Pantaletas

Por Óscar Garduño Nájera

Fruto del instante, la visión de una pantaleta es locura fugaz para los hombres, quienes en su mayoría y en los rincones más lejanos de occidente echan de menos, no la prenda, sino el momento justo en que la mujer enseñaba un poquito de más

Hasta entrada la década de los noventa, si no es que años más tarde, ya fuera al cruzar la pierna, o al sentarse, la mujer que osara enseñar la pantaleta era mal vista, como si tal descuido mereciese ser condenado por las demás mujeres; ya se sabe: “¡yo nunca haría eso!”. Por el contrario, para el hombre que tuviese la fortuna de presenciar tal instante lleno de luz era casi seguro que sus puntos se iban más allá del cielo al creer, iluso al fin, que la mujer estaba generando un código secreto cuyas insinuaciones, sexuales, por supuesto, constituían el único lenguaje comprensible entre los dos, como si la simple imagen de ese hombre hubiera producido tal descuido. Así las cosas, el pudor femenino estaba determinado por el juicio de los demás. Y eran pocas las mujeres que realmente se atrevían a romper con lo establecido sin que las llamaran extravagantes, raritas, o, en el mejor de los casos, locas (porque quizás tenían “cura”). Las reglas eran claras: si el hombre hacía hasta lo imposible por ocultar unos horribles calzoncillos (¿recuerdan ustedes aquellos tirantes que jalan los pantalones hasta el pescuezo?), lo mismo se esperaba de la mujer, más aún cuando muchos de sus movimientos o formas de proceder podían resultar “provocativas”, “coquetas”; por supuesto, los adjetivos se entienden si se piensa que el común de los hombres ―sencillos y corrientes― poco pueden tener de “provocativos” y qué decir de “coquetos”, porque entonces las cosas sí andarían mal.

Una visión común

Pasaron los años y todo fue un caos no atribuible a los cuatro jinetes del Apocalipsis, ni a los malos gobernantes, sino a la creciente sociedad del espectáculo que consiguió transgredir todos los valores establecidos para, desde ahí, crear una nueva propuesta estética, formas retadoras de una belleza que nos puede o no gustar pero que existe, se mueve, produce su propio discurso y sus propias reglas y óptica. Hasta el punto de que enseñar no ya la pantaleta, sino la tanga, se volvió algo tan común y corriente que el hombre más perverso terminó acostumbrándose cuando ésta asoma por entre pantalones de mezclilla a la cadera.
Con esta nueva propuesta estética llegaron también las formas, y si bien anteriormente la pantaleta se confeccionaba en casa, de pronto la producción de pantaletas y calzoncillos estalló de forma masiva cuando por primera vez la gente las compraba, de esta forma la pantaleta se fue adaptando a los nuevos tiempos, pasando a ser más corta de acuerdo con las exigencias de la falda, hasta llegar a ser más propia de la moda y la sofisticación. Fue cuando nos enteramos de un lenguaje altamente poético al nombrar tangas de “hilo dental”, cuyo símil, más que disgustarnos, echaba a volar nuestra imaginación hasta el consultorio del dentista. Y qué decir de los colores de estas prendas nombradas de distintas maneras según el país (colaless es sinónimo de hilo dental en Chile, y en Costa Rica blúmer cuando es muy grande). Basta con entrar a cualquier tienda donde las vendan para reconocer que ante tal abanico de colores cualquier pintor impresionista se sorprendería, aunque, quizás, también se podría alarmar. Lo contrario ocurre con los hombres, pues por lo regular los calzoncillos son arrumbados en cualquier oscuro rincón de la tienda, además de venir dentro de horrorosos paquetes, correctamente doblados, como un pañuelo en la bolsa de atrás del pantalón.

Elección difícil
Una vez más las mujeres iluminaron nuestra aburrida existencia. Y ahí donde antes predominaba el gris de velorio, el blanco de traje de primera comunión o el negro del cuervo de Poe, repentinamente aparecieron universos de colores, de formas y texturas (algodón, encaje, nylon, etcétera).
Aun así no es difícil escuchar historias de mujeres que tras poner todo su empeño, buen gusto (o malo, por qué no) y dinero en escoger la tanga indicada, tras visitar tiendas y tiendas para esa noche especial ―pongamos aniversarios o cualquier otra fecha romántica; pongamos una mesa con velas, escenografía de película cursi…― se llevan una decepción cuando comprueban que lo más urgente para su pareja es quitársela lo más pronto posible, pues para ellos el tiempo siempre es importante (aunque luego no sepan qué hacer con él) y lo de menos es lo que se lleva encima (¡fuera ropa!) cuando traen puestos los mismos calzoncillos horrorosos de siempre, con el mismo color percudido y, lo que es peor, con la misma marca transparentándose, orgullosa, como si sometiera al hombre a una fealdad en su atuendo.
¿Recomendaciones? Estarían encaminadas a dejarse tentar por lo que se adivina detrás de las formas o de las texturas; procurar de vez en cuando visitar tiendas de ropa interior femenina y saborear los modelos, las tendencias (primavera, verano, otoño) mostrando el mismo interés que se tendría para ver un partido de futbol; luego, comprar la tanga que nos dicte el gusto, el tacto, y regalársela a nuestra pareja, compartir con ella esa alegría al abrir la envoltura, al reconocer que sabemos algunos de sus secretos, de sus gustos, tanto como ellas llegan a saber de fútbol.

1 thought on “Pantaletas

  1. Una línea de ropa que es ultra sexy es: Aubade, en México también intimissimi trae un catalogo muy imaginativo y si eres cliente frecuente te llega el catalogo de temporada directo a casa.
    Felicidades me ha gustado mucho tu texto

Comments are closed.