Medias

POR Óscar Garduño Nájera

Aunque su resistencia es estoica para evadir su anaquel en el museo de la arqueología erótica, las medias hace mucho abandonaron su papel de cubrir imperfecciones; hoy prometen y despiertan pasiones, al tiempo que enaltecen nuestros más bajos instintos

Por buenas fuentes, todas ellas femeninas y acaso las únicas confiables, sé que las medias no son recomendables en temporadas calurosas, incluso cuando con la falda –sea larga o corta— se goce de una envidiable ventilación, la cual aprovechaba –de acuerdo con los antiguos griegos— el mismo Dionisio, hijo de Zeus y Semele, quien hacía de las suyas transformándose en viento y preñando, una vez que se metía por debajo de las faldas, a cuantas se dejaran. Y fueron muchas las que se dejaron, aunque no lo crean, mientras se celebraban las Dionisias y las Leneas.
También sé de las múltiples participaciones cinematográficas de esta prenda, que van desde llegar a las medias una vez que se espía por el ojo de la cerradura, cuando nuestra mirada alberga esperanzas de rozar la intimidad femenina de rubias exuberantes que nos fulminan al enseñar piernas torneadas, hasta cientos y cientos de bailarinas exóticas, cabareteras (¿recuerdan ustedes el cine de ficheras?) que aniquilan la imaginación de cualquier incauto cinéfilo al mostrarlas bajo los trajes de lentejuelas y faldas cortísimas.
Y qué decir de cómo se han modificado con el paso del tiempo, pues de ser una prenda de vestir masculina hasta el siglo 15, pasó a ser de uso exclusivo de mujeres (con sus excepciones, por supuesto), e incluso las hay de distintos colores; con llamativas figuras geométricas, la envidia de Picasso; para prevenir embolias al estimular, de acuerdo con su manufactura, el torrente sanguíneo; hasta las que han servido en más de una ocasión como sustituto emergente de la banda en el motor de viejos automóviles.
Circo ficticio
Lo cierto es que si bien nuestras prácticas sexuales no llegan a depender de objetos como las medias, en mucho ayudan a estimular y despertar fantasías a la hora en que nos es permitido meter las manos bajo una falda, cuando nuestras yemas rozan las medias, cuando comprendemos que las cosas habrán de ponerse un poco difíciles, sí, pero cargadas de emoción, aguardando el momento justo en que ella se desprenda de las medias, en que, cual acróbata en nuestro circo ficticio, se oculte en un rincón oscuro de la habitación y lentamente vaya despojándose de esa piel también ficticia, de esa piel a la que recurre para embellecer sus piernas, para combinar los tonos de su falda, siempre y cuando no sea temporada calurosa, por supuesto.
Para ayudar al desprendimiento, recomiendo comenzar en la cintura, luego de apretar ligeramente las nalgas, de estrujarlas, mientras ella nos indica con su respiración el ritmo que habremos de seguir, porque a partir de ese momento será nuestra guía; posteriormente, si se cuenta con tiempo –y para una pareja difícilmente lo habrá—, pasar las yemas de los dedos por donde finalizan las medias, ahí donde termina la forma de la prenda y empieza la piel; sentir que esa parte, matizada incluso con un tono más fuerte, nos indica la llegada a ese paraíso perdido (y en ocasiones al mismo infierno), y que justo debajo de éste, cual si fuese el telón de un escenario cualquiera, se esconde la ropa interior, el sexo, para lo cual habrá otras rutas, otras recetas.
Una vez fuera, una vez que las medias se han dispuesto por la alfombra como espectadoras de lo que suceda entre la pareja, reducidas a una fealdad extrema, cual si fuesen nuestros calcetines, se puede hacer uso de ellas de distintas maneras, siempre y cuando se tenga un poco de creatividad y haya acuerdo mutuo, y emocionándonos a cada momento, como si nuestra primera vez se multiplicara sin otorgar descanso o tregua.
La primera es recurrir a las medias para vendar los ojos de nuestra pareja, y dejarla, así, sumergida en esa oscuridad densa, donde acaso sólo alcanzará a reconocer los sonidos que la envuelven, y donde por toda luz tendrá únicamente las sensaciones: nuestra lengua recorrerá desde los pies hasta la cabeza sin previo aviso, intempestivamente, moderándonos según los movimientos del él o de ella; por supuesto, con ellos resulta un poco más complicado, acostumbrados como están a mantener el control ante todo, un control irrisorio, sí, y en ocasiones ridículo, vulgar; en cambio, con ellas es mucho más sencillo, acaso porque su imaginación se encuentra fuera de nuestro alcance y comprensión, y porque siempre están dispuestas a experimentar sensaciones diferentes, alejadas de lo cuadrado que puede resultar el pensamiento masculino. Bañar en saliva el paso de nuestra lengua, entretenerse en la redondez de los pezones, jugar a deslizar la punta de arriba abajo, de abajo arriba, morder ligeramente el lóbulo, y percibir en la punta la consistencia del vello púbico, mientras ella no ve otra cosa que esa oscuridad propiciada por las medias, es condición obligada para que una vez abiertos los ojos, una vez de vuelta a la realidad del encuentro, nos incendie con una mirada distinta.
La segunda es para amarrar a él o a ella a la cabecera de la cama, mantener una distancia prudente, contemplar, con ese espíritu aprendido de los renacentistas, aquel cuerpo desnudo que nada hace por librar sus muñecas; lo que viene a continuación es semejante al punto anterior, con la diferencia de que ahora sí habrá ese diálogo en las miradas, aunque los brazos permanezcan inmóviles, no importa, llegará el momento de zafarlos y entonces se abalanzarán en un fuerte abrazo, presionando la espalda hasta conformar, pasados unos minutos, aquel animal de dos cabezas referido por Shakespeare en Otelo.
El universo ajeno
Todo consiste en atreverse, transgredir los límites, reconocernos más cercanos al erotismo que a la sexualidad, atender el llamado no sólo del deseo, en sí importante, sino a nuestro propio llamado, a nuestras propias inquietudes, las cuales nos llevarán a reconocer que entre dos puede existir más que una simple relación sexual, palabras, fuego, un lenguaje aún no descifrado, incomprensible, sí, pero abierto, incendiado bajo una sola voz, esa misma voz que nos advierte al oído que nada perdura, ni el amor más sólido, ni la pasión más duradera, ni el hombre más querido, ni la mujer de nuestros sueños, y que una vez desnudos lo mejor que podemos hacer es entregarnos a ese universo que todavía nos resulta ajeno, como ajenos son todos sus misterios, sin culpas, sin remordimientos, mientras las medias, esas mismas medias, se ríen de nosotros, en una carcajada elástica, desde ese mismo rincón donde alguien más nos espera, donde alguien más nos provoca.