ansiedad y su relación con los penaltis, justo ahora que el pensamiento del filósofo danés aplica como nunca a la oscuridad de Inglaterra, el miedo neurótico de lo que sería un merecido fondo de desgracia nacional si Estados Unidos vence a Inglaterra en la presentación de ambos equipos en la Copa del Mundo. [Cosa que no sucedió. N de la R].
Los dioses del estadio
¿Hay, quizá algo de mayor vuelo filosófico que no sea el futbol en el libro? Lo hay. (Y no lo hay.) La afirmación de que Nietzsche habría sido un entusiasta partidario del club londinense Arsenal es curiosamente especulativa, cuando todo mundo sabe que tendría sus raíces para la aplanadora de Europa: el Inter de Milán. Otro de los ensayistas –que delira sobre las habilidades artísticas de uno de los más grandes futbolistas de nuestro tiempo, Cristiano Ronaldo— se refugia en la estética de Platón y Aristóteles al ponderar: “¿Es Ronaldo un moderno Picasso?” A lo que estaríamos tentados a responder: “Tal vez lo sea. Pero, ¿podría Picasso driblar como Beckham?”
¿Y entonces dónde estaríamos? La respuesta a eso es exactamente donde los autores de Soccer and Philosophy nos quieren ubicar: pensar en formas nuevas e interesantes sobre el hermoso juego que creíamos conocer. “La soledad del árbitro”, el maravilloso ensayo de Jonathan Crowe, es especialmente atractivo para todos los que, como yo, gritan irracionalmente contra los abusos de ese último déspota y pavonado dios de la cancha: el árbitro. Pero sólo cuando sus decisiones increíblemente ciegas van contra nosotros. El árbitro, en otras palabras, es el culpable de todo.
Crowe primero nos recuerda que el filósofo existencial Jean-Paul Sartre fue un ávido estudiante de fútbol –ver su Crítica de la razón dialéctica, donde comenta con sabiduría innegable: “En un partido de fútbol, todo se complica por la presencia del otro equipo”.
Pero son las obras tempranas de Sartre, El ser y la nada y Existencialismo y humanismo, que las apelaciones de Crowe arrojan una nueva y simpática luz sobre la soledad del árbitro. La prueba de que el árbitro es el único responsable de sus decisiones y, por lo tanto, del mortal destino del partido. Los yerros del árbitro son parte de las reglas del juego, y, precisamente, son esas las reglas las que le permiten equivocarse gravemente. Sus errores irreversibles son para siempre.
Piensa, si así lo deseas, sobre decisión fatal del pobre Jim Joyce, quien hace poco tuvo el peor arbitraje en la historia del beisbol y arruinó el juego perfecto de Armando Galarraga. Pero, a diferencia del perdón de los dulces fanáticos de los Tigres de Detroit (y el sentimiento de culpa del lloroso Joyce), el aficionado del futbol está tan apasionadamente comprometido con el juego –el único juego verdadero que existe— que nunca perdona u olvida (y el solitario árbitro nunca ofrece explicaciones).
Ergo, la justificación del árbitro: silbo, luego existo.
Eso no me ayuda mucho, en realidad. Ayuda al árbitro. Nos ayuda a comprender su poder confiado, falible. Pero desde el punto de vista del fanático, la religión secular del futbol tiene que ver con la locura y el amor obsesivo; con la habilidad irresistible y la gloria y, sí, con cierta divina y hermosa trascendencia. Todo el resto, de acuerdo con la máxima recompensa de El futbol y la filosofía, que es pensar en voz alta y con entusiasmo. O, mejor, lo expreso así:
¡¡¡¡¡¡¡¡¡“Goooooooooooooooolllllll!!!!!”

Soccer and Philosophy. Editado por Ted Richards. Open Court, 408 pages.
Tomado de: The Wall Street Journal. Junio 11, 2010.
Traducción: José Luis Durán King.