El llanto del hombre lobo

POR Steve Biodrowski
 Con escenarios elegidos para una película sobre la Guerra Civil española, la empresa Hammer Films decidió aprovechar la cancelación del contrato para ubicar en España la célebre novela de Guy Endore, El hombre lobo de París, dando por resultado la mejor película jamás filmada sobre la licantropía   

El hombre lobo de Lon Chaney Jr. puede ser el licántropo más famoso, pero hay pocas dudas de que la película de 1960 de Producciones Hammer The Curse of the Werewolf/ La maldición del hombre lobo es la mejor del género jamás filmada. Posee todas las virtudes de los clásicos de estudio: hermosos escenarios, música efectiva, fotografía colorida, un guión sólido, actuaciones memorables y una dirección fuerte al momento de representar el horror que provoca un impacto emocional. La cinta se presenta como una pieza deliberada del Teatro de la Crueldad, en la que la mayoría de sus personajes tienen un fin trágico. El resultado en realidad no es atemorizante, aunque es indudablemente efectivo y sumamente depresivo.
Ciñéndose demasiado a la efectiva novela de Guy Endore, El hombre lobo de París, el guión de John Elder (pseudónimo del productor Anthony Hinds) funciona al dar vida al título fílmico La maldición del hombre lobo, al describir una saga trágica que muestra cómo León (Oliver Reed) fue maldecido con la licantropía.
Hace 200 años, un mendigo (Richard Wordsworth) entra en contradicciones con un marqués malvado (Anthony Dawson), por lo que es arrojado a un calabozo, donde pasa los años siguientes degenerando hacia una condición bestial. El pordiosero es atendido por la hija muda del carcelero, quien al crecer también es encerrada en la celda después de rechazar los acosos sexuales del marqués. La mujer es violada por el mendigo, quien muere a causa del esfuerzo. Tras fugarse y asesinar al noble, la mujer más adelante muere cuando da a luz a León durante la Navidad. El niño es adoptado por don Alfredo Corledo (Clifford Evans). Cuando León crece, la comarca comienza a ser aterrorizada por un lobo que destroza a varias ovejas. El sacerdote del lugar explica a don Alfredo que las desafortunadas circunstancias del nacimiento de León han permitido que el espíritu de un lobo tome posesión de su cuerpo; sólo el amor y el afecto podrán contener el mal dentro de él.
León se hace adulto, consciente de su verdadera naturaleza. Sin embargo, cuando es invitado a un burdel por un amigo despierta su lado bestial, dando por resultado varias muertes. El amor puro de su novia es suficiente para detener la transformación de León, pero al ser arrestado por asesinato es separado de ella e inevitablemente se transforma nuevamente en lobo y escapa de la celda. Cuando los aldeanos enojados lo persiguen con antorchas, don Alfredo, a regañadientes, decide tomar la única opción posible: con una bala de plata pone fin a la vida miserable de León.
El factor sexual
Siempre existe la tentación de encontrar interpretaciones freudianas en la mitología del hombre lobo (los cambios corporales bruscos ciertamente sugieren una forma extraña de pubertad y de despertar sexual), pero pocos filmes de licántropos en nostálgico blanco y negro de la Universal Pictures, The Werewolf of London (1935) y The Wolfman (1941) abordan el tema sexual en cualquiera de sus formas. La forma en que la Hammer toma la leyenda de la licantropía corrige esa omisión. El guión de John Elder para La maldición del hombre lobo conserva la estructura básica de El hombre lobo de París, que es casi espeluznante al detallar el sadismo sexual.
Fusionando las convenciones establecidas con la historia de Endore, La maldición del hombre lobo se las arregla para ser el mejor tratamiento cinematográfico de la licantropía, al ubicar el escenario simple de la transformación dentro de una cosmología cristiana más grande. El León de Oliver Reed está destinado a convertirse en un monstruo no a causa de una mordedura sino debido a un defecto de nacimiento, lo que ha permitido que un espíritu depredador, demoniaco, entre en su cuerpo. Este designio canino es más fuerte durante la luna llena, pero lo más importante es que se ve reforzado por las debilidades del alma humana (como la lujuria y la depravación) mientras está recluido por emociones como el amor noble.

El cisma entre el bien y el mal, entre el sexo y el amor, aporta un giro extraño en el procedimiento sexual, lo que convierte a la película en un cuento de hadas para adultos. Especialmente perturbadora es la escena de León niño que describe su despertar en la sed de sangre (que ingenuamente se presenta cuando besa a una ardilla muerta en un intento por devolverle la vida, sólo para ser seducido por el dulce sabor de la sangre) y, más tarde, la escena de una versión para adultos donde la lujuria es un nuevo despertar en el burdel (León devuelve el beso de una prostituta con una mordida en el hombro, excitándose con la sangre, en lo que es una versión más bestial que la de una historia de vampiros). La película es también notable por hacer de “la licantropía=pubertad” una metáfora explícita: León se transforma por vez primera en un hombre lobo durante su infancia, cuando don Alfredo lo encuentra aullando a la luna llena con el pelo que crece en su cuerpo.
La narrativa es impresionante en sus intentos por demostrar la saga de León desde antes de su concepción hasta su muerte, pero no es tan perfecta en términos de estructura dramática como anteriores esfuerzos de la Hammer, por ejemplo, Curse of Frankenstein y Horror of Dracula. La película está hábilmente construida con escenas que se comparten y contrastan entre sí, ofreciendo descripciones visuales que subyacen en la temática de la historia (la secuencia de burdel, que desencadena la transformación de León, es seguida por una escena en la que el joven se despierta con la cabeza castamente recargada en la regazo de su inocente novia, con quien pasó la noche sin haberse transformado).
Esta estructura contribuye a ilustrar el trabajo de las ideas en la película, aunque también reduce su ritmo: León no alcanza la edad adulta sino hasta mitad de la película, su primer ataque a un ser humano se produce cuando han transcurrido 60 minutos, y el maquillaje del hombre lobo sólo es revelado por completo en la última secuencia. Obviamente, el público busca la intervención sin escalas del hombre lobo.
La película mantiene el interés porque Terence Fisher dirige con su usual gusto, utilizando todos los recursos a su disposición (escenografía, guión, interpretaciones) para crear un universo autocontenido, imaginario, en el que la historia tiene un perfecto sentido. En su simple dicotomía bien-mal, La maldición del hombre lobo se exterioriza como un cuento de hadas para adultos, y Fisher aprovecha las oportunidades para retratar los vicios y las virtudes. El director infunde horror casi con un toque de surrealismo, subrayado por el color naranja increíblemente brillante de la sangre, enfatizando así el sufrimiento de las víctimas inocentes. El resultado es rico en implicaciones simbólicas que encienden la imaginación (algunos críticos incluso han observado un paralelismo de Cristo en León, no sólo por nacer el día de Navidad, sino porque es cargado en brazos frente a una pintura de la Virgen y el Niño). Y en la manera típica de Fisher, los adornos llamativos deleitan la vista por su belleza, ofreciendo un efectivo contraste visual con el pecado y la degradación que se producen en la pantalla.
Oliver Reed está perfecto como León. Su tranquila apariencia oscura provoca simpatía, pero al mismo tiempo trasmite fácilmente el peligro que se oculta en su interior. Solamente da un paso en falso en la cinta: cuando es obligado a mostrar sus dientes a un escéptico alcalde (León quiere convencerlo de que él es un hombre lobo, pero la luna llena no ha salido aún) hace una mueca incómoda que invita a la risa. La mayoría del elenco restante actúa espléndidamente, en particular Evans como el padrastro de León. La breve aparición de Anthony Dawson como el malvado marqués es extraordinaria (en alguna escena es pillado exprimiéndose un carbúnculo de su cara). Sólo Catherine Feller, como el amor verdadero de León, no alcanza la fuerza que uno quisiera; es bastante sincera, pero no puede satisfacer de manera creíble las altas demandas de la película, de corporizar a una mujer increíblemente perfecta en la pureza y el amor, no contaminada por el deseo sexual. (Pero, ¿quién podría?)
En el análisis final, La maldición del hombre lobo es una declaración acerca de la naturaleza bestial del hombre. El villano real de la pieza es el malvado marqués, quien disfruta de abusar de sus subordinados; encarcelando al mendigo y más tarde a la criada muda; es el marqués quien pone en movimiento la cadena de acontecimientos que finalmente destruirá a León, junto con tantos otros en el camino. En mayor o menor grado, muchos otros personajes sucumben a algún tipo de bestialidad: el mendigo, cuyo encarcelamiento lo convierte en un animal y viola a la mujer que ha cuidado de él durante años; la mujer misma, cuyo asalto sexual la induce a apuñalar al marqués cruel; los borrachos y las prostitutas que se degradan a sí mismos a través de la parranda y la promiscuidad, y por supuesto, León mismo, cuya naturaleza buena libra una batalla perdida contra la bestia en su interior.
Contra todo esto se equilibra el potencial de la bondad humana, que en este contexto es explícitamente equiparada con el celibato (el puñado de sobrevivientes lo integra el sacerdote, la novia virginal de León y don Alfredo, cuya única relación con una mujer parece ser la amistad con su fiel servidora Teresa, interpretada por Hira Talfrey). No es una visión del mundo muy creíble; de hecho, es bastante reaccionaria; sin embargo, es perfectamente adecuada para crear una película rica y gratificante de la lucha eterna en el alma humana entre la bondad y la crueldad, entre la pureza y la perversidad. Es la brillante representación de esta dualidad la que hace de La maldición del hombre lobo un clásico a pesar de su ritmo un poco lánguido. No te puede galvanizar con el horror, pero te conmueve con su tragedia.
La secuencia final con León en forma de lobo perseguido por los aldeanos (un excelente maquillaje de Roy Ashton que incluye no sólo la cara y las manos, sino también el torso) parece diseñada para colocar al monstruo como una víctima acorralada, que literalmente muere como un perro, cuando su propio padre adoptivo le dispara, quien prefiere él mismo evitar que León sufra una muerte horrible en manos de la turba que blande antorchas. La escena es brutal y casi cruel en su final abrupto; incluso se le niega a la audiencia “el descanso en paz” de las películas de los hombres lobo de la época, que mostraba a sus monstruos volver a su forma humana en la muerte, lo que implicaba que sus almas estaban en paz. La maldición del hombre lobo no ofrece ningún ritual de retribución; el único mensaje que parece enviar es que los inocentes van a sufrir por la maldad infligida por otros. Cuando las imágenes finales se desvanecen, por fin vemos un destello de comprensión de por qué los créditos de apertura juegan con un primer plano de los ojos del hombre lobo… llorando.
Post Data
La maldición del hombre lobo nació después de que se cayó un contrato de coproducción para una película sobre la Guerra Civil española, cuando la Hammer ya había construido los escenarios. Buscando que su inversión fuera rentable, la empresa decidió tomar la novela El hombre lobo de París y la ubicó en España. El productor Anthony Hinds (con el pseudónimo John Elder) adaptó él mismo el guión, ya que no había dinero para contratar a un guionista. Hinds solía encargar los guiones a otras personas, pero en este caso la fuerza del material original facilitó su tarea. Sin embargo, Hinds partió tan radicalmente de la novela de Endore que hay que regatearle la originalidad que aportó a la película.
También se debe tener en cuenta que esta película introduce la tendencia de Hinds para presentar personajes mudos (ahorrándose la molestia de escribir diálogos). En este caso fue la hija del carcelero que da a luz a León; otros personajes mudos aparecerán en los guiones de Hinds para The Evil of Frankenstein, Dracula Has Risen From the Grave y Frankenstein ant the Monster From Hell.
Anthony Dawson, quien interpreta al malvado marqués, caracterizaría al asesino en Dr. No, la primera película de James Bond. Asimismo, Desmond Llewellyn, cuyo crédito ni siquiera aparece en La maldición del hombre lobo (que representa a uno de los criados del marqués), sería Q –el hombre que suministra todos sus dispositivos tecnológicos a Bond— a partir de la segunda película del 007, From Russia With Love.
Tomado de: Cinefantastique. Octubre 27, 2008.
Traducción de: José Luis Durán King.