El adiós

POR Óscar Garduño Nájera

Durante algunas noches lo intenté: segundos antes de cerrar los ojos para sumergirme en una pantanosa oscuridad decía adiós a alguna mujer previamente seleccionada de mi escaso catálogo imaginario. Adiós a lo que ella había venido a significar en un determinado momento de mi vida. No obstante, al amanecer, empujado por la primera luz de la mañana, descubría, no sin cierto asombro, que la mujer insistía en permanecer en mi memoria, como si se sostuviera sobre esos periodos oníricos, propios de los románticos, para hacer más sólida su presencia, incluso multiplicándose en muchas de las mujeres que aparecían en mis sueños ―todos ellos eróticos, por supuesto―. De tal suerte que, con el paso de los días, ya presa ya de crisis insomnes, llegué a la conclusión de que con una mujer el adiós siempre será más complicado de lo que parece.
Dice José María Álvarez en Al sur de Macao que una mujer siempre termina por decirnos adiós, incluso cuando siga a nuestro lado, lo cual en sí ya garantiza cierto tedio irrefrenable propio de esa relación sagrada que es el matrimonio. Una parte habrá de quedar allá, tras bambalinas de un tiempo que es todo, menos eterno. Ya para entonces, cuando el relámpago de la memoria llegue a iluminar esos breves instantes, acaso nos llegaremos a sentir traspasados por una melancólica sensación de vacío, asimilando, junto a Heráclito, que todo tiempo es parte de nosotros y que éste se mete por nuestros huesos para advertirnos que hasta las dichas inigualables habrán de llegar a su fin.
Existen varias maneras de decir adiós. Hay quienes optan por la playa blancuzca de hojas de papel, por la caligrafía de molde para que el adiós sea entendible y por estirar el brazo, decir “toma” (conviene aquí inclinar la mirada) y echarse a correr hasta que las fuerzas se terminen, dejando así que las palabras mal garabateadas digan lo que se tragan, porque quien dice adiós habría muerto de nervios si las dice de frente y porque previo a cualquier adiós siempre existen algunos minutos, los mismos que quedan en el aire antes de ser condenados a la horca.
También hay quien apuesta a las distancias, confiando en que el baile de la vida traiga las fuerzas suficientes para olvidar, de tal suerte que ni se pronuncia el adiós ni se da la bienvenida y la apuesta por el silencio es una invocación a que entre los dos no existan más palabras, como los instantes posteriores después de hacer el amor. Ustedes pueden observar detenidamente a su alrededor y ver qué tan cerca se encuentran de un adiós: un cable que se estira de un lado al otro de un abismo sin que necesariamente nos percatemos de ello hasta que se produce la caída, hasta que nos paramos y emprendemos la huida o hacemos frente a esa persona para darle la despedida.
No hay adiós más doloroso que el que sale de los labios de una mujer. Y si bien es cierto que siempre terminan por irse, no nos queda sino sentirnos abandonados cuando piden no volver a encontrarnos más, cuando han decidido que somos un mero estorbo en sus planes, en su vida.
Tampoco duele menos el adiós pronunciado dentro de un cuarto de hotel, cuando ya los dos se han vestido y se encuentran de pie frente al espejo empañado, en ese turbio lugar del cual se sintieron dueños por unas horas; cuando ella toma las manos de él y casi susurrando lo dice, asestando una puñalada en el corazón de aquel hombre; arma infalible de los caprichos femeninos, cuando una mujer dice adiós es como si desenvainara una espada y sin piedad alguna cortara la cabeza de quien se encuentra al frente.
Quizás para ellas es mucho más sencillo, acostumbradas como están a que las palabras de él en raras ocasiones se cumplan: una indecisión que va del adiós al ya vine, “empecemos de nuevo”, con lo cual se demuestra que entre los hombres existe una mayor inseguridad e indeterminación.
Con la llegada del cine y de las telenovelas, mucha de la escenografía del adiós se armó más cerca de las faldas de Marga López que de las torneadas piernas de Meche Barba, con lo que la despedida definitiva, esa que deja tantas consecuencias, vino a resquebrajar familias, a amarrar pleitos, divorcios, cuando no suicidios (carta póstuma de amor incluida), golpes, asesinatos, con lo que se deduce una de las primeras recomendaciones: hay que fijarnos bien a quién decimos adiós. Dejen ya la parte musical: desde canciones rancheras, ¿recuerdan ustedes a Pedro Infante diciendo adiós guitarra en mano?, pasando por los boleros y nuestro inolvidable Agustín Lara, hasta llegar a conciertos para piano, flauta o sinfonías, muchas son las piezas musicales que han estado inspiradas directamente en el adiós de una mujer, lo cual ha venido a situarlas en una posición incómoda, ya que no son pocos los que aún creen que para ellas todo es llanto tras decirles adiós, sin imaginar que en muchas ocasiones la mujer sólo espera que nosotros pronunciemos la palabra mágica para irse con alguien mucho más inteligente.
También es cierto que una vez instalados en el adiós, una vez hechos los preparativos una noche antes, una de las dos partes condiciona el adiós a la súplica y a un desgaste emocional que sólo vendrá a asegurar la consulta con nuestro psicólogo más cercano.
Otro detalle: más allá del hecho de no volver a ver a la persona, lo cual, según Igor Carusso en La separación de los amantes ya asegura una pena semejante al fallecimiento de un ser querido, el adiós nos somete a una dura prueba de resistencia donde cada uno día tendrá ochenta horas y donde bastará escuchar un suspiro ―así sea de un perro hambriento― para activar el mecanismo que nuevamente nos flagelará (hijos de una tradición judeocristiana) mediante pensamientos ociosos que por lo regular conducen a callejones sin salida.
Lo intenté: tras varias noches por fin conseguí decir adiós a la mujer previamente seleccionada de mi catálogo imaginario. Hubo unas cuantas lágrimas y el mundo me pareció un lugar deleznable. Cerré al fin los ojos. En otro punto, bajo circunstancias distintas, quizás moviendo la mano, ella también me dijo adiós.