Arthur Koestler: la vida con el acelerador a fondo

POR Geoffrey Wheatcroft
 El 1 de marzo de 1983, Arthur Koestler y su esposa compartieron un coctel de barbitúricos, con lo que acabó la vida de un pensador notable y la de un hombre que siempre tendió a los excesos, lo mismo en el pensamiento, que en sus vaivenes ideológicos y su peculiar forma de gozar el sexo
Debido a varios casos conmovedores, así como por algunas polémicas enconadas, los temas del suicidio asistido y la eutanasia han vuelto recientemente a las noticias. Hay argumentos obvios de ambos lados, pero aquellos que están a favor de los martinis terminales de Martin Amis para los ancianos, quizá no habrían estado de acuerdo con lo que sucedió el 1 de marzo de 1983. En su apartamento de Kensington, Londres, Arthur Koestler y su esposa, Cynthia, compartieron su propio coctel mortal de barbitúricos tuinal y alcohol.
Él tenía 77 años y sufría de la enfermedad de Parkinson y de leucemia; ella era 20 años menor que él y gozaba de perfecta salud. La razón de Koestler por terminar con su vida habla por sí misma, aunque el testimonio de Cynthia también es claro. “Temo tanto la muerte como el acto de morir que pende sobre nosotros”, escribió en una de las postdata de su nota de suicidio, pero “no puedo vivir sin Arthur”. El doble suicidio “nunca me ha intimidado”, y “no hay nada más qué hacer”. Si él la había convencido o no de unírsele en la muerte, lo cierto es que en ningún momento intentó disuadirla. El anterior fue uno de los colofones más sombríos de una de las vidas más dramáticas del siglo 20.
Hombre de conversiones
Nacido en 1905 en el seno de una próspera familia judía de Budapest, Koestler fue un niño más de la monarquía de los Habsburgo en su última fase. Cuando el imperio colapsó al final de la Primera Guerra Mundial y Hungría fue sacudido primero por un golpe comunista y luego por un contragolpe de la derecha, los Koestler huyeron a Viena, donde Arthur estudió ingeniería y física, para después incursionar el periodismo y el activismo político.
Muchos judíos de su generación fueron atraídos por el sionismo y otros por el comunismo. Koestler viró rápidamente entre ambos, y en sus formas más intransigentes de ambos. Visitó Palestina en 1926, pero la vida en el kibutz no lo satisfizo. El movimiento sionista apenas había sido lanzado por el brillante y carismático Vladimir Jabot-insky, cuyo revisionismo militar y ultranacionalista desafió al Sionismo Laboral. Jabo era simplemente “el héroe que Arthur había estado esperando”, escribe Michael Scammell en la biografía Koestler: the Indispensable Intellectual.
De Palestina volvió a Europa y Rusia, donde fue sometido a otra conversión, esta vez en un agente del Comintern; Koestler fue enviado a París para ayudar al infatigable agitador y propagandista Willi Münzenberg. Con su vida desarrollándose en una especie de novela histórica, donde el héroe se deja llevar a donde los vientos lo guíen, Koestler llegó a España, cuando esta nación se debatía en la Guerra Civil. Atrapado y encarcelado por las fuerzas de Franco, escuchaba el ruido nocturno de los pelotones de fusilamiento, un destino que esperaba de forma inminente. Gracias a la intervención de Londres fue liberado y llegó a Inglaterra para escribir su poderoso Spanish Testament.
En 1938, horrorizado por los procesos de Moscú, Koestler rompió con los comunistas y comenzó a escribir Darkness at Noon, su libro más conocido, que penetró en la mente bolchevique con una visión sin paralelo. Se las arregló para internarse en Francia cuando estalló la guerra, pero fue liberado nuevamente y se dirigió a Inglaterra, donde estuvo un breve periodo en el ejército. En el último año de la guerra, una vez más fue a Palestina, convencido de que podía cerrar la brecha entre sionistas y revisionistas.
Crisol de causas
Después de la guerra, Koestler enarboló el anticomunismo en el Congreso por la Libertad Cultural. Más tarde alegó que no sabía que el encuentro había sido financiado por la CIA, lo que pudo ser cierto en su caso. Como bien dice Scammell, la CIA, cuya tendencia política en ese entonces apuntalaba libremente el anticomunismo liberal, fue cautelosa con el fanatismo de Koestler. Después vino otra causa, una admirable: la campaña contra la pena capital, que atacó con pasión a causa de sus experiencias en España.
Para entonces ya era rico y famoso. Darkness at Noon fue un éxito de ventas en Francia después de la guerra, gracias a la furiosa intelectualidad literaria estalinista que permeaba esa nación. Como ejemplo de lo anterior sólo hay que consultar la hilarante descripción de una noche de juerga argumentativa que Koestler compartió en París con Jean Paul Sartre, Albert Camus y Simone de Beauvoir.
Después de escribir dos excelentes volúmenes autobiográficos, voluble como siempre, Koestler abrazó nuevos entusiasmos, la escritura excéntrica, un año tratando de demostrar que la mayoría de los judíos eran descendientes de los jázaros medievales, su afición a sumergirse en la biología y en lo paranormal, de una manera que se burlaba de los científicos serios. Así, hasta que llegó el capítulo más sombrío su vida.
El extremista
A pesar de que su biografía oficial ha estado durante mucho tiempo en gestación, quizá valga la pena la espera, aunque siempre existe la posibilidad de equivocarse con Koestler. En términos de drama humano, su carácter y su historia serían inverosímiles en una novela. Una forma de decirlo es que Koestler era un extremista. Todo en él era exagerado y aumentado. Su personalidad era extrema, al igual que sus opiniones y su conducta, su capacidad para el alcohol y su apetito sexual. Pudo ser afortunado de vivir tanto tiempo como él lo hizo. Fumador empedernido y feroz bebedor y, tuvo una serie de espeluznantes accidentes por manejar ebrio. Su vida sexual pudo no haber sido tan perjudicial para su salud, pero fue igual de imprudente. Casado tres veces, persiguió a las mujeres sin tregua.
En 1998, David Cesarani publicó lo que Scammell describe como “una obstinada e insuficiente y sesgada investigación, disfrazándola como un estudio de la judeidad de Koestler”. Ese libro abundó en gran medida, y en una moda tipo ministerio público, en el gusto de Koestler por la violencia sexual. En ese momento, Cesarani fue reprendido por su censura mojigata, y ciertamente se le pasó la mano. No obstante lo mucho que se lamentaba por el gusto de Koestler por las mujeres, es bastante claro que, por ejemplo, cuando Koestler y De Beauvoir pasaron, sin éxito, una noche juntos, los dos estaban demasiado borrachos para saber lo que estaban haciendo.
Sin embargo, como suele suceder, la biografía más objetiva e imparcial es la más perjudicial. Uno puede admirar a Koestler como escritor, pero es difícil que a uno le agrade como hombre después de leer el libro de Scammell. Ni siquiera el más despreocupado bohemio querría defender a un individuo que cortejó a su segunda mujer con las palabras: “Sin un elemento inicial de violación, no hay alegría”. No me sorprendió escuchar, por medio de testimonios de varias mujeres, que en realidad no era un amante tan al rojo vivo. Con “violación inicial” o no, la satisfacción absoluta de conseguir una chica en la cama era suficiente para él.
En las biografías de escritores y artistas, la perspectiva es siempre distorsionada. Lo que los hace grandes no son lo que fueron sino lo que hicieron –el trabajo, no la vida. Para estar seguros, en el caso de Koestler, es imposible hacer esa distinción: su vida era su trabajo y viceversa. Y así, independientemente de lo que uno piense de él, una biografía está destinada a ser un hilo comunicante. De cualquier forma son sus libros por los que debe ser recordado. La mejor recomendación que puedo dar de este libro es que Scammell me estimuló a releer Spanish Testament, Scum of the Earth, The Yogi and the Commissar, Arrow In the Blue y The Invisible Writing, así como el implacable libro pequeño: Reflections on Hanging. Son sin duda un legado mejor de Koestler que la forma en que vivió o murió.
Michael Scammell. Koestler: The Indispensable Intellectual. Faber & Faber.
Tomado de: The New Statesman. Febrero 18, 2010.
Traducción de: José Luis Durán King.