Saramago ya arde en el infierno

Por Alfredo C. Villeda
umplidos los 86 años, José Saramago decía que verdaderamente se sentía vivo, vivísimo, cuando, por una razón u otra, tenía que hablar de la muerte, Solía recordar a su abuelo Jerónimo, quien en sus últimas horas, fue a despedirse de los árboles que había plantado, abrazándolos y llorando, porque sabía que no volvería a verlos, “La lección es buena. Me abrazo a las palabras que he escrito. Les deseo larga vida y recomienzo la escritura en el punto en que la había dejado”, Ayer, sin embargo, doce meses después, ya no despertó, Hay colegas que se ufanan de haberlo entrevistado, otros de un saludo, algunas más, como el fusilero, del autógrafo o la fotografía, de escucharlo en vivo, pero, sobre todo, de leerlo, Él dudaba que esas charlas con periodistas hubieran valido la pena, porque estaba cansado de oírse, y aducía: “Lo que para otros puede ser novedad, para mí se ha convertido, con el paso del tiempo, en comida recalentada”, Porque si sobre un tema tenía certezas este gran narrador portugués, instalado por voluntad propia en Lanzarote, era de lo que le esperaba cuando llegara su fin, ocurrido un aciago día de finales de junio de 2010: “de esos delicados asuntos (la religión) ya nos ocupamos abundantemente en el pasado, con recriminable ligereza según la opinión de algunos peritos, y en términos que muy probablemente sólo nos perjudicarán en las alegaciones del juicio final, cuando, ya sea por exceso, ya sea por defecto, todas las almas serán condenadas”, Aunque asoma en esa confesión, dibujada en el arranque de Caín, su novela postrera, un convencimiento casi de fatalidad, lo animaba otra certeza delineada en la misma obra: “Siempre he oído decir a los antiguos que las mañas del diablo nada pueden contra la voluntad de dios, pero ahora dudo de que las cosas sean tan simples, lo más seguro es que satán no sea nada más que un instrumento del señor, el encargado de llevar a cabo los trabajos sucios que dios no puede firmar con su nombre”, En su defensa de los ateos, el novelista consideraba “infantil y ridícula” la idea de creer que nuestro dios es el mejor de entre los demás dioses que andan por ahí y de que el paraíso que nos espera es un hotel de cinco estrellas, Si como dice la tradición, con Saramago se premió a la literatura portuguesa, desde Eça de Queiroz hasta Lobo Antunes, valga recuperar los ecos del gran monstruo de esa lengua, Fernando Pessoa, a quien Samarago dedica su novela El año de la muerte de Ricardo Reis, Menos duro con la Iglesia que Saramago no era el poeta, que con su heterónimo Alberto Caeiro escribió: “En un mediodía de fin de primavera/tuve un sueño como una fotografía./Vi a Jesucristo bajar a la Tierra./Vino por la cuesta de un monte/hecho otra vez niño (…)/Me habla muy mal de Dios/dice que él es un viejo estúpido y enfermo,/siempre escupiendo al suelo/y diciendo indecencias./La Virgen María pasa las tardes haciendo calceta./Y el Espíritu Santo se rasca con el pico/y se monta en las sillas y las ensucia./Todo en el cielo es estúpido como la Iglesia católica./Me dice que Dios no entiende nada/de las cosas que creó/–‘si es que él las creó/cosa que dudo’– (…)/Y después, cansado de hablar mal de Dios,/el Niño Jesús se duerme en mis brazos/y yo lo llevo en el regazo a casa”, Había, pues, como es notorio, literatura de donde abrevar para que Saramago engendrara sus lecturas personales del Nuevo Testamento, El Evangelio según Jesucristo, y del Viejo, Caín, abundantes en elegantes sarcasmos y filosas sentencias, Quizá Pessoa, ataviado con alguno de sus heterónimos, ande a salto de mata entre demonios, pero José, ay, José, a estas horas ya debe arder en el infierno, llevado de la mano del gran Virgilio, quien de seguro perdonará al fusilero, como el improbable lector, el humildísimo homenaje de puntuación para el difunto en llamas.
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