Richard Speck: nacido para levantar el infierno

POR Opera Mundi

A mediados de 1966, un marinero desempleado llegó a Chicago. Asiduo visitante de billares y hoteles baratos, el hombre decidió olvidar sus problemas por un rato y se inyectó “algo fuerte”. Al recobrar la conciencia se enteró que había asesinado a ocho enfermeras
Desde los 15 años, Richard Speck era un bebedor habitual. El alcohol resultaba un alivio pasajero para sus jaquecas, aunque también se convertía en el catalizador de una conducta violenta. El 14 de julio de 1966, Speck se dio un pinchazo de droga en el brazo, el cual, combinado con píldoras barbitúricas y alcohol, convirtió al marinero tímido y desempleado en el protagonista estelar del llamado “crimen del siglo” de Chicago.
El magnicidio del presidente John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, en la Plaza Dealey, de Dallas, Texas, fue un extraño detonante de la criminalidad en Estados Unidos. Los historiadores han marcado esa fecha como el fin de la inocencia de una nación que se creía triunfadora al grado de conquistar la Luna. En julio de 1966, tres años después del complot contra Kennedy, Chicago vivió una ola de violencia que se reflejó en sus estadísticas: tan sólo en ese mes se alcanzó la cifra hasta entonces récord de 72 personas asesinadas. De ese porcentaje, ocho murieron la noche del 14 de julio en manos de un hombre delgado, de ojos azules, pómulos salientes y cicatrices de viruela en el rostro, y que ostentaba un tatuaje en el antebrazo izquierdo con la leyenda: “Nacido para levantar el infierno.”
Sin un centavo en los bolsillos
Richard Speck había nacido en Texas, pero después de su divorcio vagó de un lugar a otro hasta llegar a Chicago, donde llegó a vivir con su hermana Martha Thornton. Diariamente salía temprano de casa, prometiendo que buscaría trabajo. Y es cierto, siempre andaba a la busca de empleo en las oficinas de contratación del sindicato de marineros de la entidad. También es cierto que después de confirmar que no había nada para él se refugiaba en los bares de mala muerte, donde era fácil ganar unos dólares en el billar y conseguir alcohol y barbitúricos.
El 13 de julio de 1966 aparentemente la suerte de Speck pareció dar un giro positivo, pues se enteró de que había una vacante en un carguero mineral que partiría hacia Indiana. Aunque el marinero deseaba ir a Nueva Orleans no estaba dispuesto a dejar pasar la oportunidad, por lo que se dirigió apresuradamente hacia el muelle. Pero fue en vano, el puesto ya lo había ganado otro tipo. Sin un solo centavo en el bolsillo, encargó sus maletas en una gasolinera y pasó la noche en una construcción abandonada.
Sin embargo, todo parecía indicar que las cosas cambiarían para Richard Speck, sobre todo porque al día siguiente obtuvo un puesto en un buque transoceánico que soltaría marras 14 días después. Dos semanas, como sea, transcurren rápido. Consiguió un poco de dinero para irla pasando y para “invertirlo” en sus partidas de billar, juego que siempre le daba un poco de morralla para sobrevivir. Durante su celebración, Speck había bebido más alcohol de lo habitual y tragado tantas píldoras como le fue posible.

Aproximadamente a la hora de la comida trabó amistad con tres hombres que aparentemente eran marineros como Speck. Éstos le invitaron a que se despachara con “algo más fuerte”. Los tres se arremangaron las camisas para compartir agujas hipodérmicas, droga y paraíso.

El mundo cambió ante los ojos de Speck… y la historia de la criminalidad de Chicago también.
Debajo de la cama
A las 23 horas, Corazón Amurao –una de las nueve enfermeras que compartían un departamento de la Calle 100, 2319 East, en el barrio de Jeffery Manor— escuchó que alguien tocaba suavemente la puerta. Abrió, creyendo que se trataba de alguna de sus compañeras. No era una enfermera, era el mal personificado en un hombre que se tambaleaba y que en la mano llevaba una pistola. Tan rápido como pudo, el intruso reunió a las seis enfermeras que estaban en el apartamento en uno de los dormitorios.
Una por una fue amordazada y despojada de su dinero. Más tarde llegó el resto de las inquilinas. El hombre parecía no saber qué hacer con las enfermeras, estaba en cuclillas frente a ellas y jugaba en el suelo con el cañón de la pistola. De repente, se levantó, tomó a una de las chicas y se dirigió a otro dormitorio. La acción se repetiría durante algunas horas. Nunca hubo gritos, tampoco disparos, sólo suspiros profundos, algunos ruidos no identificados del todo, agua de la llave y, después, un silencio ensordecedor. En medio del terror, Corazón Amurao se refugió bajo una cama, un ardid que en circunstancias normales tal vez no habría servido de mucho, pero que, dadas las condiciones del asesino, resultó su salvación.
Cerca de las 6 de la mañana, Amurao decidió salir de su escondite improvisado y desde una cornisa gritó, pidiendo ayuda. El primer agente que llegó al lugar fue Daniel Kelly, quien se enfrentó a una verdadera carnicería en la que ocho mujeres fueron estranguladas y apuñaladas. Sólo una de ellas fue víctima de violación antes de compartir el destino de sus compañeras. El sadismo de los crímenes hizo que Andrew Toman, juez de instrucción forense, declarara: “Nunca vi nada igual. Es el crimen del siglo. Es el peor crimen que he visto jamás.” Andrew Toman sabía de qué hablaba, pues la famosa masacre del Día de San Valentín de 1929, un ajuste de cuentas entre las pandillas de Al Capone y Bugs Moran, cobró seis víctimas, dos menos que la perpetrada en el departamento de las enfermeras.
Tras los informes proporcionados por Corazón Amurao era cuestión de horas localizar al asesino. Teniendo como base el retrato robot, los trabajadores de una gasolinera reportaron que un hombre con las características del dibujo les había encargado unas maletas.
Al despertar, el 15 de julio, Richard Speck no recordaba lo que había hecho la noche anterior, ni siquiera cuando vio que tenía una mano manchada de sangre. Incluso se dio el lujo de ir a jugar billar y ligarse a una prostituta. No fue sino hasta que empezó a escuchar por radio la información y características del sospechoso –que hablaba de sus tatuajes en los brazos y marcas en el rostro— que entró en un estado de acorralamiento, al grado de intentar suicidarse, cortándose las venas, en el interior del hotelucho Starr. No obstante, la hemorragia sólo sirvió para que el médico de guardia del hospital de Cook County apreciara un tatuaje que decía “Nacido para levantar el infierno”. El doctor Leroy Smith preguntó el nombre a su paciente. Este, con voz apenas audible, respondió: “Richard… Richard Speck.” Una nueva piedra se había añadido al largo camino hacia la silla eléctrica.
Después de un año de audiencias, el 6 de junio de 1967, Richard Speck fue condenado a la pena de muerte. Sin embargo, la moratoria para todas las ejecuciones aprobada por el Tribunal Supremo de Estados Unidos, que duró de 1966 a 1976, salvó a Speck de su cita con el verdugo. El 22 de noviembre de 1972, Richard Speck fue otra vez condenado, esta vez a mil 200 años de prisión, la condena más larga que hasta entonces se había dictado en la Unión Americana. A pesar de esto, Speck fue incluido entre los presos con derecho a salir en libertad bajo palabra en 1976, posibilidad que no atrajo la atención del convicto. En 1987 cambió de parecer, sólo que hubo una gran resistencia por parte de los familiares de las víctimas, que prefirió continuar en la prisión de Stateville. Tras estos amagues, Richard Speck se sumió en un silencio profundo, del cual saldría después de muerto.
Tetas y drogas
En mayo de 1996, cinco años después de su muerte, Richard Speck volvió a la vida a través de un video porno filmado secretamente en la prisión de Statesville, Chicago. La cinta, que se cree fue rodada en 1988, muestra a Speck inhalando cocaína, vistiendo pantaletas de mujer y practicando relaciones con su “perra”, término con el que se conoce en algunas prisiones de Estados Unidos a los reos varones que cumplen el papel femenino en las prácticas sexuales intercarcelarias. En uno de los escasos diálogos de la película se escucha decir a Speck: “Si supieran todo lo que me he divertido aquí adentro, ya me habrían soltado.”
Pero hay algo todavía más sorprendente en el filme: al parecer Speck se aplicó hormonas femeninas, a juzgar por los enormes senos que orgullosamente luce ante la cámara. Hasta el momento se desconoce con qué equipo se fabricó el material porno y cuáles fueron las facilidades otorgadas para el rodaje del mismo.
Además de Speck, otros dos reos figuran en el elenco. Los convictos no se muestran preocupados por aparecer en la pantalla. En una somera charla, mientras continúan aspirando la droga, Speck se refiere sarcásticamente a las ocho enfermeras que asesinó –sólo “porque aquella no fue su noche”— en el “verano del miedo” de 1966. Del mismo modo reconoce haber gozado de mucho sexo dentro de la prisión, tantas veces que incluso olvidó la cifra.
Speck murió en 1991de un ataque cardiaco a los 50 años. La mayor parte de los familiares de las víctimas falleció poco después del violento ataque del homicida. Por su parte, los familiares sobrevivientes hicieron público su descontento por las condiciones tan relajadas en las que vivía Speck dentro de la cárcel, según lo hacía constar el video porno. Pese a todo, la prisión de máxima seguridad de Statesville está considerada como una de las más duras de Estados Unidos. Irónicamente, sus instalaciones fueron utilizadas para filmar el sangriento motín que aparece en la película Asesinos por naturaleza de Oliver Stone.