July 22, 1941. La noche de un día difícil


El 22 de Julio de 1941, hace 69 años, en su aniversario 12 de bodas, Eugene O’Neill presentó a su esposa Carlotta el manuscrito recién terminado de Largo viaje hacia la noche. Acompañaba al manuscrito una carta-dedicatoria de O’Neill:
“Querida: te doy el guión original de esta obra de viejas penas, escrito con lágrimas y sangre. Un regalo inadecuadamente triste, al parecer, para celebrar una fecha de felicidad. Pero tú comprenderás. Lo hago como un tributo a tu amor y ternura que me dio la fe en el amor que me permitió hacer frente a mis muertos. Estos doce años, mi amada, han sido un viaje hacia la luz, en el amor.”
Más adelante se adjuntaron al manuscrito las instrucciones de O’Neill tanto a Carlotta como a Bennett Cerf de Random House, de que la obra no podría ser publicada hasta 25 años después de la muerte de su autor, y de que nuca se montara en teatro. O’Neill señalaba que esta obra le gustaba más que cualquier otra, pero que había sido una agonía enfrentar los recuerdos de la familia que habían inspirado a personajes que fueron “atrapados uno dentro del otro por el pasado, cada uno culpable y al mismo tiempo inocente, comprendidos y aún sin comprender del todo, perdonados pero aún condenados a no poder olvidar”. La prohibición era una red de seguridad: él había estado luchando con los fantasmas de la familia y no deseaba darles la oportunidad de que se marcharan tan pronto.
Tres años después de la muerte de O’Neill en 1953, Largo viaje hacia la noche estaba en el escenario. Carlotta declaró que la prohibición de O’Neill se debió a que intentó ocultar la desintegración de su familia –Eugene Jr. murió por suicidio, Jamie se perdió en la heroína, Oona fue desheredada por haberse casado con Charlie Chaplin—; y por afirmar que O’Neill había dado permiso a publicar la obra en caso de que fuera necesario el dinero, los biógrafos aducen que todo se debió a la visión distorsionada de Carlotta de sí misma y de sus necesidades. De cualquier forma, la obra arrancó lágrimas y ovaciones de pie, y mereció a O’Neill el Pulitzer póstumo, el cuarto en su haber.