Por genética, incompatibles con el futbol

POR Alfredo C. Villeda
as imágenes del futbol contemporáneo tienen la peculiar virtud de lucir siempre recientes. Por eso parece tan cercana esa visión en la que Vicente del Bosque, entonces técnico de un puñado de estrellas millonarias que saben de patear el balón y militaban en el Real Madrid, se acerca con prisa, sudoroso, y grita desesperado desde la línea lateral, su bigote inmenso al aire: “No, no, ustedes no, fuera de la barrera”.
Les hablaba a Roberto Carlos, a Zidane, a Figo, a Ronaldo y a Beckham, que muy orondos ya se habían alineado en el muro defensivo para contener un embate de equis rival en la liga española. Habrá que imaginar cuántos millones de euros había ahí reunidos, qué inversión mayúscula estaba en riesgo al ocupar los despreocupados integrantes de ese dream team pambolero, llamado Los Galácticos, la zona de fuego.
“Pero si para eso hay españoles en el club merengue”, habrá dicho para sí el señor Del Bosque, quien, sin embargo, ahora comanda desde el banquillo a la selección española, campeona de Europa, candidata firme al título por primera vez en su historia. Vaya que ha pasado el tiempo, pues, desde aquella imagen del técnico desesperado por cuidar la inversión de los madrileños a la actual, del bigotón orgulloso con su equipo ciento por ciento español, con tanta figura que dejó en casa a Daniel González Güiza, pichichi del torneo pasado y letal rematador.
El del dream team, por cierto, es un concepto que también luce jovial si bien el fusilero recuerda haberlo oído y leído por vez primera cuando trabajaba en la redacción deportiva de Notimex, a propósito de la alineación del equipo estadunidense de basquetbol que asistió a los Juegos Olímpicos de Barcelona 92: Magic, Jordan, Pippen, Barkley, Ewing, Bird, Malone, Stockton y dos o tres nombres más que traían colgada la medalla de oro desde que se autorizó a los profesionales de la duela, en este caso la poderosa NBA, participar en la otrora justa amateur.
Dream teams o no, el caso es que tanto la antigua Furia Roja, ahora tan técnica y académica en su juego que ya dejó el mote en el pasado, como los antes Ratones Verdes, el envalentonado Tri actual que por vez primera llega al Mundial repleto de figuras que juegan o calientan bancas en Europa, han puesto a soñar a sus respectivos aficionados con algo más. Los chicos de Del Bosque hacen pensar a su gente incluso en el título. Los de Aguirre, en todo caso, en llegar al famoso quinto partido y ganarlo. De lo contrario, Sam’s Club y Viana no andarían jurando que si México es campeón devuelven los costos de sus megapantallas a los incautos consumidores víctimas de la euforia pambolera.
De estas dos selecciones se sostenía un principio harto debatible. Que no crecían por el exceso de jugadores extranjeros en sus ligas. Ya Inglaterra, siempre en los primeros lugares, e Italia, actual campeón, se han encargado de desmontar esa mentira… y el propio cuadro español, con su título continental, echó a la basura el cuento. El Tri, salvo el naturalizado Guillermo Franco (qué malo es, caray), va con puros nacidos en México (sí, aunque usted, distraído lector alejado del fut, no lo crea, Giovani es chilango, aunque lleve años viviendo en Europa y su papá sea brasileño) y dispuesto a demostrar que la cauda de foráneos no ha estancado ese deporte.
Deporte que, por cierto, a cada término de Mundial cómo trae decepciones. El fusilero ha llegado a decir que debe ser genético, pero el mexicano no está hecho para el fut. No sólo porque él en su primera juventud fuera maleta para pegarle a la que entonces se llamaba “la de gajos”, sino por el “trauma nacional” (nótese el tono dramático) que sorrajan al espectador cada que un paisano debe afrontar una tanda de tiros penales. No dan una ni tirando ni parándolos. Jorge Campos es la excepción con aquella atajada, que al final de nada sirvió, contra Bulgaria en el Mundial de Estados Unidos. Jugada que también parece tan cercana y fue en 1994. Y ahora hasta de patiño traen al ex portero en Televisión Azteca.
Mientras la fanaticada se pone la verde o la negra y vive su fiesta cuatrianual, con la modalidad de rostros pintados en sus avatares de Facebook y Twitter, sus detractores se dicen asqueados y los más obtusos creen ver una maquinaria de distracción para ocultar la tragedia que nos rodea. A estos últimos hay que recordarles que en México es una minoría la que lee, y seguirá leyendo y enterándose del resto de las noticias pese al futbol. Los demás, los que nunca hojean un libro o un diario no deportivo, pues tendrán el espectáculo que anhelan y que suelen interpretar cada fin de semana en algún campo llanero. No más que eso.
La fascinación del futbol, en todo caso, no elige adeptos. Una somera revisión del mundo intelectual demuestra que incluso es tema literario. Una parte sustancial de los primeros cuentos de Mario Benedetti recrean anécdotas en las canchas. Y ese deporte tiene su legión: Céline, Camus, Nabokov, Rilke, Cela y Grass le han dedicado reflexiones, poemas y relatos. Aquí el maestro Juan Villoro escribe de pambol como si de la literatura misma se tratara. Ya rodó el balón, pues, y comienza dando la razón al villamelón autor de estas líneas, con un milagroso 1-1 del Tri con sabor a derrota.

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1 thought on “Por genética, incompatibles con el futbol

  1. Yo pienso que el Mundial es un plan malévolo de los gobiernos para secuestrar el poco cerebro que les queda a los ciudadanos de sus países. Creo que podrían cometerse los crímenes más atroces: golpes de Estado, nuevos holocaustos, devaluaciones, etc. y la gente le seguiría rezando a San Wichito y pintándose la cara de rayas. Grrrrr.

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