Asimov, Prometeo y el mundo nuevo

POR Iván Ríos Gascón

Con una existencia programada con un código informativo, el robot fue uno de los personajes centrales en la obra de Isaac Asimov, un autor cuya obra abarcó una temática que corre desde la ciencia ficción hasta la historia
Un robot es un personaje atormentado. Su ambigüedad radica en las obsesiones y penurias del moderno Prometeo, ya que, como el Frankenstein de Mary Shelley, en su conciencia palpita la desesperación por integrarse a un mundo que no le pertenece. El robot, como la criatura resurrecta que reclamaba al ególatra científico un poco de cariño, un poco de simpatía y, sobre todo, una compañera (recordemos que en la novela de Shelley, la figura del monstruo adopta el metafórico carácter de un hijo desdeñado y un ser cuya deformidad le acarrea la repulsa y la persecución de los aldeanos, mientras que Víctor Frankenstein, el vanidoso sabio que juega a usurpar el papel de Dios, representa al padre putativo de ese horroroso ensamble de articulaciones, tripas y pellejos), tarde o temprano deberá asumir el dilema de la orfandad genealógica y espiritual y, en consecuencia, el exterminio, porque el robot nunca será humano (aunque lo parezca), no experimentará sentimientos o emociones (aunque intente recrearlas) y tampoco tendrá derecho a la esperanza, pues su vida o, mejor dicho, su existencia, está programada con la severa exactitud de un código informático. En suma, el drama del robot radica en que si el hombre sabe que va a morir pero desconoce el día, la hora y el modo en que lo hará, el robot arrastra su condena desde el origen. Sin embargo, la paradoja de este cruel y patético destino, radica en la responsabilidad de sus creadores: al diseñar y construir un androide, los científicos pueden olvidar que, a pesar de todo, la vida tiene cierto encanto, y el robot corre el riesgo de acostumbrarse a ella.
Esta idea es el eje fundamental en la obra de Isaac Asimov, el narrador, el químico, el historiador y el teórico científico que nació en Petrovichi, Rusia, y creció en un gueto de Brooklyn, ese espacio tan lejos y tan cerca de Nueva York, que le inspiró ciertos relatos de aventuras, protagonizadas por robots de todas las especies: buenos y malos, valientes y cobardes, meditabundos u obcecados, frágiles o fuertes, pasivos y rebeldes, porque para Asimov, como para Mary Shelley, la imperfección de los androides radica en que sus defectos son directamente proporcionales a las debilidades y obsesiones de sus inventores. Mas la cosa no queda ahí, porque en la obra de Asimov también palpita el mito (o complejo) de Gepetto, el carpintero que por falta de hijos fabrica un niño de madera al que bautiza como Pinocho, ya que en libros como Yo, robot, Robots e imperio, Sueños de robot, El hombre bicentenario o Visiones de robot, el hombre verdadero terminará sintiéndose acorralado por la insubordinación expansionista de esos armatostes que, hipotéticamente, fueron construidos para defender a la raza humana, una categoría que corre el riesgo de extinguirse una vez que lo humano se diluya en lo robótico desde las apariencias: si Gepetto quiere a Pinocho como si fuera un niño de carne y hueso, pero después sufre por la pérdida del muñeco que intenta a toda costa independizarse del creador, los hombres y mujeres de Asimov expían sus culpas a través de la emancipación de los androides, como sucede en su trilogía de Fundación, Fundación e imperio y Segunda fundación, la serie que culminaría con Los límites de la Fundación y Fundación y tierra, cuyo núcleo central gravita en la compleja convivencia entre la sociedad humana y la sociedad cibernética, dos repúblicas que no luchan por la hegemonía territorial sino, contradictoria y tristemente, por el dominio ontológico de las especies.
Amigo entrañable del escritor de culto Kurt Vonnegut, autor de pulps en sus inicios y cabal hombre de letras, Isaac Asimov no sólo fue autor de textos de ciencia ficción, ya que también publicó un ingente repertorio de libros sobre historia y divulgación científica, como la colección Historia Universal Asimov, donde exploró los derroteros de la cultura oriental, egipcia, griega y romana, o analizó ciertos periodos emblemáticos como la Edad Media y la génesis político cultural de Francia, Inglaterra y Estados Unidos, así como las dos guerras principales que forjaron a la Unión Americana (la Guerra Civil y la Primera Guerra Mundial), y obras fantásticas como Azazel, y relatos de misterio como Viudos negros, El negociante de muerte y Asesinato en la convención, aunque estas obras no influyeron demasiado en sus múltiples condecoraciones, ya que Asimov fue ganador asiduo del Premio Hugo en 1963, 1966, 1973, 1977, 1983, 1992 y 1995, básicamente por su obra de ciencia ficción.
Como intelectual, como científico y como literato, Asimov expuso en todos sus trabajos, sus filias y sus fobias con respecto al rumbo político y sociocultural del planeta. Progresista y simpatizante del Partido Demócrata de los Estados Unidos, fue un crítico mordaz del deterioro ambiental, aunque mantuvo una posición ambigua acerca de la aplicación de la energía nuclear, lo que enturbió su prestigio ante la opinión pública y la izquierda, quienes le reclamaron una escandalosa falta de claridad en sus principios. No obstante, en Nuestra tierra hambrienta, su último libro escrito junto con Frederik Pohl, Asimov profetizó el daño irreparable de la destrucción de la capa de ozono y el calentamiento global, que hoy en día se ha vuelto una oscura amenaza para el mundo.
Humanista y racionalista, académico y humorista (sus limericks o poemas satíricos fusionaban la coincidencia entre lo trágico y lo trivial), e incansable biógrafo de sí mismo, Asimov abandonó la tierra el 6 de abril de 1992, víctima de un fallo coronario y renal acarreado por el sida, virus que contrajo por una transfusión de sangre cuando, en 1983, se sometió a una operación de bypass. Y tal vez, al cerrar los ojos, aquel hombre al que le daba miedo volar, abandonó su cuerpo en hombros de una corte de robots que emprendieron un viaje aéreo hacia el planeta Gaia (la sede emblemática de Los límites de Fundación), ese mundo nuevo donde plantas, minerales y animales se fusionan en una oceánica conciencia del bien común para, desde ahí, contemplar la insensatez y el frágil carácter de los hombres, una especie que ya no importa a los robots porque, al fin y al cabo, el padre ha vuelto.