Alejandría: la reina del Mediterráneo

Por Redacción
Durante casi dos milenios Alejandría gobernó como “la reina del Mediterráneo”. Su faro continúa alumbrando la imaginería del presente, inspirando la vanidad exploradora de los hombres, prueba irrefutable de que la memoria puede perdurar más allá de la historia
Hubo una época en que la excitación de navegar a Alejandría, en Egipto, se confirmaba 50 kilómetros antes de llegar a esa ciudad, cuando los marineros veían el primer destello de las lámparas del faro –de tres pisos–, una de las siete maravillas del mundo.
En tiempos de Roma, el faro fue un distintivo de la antigüedad, como lo fue la torre Eiffel para el fin-de-siècle de París. Seis estatuas de los emperadores tolomeicos se ubicaban a un costado del edificio. El puerto del este era entonces el más concurrido del Mediterráneo. Una muralla hacía las veces de embarcadero, con palacios y estatuas que surgían del agua, “templos pomposos de techos altos”, como lo describió un soldado romano del siglo IV: Ammianus Mercellinus.
Durante casi dos milenios tras su fundación en 331 aC., Alejandría gobernó como “la reina del Mediterráneo”. En la cúspide de su poder, los viajeros de oriente y occidente llegaban a ella, creando una industria turística completa con hoteles, guías políglotas, restauranteros y vendedores de recuerdos. Especialmente en el tiempo de la Pax romana que siguió tras la derrota de Antonio y Cleopatra en el 31 aC. un flujo de ciudadanos ricos contempló como parte de su educación radicar temporalmente en aquella encrucijada de Europa, África e India, que entre otras cosas funcionaba lo mismo como una agencia distribuidora de teorías astronómicas y principios filosóficos, que de especias, vidrio, papiros y esclavos de Nubia. Los visitantes caminaban con los ojos bien abiertos por la Vía Canópica, por la que circulaban carruajes, vagabundos y vendedores.
Pero también había pasatiempos menos –o más, según se quiera ver– edificantes, como los hospicios, que no eran sino casas que hacían las veces de burdeles. Muchos de éstos incluían tabernas, donde los romanos construyeron villas para disfrutar la brisa marina. De las noches alejandrinas, un cronista de la época escribió: “La vida en el puerto es una revelación continua… de bailarinas, silbidos y asesinatos”.
Misticismo de oriente
Desde aquellos días, pocas ciudades han alcanzado la categoría de mitos e inspirado tantas tropelías en la imaginación como las estimuladas en mentes brillantes de personalidades prominentes de la importancia de Flaubert, Gide y Rimbaud, cuyas fosas nasales de este último aspiraron el alucinante y adormilado misticismo de oriente.
Durante la Primera Guerra Mundial, E.M. Forster escribió una guía de lugares. Sin embargo, el más famoso de los intelectuales del siglo 20 enamorado de aquel prodigio de Egipto fue el escritor Lawrence Durrell, quien con el telón de fondo de la Segunda Guerra Mundial vivió en el mítico lugar, escribiendo su Cuarteto de Alejandría, una obra hermosa que provocó un nuevo oleaje de turistas –sobre todo estadounidenses– en busca de un lugar “seductor y divino, con cinco razas, cinco lenguas, cinco flotas turnándose sus grises reflejos detrás del bar del puerto”.
Sólo que en vez de luz y conocimiento, los nuevos visitantes hallaron una provincia cuyo cosmopolitismo estaba muy lejos de sus mejores días a causa de la revolución egipcia de 1952. Pero lo cierto es que Alejandría, desde mucho antes de que Durrell describiera sus paisajes desérticos, había perdido gran parte de su candor. En las postrimerías del siglo 19, los primeros arqueólogos, atraídos por los relatos de los antiguos viajeros griegos y romanos, quedaron sorprendidos por lo poco que había sobrevivido de aquella ciudad esplendorosa que Alejandro el Grande creó en su propio honor.
Para entonces ya no existían siquiera rastros del poderoso faro ni del mausoleo de Alejandro, donde el conquistador fue embalsamado en miel y encapsulado en vidrio, ni de la gran biblioteca en la que Euclides y Arquímedes estudiaron; sólo quedaba un par de obeliscos donde el majestuoso templo cesáreo alguna vez estuvo erguido. Pero de la legendaria ciudad marmórea de palacios reales que pisaron las sandalias de Cleopatra, Julio César y Marco Antonio… nada. Así se construyó la maldición de la antigua Alejandría, un lugar que actualmente es más vívido en la mente de los hombres que en sus reliquias recobradas.
Emerge del silencio
“Olviden esa ciudad”, exclamó un arqueólogo inglés en los años noventa del siglo 19. Aparte de algunas excavaciones esporádicas, la arqueología decidió hacerse a un lado y dejar el mito en manos de aficionados medio locos. Por ejemplo, la búsqueda de la tumba de Alejandro se convirtió en un fetiche en los años setenta del siglo pasado, encabezada por esotéricos y excéntricos estadounidenses. Un mesero de un café alejandrino se volvió una celebridad menor por su persistencia, pues realizó cerca de 322 excavaciones furtivas hasta que la policía lo aprehendió al momento que cavaba en el patio de una iglesia.
Pese a todos esos sueños febriles y búsquedas infructuosas, Alejandría continuó rodeada de su aura exótica, manteniéndose viva en las nebulosas noches del tiempo. Fue entonces que en 1994 un joven cineasta egipcio llamado Asma el-Bakri filmó unos jeroglíficos cercanos al fuerte Qait Bey, actividad que pronto fue prohibida por los militares. Con la información lograda por el-Bakri, para finales de 1995 un arqueólogo marino francés, con un equipo de alta tecnología, sacó a flote las ruinas del legendario faro, junto con cientos de columnas de mármol y fragmentos de estatuas gigantescas hechas de granito rosa. La imagen más famosa de la expedición muestra a un hombre rana cara a cara con una esfinge intacta que yace en la arena del mar. Alejandría salía nuevamente de su silencio.
En 1996 otra expedición francesa halló, cerca de la isla de Antirhodos, un palacio tolomeico que sirvió para un documental de Discovery Channel que se tituló El palacio de Cleopatra. ¿Qué motivó ese pomposo título? Muy simple: una esfinge con la cabeza del padre de Cleopatra, una estatua de Isis y un santuario llamado Timonium, en el que presuntamente Marco Antonio descansaba su espada.
Después de todo, Alejandría sigue alumbrando la imaginación de la humanidad. La mayoría de los sitios antiguos, desde las ruinas de Pompeya, inspiran la vanidad exploradora de los hombres. En esa ciudad venerable de Egipto cada nuevo descubrimiento es como una vindicación, la prueba de que la memoria puede perdurar más allá de la historia. Hoy, los fantasmas de griegos y romanos han sido liberados de sus húmedas tumbas, ayudando a que Alejandría emerja en busca de una nueva e impredecible vida, pues hay algunos centros de la civilización universal que se reinventan a sí mismos.
Por supuesto, burócratas y restauranteros profetizan la llegada de una edad de oro alejandrina. Los emblemas se mantienes impolutos aunque su presencia física se ha perdido y desvanecido. La tumba de Alejandro continuará siendo el señuelo perfecto para organizar las expediciones más demenciales tasadas en dólares. Lo mismo sucederá con la Casa de las Musas y con la Gran Biblioteca que albergó más de 500 mil papiros antes de ser consumida por el fuego o devastada por los cristianos.
Nadie sabe a ciencia cierta qué sucedió, porque en Alejandría todo es misterio. Afortunadamente, la modernidad ofrece soluciones para no extrañar la antigüedad y recientemente, bajo los auspicios de la Unesco, comenzó la construcción de una nueva Biblioteca de Alejandría, cuyos textos ya no serán de papiro sino digitales. Así, quizá dentro de mil años alguna expedición se aventure a indagar dónde yacen los archivos virtuales de la ciudad más seductora que haya creado la civilización humana.