Los Burrón y sus deudos

POR Alfredo C. Villeda

n una célebre cátedra en la Universidad de La Habana, Julio Cortázar comparó al cuento con la fotografía y a la novela con el largometraje cinematográfico. Diferentes artes, discursos, géneros. El fusilero solía recordar este juego de analogías cuando tenía frente a él algún pasaje de la Comedia Humana de Balzac, alguno de esos memorables personajes que viajaban de una novela a otra y hacían llorar con su muerte al mismo Oscar Wilde. Como esa obra literaria monumental puede leerse, a escala de historieta urbana chilanga, la saga de seis décadas legada por Gabriel Vargas y su familia Burrón.
El personaje capitalino convive en esa tira en todas sus facetas. El trabajador honrado, su vieja cábula, el cuñado rata, los hijos lentos, el chiquillo desmadroso y el perro con toda la feis de su dueño, quien mueve la tijera con destreza en su changarro El Rizo de Oro. Todos sin descanso cómplices cuando comparten experiencias que terminan sin remedio en maldiciones contra los politiquillos y caciquitos llevados al escarnio por una pluma y un trazo ingeniosos, en una vecindad del Callejón del Cuajo en la que pasa lista la fauna de la Capirucha imaginada por don Gabriel, hidalguense de cuna, quien se fue a calacas ya bien bien vetabel el pasado martes.
Cuántas de esas historietas no habrá leído Arturo Ripstein, obsesivo realizador cinematográfico, antes de poner punto final a muchos de sus filmes, en los que se resiste a salir de los retratos urbanos de la pobreza y siempre termina regodéandose en lo peor de sus personajes: la estupidez de los jodidos. Cuántas historias de La familia Burrón habrá devorado Guillermo Arriaga, el guionista de Amores perros, antes de culminar lo que fue la ópera prima de Alejandro González Iñárritu, película chilanga-chilanga a juzgar por su lenguaje, su violencia, su encuadre costumbrista.
Algo le deberá también el gran Jaime López al padre de los Burrón, si atendemos las letras de sus rolas, quizá con mayor evidencia reflejada en la pieza “Chilanga banda”, y cuánto no habrá de deuda de algunos cronistas como Armando Ramírez, autor de Chin Chin El Teporocho; Emiliano Pérez Cruz, el contador de historias de Neza York, o el menos coloquial José Joaquín Blanco, y su Función de medianoche, con don Gabriel, que pide le abran una canchita, ahora que colgó los tenis, entre los artistas más influyentes del siglo XX.
Porque el fusilero duda que Alex Lora no haya conocido a Tecojote y a Foforito, él, juglar urbano venido de Puebla, contador de historias, tragedias y hazañas del Defectuoso, creador, como Vargas, de un lenguaje propio. Poco importa si en Comala hablan como la familia de Pedro Páramo, si en el campo jalisiciense usan el tono lastimero de “Diles que no me maten” o el pausado testimonio de “Anacleto Morones”. El asunto es que Juan Rulfo convence. Igual pasa con los Burrón, una familia que adopta un lenguaje y después lo difunde con éxito entre sus consumidores. Al final poco importa si lo adaptó o lo inventó y lo impuso, porque a lo largo de seis décadas construye, a la manera de Balzac, una Comedia Urbana.
Otros ejercicios de historietas tuvieron su impacto, pero los Burrón los vieron nacer y los vieron chupar faros. El cómic Simón Simonazo, por ejemplo, con su atrevimiento para incluir, con base en un lenguaje coloquial basado en simbología que se adelantó al menos tres décadas a los iconos cibernéticos, toda clase de maldiciones que eran perfectamente entendibles hasta para el más despistado lector. Ahí se podía interpretar en los textos de relevo y anclaje, que así se llaman los que aparecen en cuadros y globos, diálogos y frases como “pinche chango”, “eres una mierda”, “mamón” y cualquier especie de injuria imaginable resuelta con gran ingenio por los autores, que les valió incluso más de una tesis universitaria en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales y se pasaban la censura de Góber por el Arco del Triunfo.
La obra de Vargas sobrevivió a esa gran tira, sin dejar de mencionar a Jis, Trino y Falcón, con sus distintos personajes protagonistas de toda una época entre los años 80 y 90, entre los que debe destacarse la saga de El Santos, otro prodigio de lenguaje popular, crítica a toda imposición, sarcasmo y alfilerazos a la solemnidad en sus variantes múltiples.
Como en la novela La serpiente de oro, del peruano Ciro Alegría, la obra de Vargas puede leerse en capítulos, como cuentos independientes (no es fortuito que el lenguaje coloquial llame “cuento” a las historietas que se compran en los puestos de periódico), o en su conjunto como una obra total, con personajes que migran de un espacio a otro sin mayor explicación.
Los Burrón pueden leerse, así, como una fotografía de las que nos contaba al principio Cortázar, o como un largomentraje, una novela, o como una crónica de Carlos Monsiváis o el conjunto de rolas chilangas del Tri o de Jaime López, como un filme de Ripstein o como las tres historias que se entrecruzan en Amores perros. Como la Comedia Urbana, pues, parafraseando al gran Balzac, o como los testimonios que El Púas Olivares le regaló a otro gran hidalguense que colgó los tenis tiempo atrás, Ricardo Garibay, enemigo declarado del tacuche.
Quizá al final los aplanacalles de Puente de Alvarado, en Los detectives salvajes de Bolaño, algo de Burrón tengan.