La pornografía o el placer mecanizado

POR Iván Ríos Gascón
 En un mundo privado por las obsesiones y los demonios de las masas –nos dice el autor del presente artículo—, la pornografía se erige como el universo paralelo de una porción social que depende, cada vez más, de los estímulos iconográficos de la sexualidad idealizada (o deformada) por el arquetipo

En 1989, Román Gubern publicó La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas, un volumen de ensayos en torno de los fenómenos extremos del universo iconográfico a través de cinco paradigmas de la cultura contemporánea: la imagen pornográfica, la imagen religiosa, la imagen proletaria, la imagen nazi y la imagen cruel.
Tras un breve repaso sobre la génesis, la evolución y la afirmación simbólica de estos discursos refractarios, Gubern esbozó el hilo conductor de la gemelaridad estética e ideológica del sexo y la muerte, porque los cinco modelos coincidían en las pulsiones de agonía y de sufrimiento pero, sobre todo, en las expresiones liminares del placer.
Gubern, como Georges Bataille, observó la estrecha relación de las imágenes sacras con la representación del clímax genital a través de la expresión simbólica de los modelos. Por ejemplo, el éxtasis místico de Santa Teresa esculpido por Bernini, donde el rostro de la beata proyecta una ruidosa ambigüedad entre el goce y la congoja, gesticulación perenne en las figuras femeninas de fotos y películas eróticas, o los primeros planos de Sergei Eisenstein en La línea general (1929), donde el exultante rostro de Ana Lakina salpicado de leche, posee una innegable correspondencia con el cum shot o money shot (la eyaculación sobre el rostro de las actrices) de cualquier película porno. Asimismo, Gubern respaldó sus tesis sobre el género cuyas auténticas estrellas son los genitales (básicamente el falo), en la diversidad de moldes cinemáticos y pictóricos que pervierten, diluyen y confunden los signos.
Y es que en el imaginario, el sexo y la muerte cohabitan en la misma ilusión, la de la fragilidad y la infinitud, la de lo eterno y lo fugaz: “Hay en la muerte una indecencia, distinta, sin duda alguna, de aquello que la actividad sexual tiene de incongruente. La muerte se asocia a las lágrimas, del mismo modo que en ocasiones el deseo sexual se asocia a la risa; pero la risa no es, en la medida en que parece serlo, lo opuesto a las lágrimas: tanto el objeto de la risa como el de las lágrimas se relacionan siempre con un tipo de violencia que interrumpe el curso regular, el curso habitual de las cosas. Las lágrimas se vinculan por lo común a acontecimientos inesperados que nos sumen en la desolación, pero por otra parte un desenlace feliz e inesperado nos conmueve hasta el punto de hacernos llorar. Evidentemente, el torbellino sexual no nos hace llorar, pero siempre nos turba, en ocasiones nos trastorna y, una de dos: o nos hace reír o nos envuelve en la violencia del abrazo”, escribió Georges Bataille en Las lágrimas de Eros, y quizás éste es el más oscuro y subversivo de los atributos de la pornografía: las imágenes explícitas de una cópula certifican el tumulto del contacto genital pero, al mismo tiempo, escamotean la esencia de un orgasmo compartido, ese orgasmo que se ensambla no sólo de sensaciones corticales sino de fantasías, porque como dijo Octavio Paz, “el acto erótico niega al mundo: nada real nos rodea excepto nuestros fantasmas”. Y en la imposibilidad de mostrarnos el torrente sensorial que cubre a la mujer, la pornografía vuelca sus signos hacia la insignificancia de los placeres masculinos, dejando tras de sí, el fantasma del gozo femenino.
Sin embargo, más allá de la complejidad de su discurso, en el que las virtudes y los defectos semánticos se enfrentan constantemente, la pornografía ha librado una multitud de batallas morales. De producto censurado a objeto de culto, de territorio permisivo para la panoplia inabarcable de perversiones y quimeras, a espacio colonizado por los fenómenos mediáticos, la pornografía incita lo mismo el fervor contemplativo que la ruidosa execración, prácticamente como un mito, pues de acuerdo con André Malraux, el mito es el encadenamiento de las complicidades colectivas.
En su ensayo Pornografía. Sexo mediatizado y pánico moral (2004), el crítico, narrador y “pornografógrafo, anota una elocuente idea de Camille Paglia para dirimir, de una vez por todas, la condición del género pornográfico: “el arte es contemplación y conceptualización, el exhibicionismo ritual de los misterios primigenios. El arte pone en orden la brutalidad ciclónica de la naturaleza […] La fealdad y la violencia de la pornografía reflejan la fealdad y la violencia de la naturaleza”. Entonces, en un mundo privado por las obsesiones y los demonios de las masas, la pornografía se erige como el universo paralelo de una porción social que depende, cada vez más, de los estímulos iconográficos de la sexualidad idealizada (o deformada) por el arquetipo, a pesar de su lenguaje polimorfo, su hiperrealidad, y el nihilismo de su fragmentaria alegoría.
Quizá es por ello que Naief lleva a cabo un arduo periplo histórico e intelectual, para esclarecer las genuinas coordenadas de la seducción pornográfica que, como dice Camille Paglia, se ha inscrito en la nomenclatura del arte, debido a su azarosa conceptualización.
Partiendo de la génesis lingüística de la palabra pornografía, que surgió como vocablo para referirse a la descripción de la vida y las costumbres de las prostitutas (graphos, del latín graphicus, y del griego graphikós, que significa escritura y dibujo, mientras que porno proviene del griego porné, que expresa la palabra ramera), y basado en una serie de datos históricos sobre el origen y el progreso de este género injustamente vilipendiado, Naief Yeyha no sólo explora la evolución del lenguaje literario, iconográfico y fílmico de lo obsceno, sino que lleva a cabo una aguda reflexión sobre los fenómenos del erotismo contemporáneo, a partir de los vacíos socioculturales, las pandemias de una moralidad en lucha constante con sus fobias y sus objetos del deseo, y la exacerbación mediática del simulacro.
Y es que, más allá de las particularidades simplistas de la pornografía, lo cierto es que ésta es un espacio ilusorio abierto, manipulado por las fantasías y los delirios de las masas, donde no hay límites ni prohibiciones aparentes, porque ella se exalta o se destruye a sí misma, a partir de las búsquedas creativas, la densidad de los discursos o, sencillamente, del agotamiento natural de sus esencias.
Pero, ¿qué es la esencia pornográfica? Yehya lo explica así: “La pornografía no es un deporte donde súbitamente se puedan aplicar las leyes del fair play o juego limpio. Es un territorio donde rige el secreto, la transgresión y lo inconfesable; aspirar a convertirlo en un entretenimiento higiénico y light es ridículo. La concepción «igualitaria» y didáctica de la fantasía erótica resulta artificial y paradójica, ya que impone representar al sexo como algo justo y moldeable de acuerdo con los valores éticos y morales de la época. Nada puede ser más absurdo que desear imponer un reglamento al deseo erótico, el cual en buena medida depende de factores incomprensibles.”
Entonces, la sustancia del porno se basa en las posibilidades de alcanzar un más allá, el punto ulterior de lo inefable, en el sentido estricto del adjetivo (lo inexpresable, inenarrable, indescriptible, en suma, lo que no puede expresarse con palabras), pues la apuesta de lo pornográfico se concentra en la mirada tumultuaria: cuando el desfile genital se convierte en el centro de gravedad de un espacio donde, en apariencia, se han desvanecido todos los límites estéticos (como en la literatura, la desnudez nos remite a la escisión, a la violencia: Roland Barthes decía que en el Marqués de Sade, el horror radica en la ruptura, ese quebranto lingüístico donde la crueldad se ensambla desde las torceduras de una prosa perturbadoramente jeroglífica), la sexualidad se erige como una práctica mecanizada, como un encuentro corporal sin preludios ni liturgias y ésa es, precisamente, la razón de su condena: desde la antigüedad, explica Yeyha, las sociedades buscaron, afanosamente, infinidad de alternativas para redimir la hipotética repugnancia del acto erótico, aunque, en el otro extremo, surgió el fervor de la provocación, del desafío por mostrar todas las variedades posibles del deseo.
De esta manera, el individuo comenzó a acoplar sus sensaciones con los textos y las imágenes que despojaron a la sexualidad de los incordios de un pacto social rígido, cerrado, en el que la pornografía se situó como el modelo exacto de la transgresión. A partir de entonces, la búsqueda de lo radical y de lo diferente, asumió el papel de una obsesión que lenta, progresivamente, invadió el cerco de la imaginación intima, para volcarse en los ensueños colectivos.
Quizá es por ello que, como una grave resonancia o, digamos, como un eco subversivo, la modificación corporal es un elemento básico en el tejido de las perversiones ópticas. La cópula heterosexual, no obstante sus múltiples resquicios, comenzó a vaciar sus signos, a agotarse en la horizontalidad de una ficción que aspiraba a la verticalidad: la representación explícita de la penetración vaginal, el sexo oral y la penetración anal (el orden de la evolución gráfica del porno), se desvirtúa en ese campo inabarcable que es el cuerpo humano y su erotismo, donde la expresión homosexual, transexual y hermafrodita, cohabitan con la otra especie, la de lo deforme por connivencia social, para completar el cuadro de un género que aspira a la metamorfosis.
Así, Naief Yehya expone con perspicacia, la génesis de los materiales pornográficos: la foto erótica o postal, que comenzó como un negocio selectivo, pues su discreta circulación se realizaba entre grupos cerrados; el stag film o blue movie, la porno primitiva, que surgió poco después del cinematógrafo, y que corresponde a los cortos de sexo explícito que se rodaron durante la primera década del siglo 20, y que mostraban cópulas hetero y, en menor medida, contactos homosexuales como felaciones, masturbación y coitos en diversas posiciones, así como excreciones, zoofilia, travestismo y el uso de juguetes sexuales, condimentados con esporádicas eyaculaciones externas; el hard core, género que tiene su auge a finales de la década de los sesenta, y que se caracteriza por mostrar con detalle y en close ups exagerados todas las posibilidades anatómicas de la penetración, así como la mayoría de las secreciones corporales, cuyo énfasis se concentra en la eyaculación externa; el gonzo, que consiste en una propuesta matizada con sentido del humor, y cuyos principios se basan en las proezas genitales de sus protagonistas, como los coitos orgiásticos o la astucia seductiva, porque el gonzo pretende que la fantasía erótica desemboque en la participación de los espectadores, y el prestige porn, que pertenece al porno de alto costo de producción, con locaciones, vestuarios, fotografía y maquillajes sofisticados.
Observados con lucidez y desenfado, Naief Yehya examina la obra de los realizadores más representativos de cada género, donde rescata las propuestas de Gerard Damiano y la terrible y triste historia de Linda Lovelace y Garganta profunda; los infortunados derroteros de los hermanos Mitchell, realizadores del film fundacional del porno chic, Detrás de la puerta verde, que encumbró a su estrella Marilyn Chambers, y las propuestas con resonancias punk y new wave de los hermanos Walter y Gregory Dark, Andrew Blake, John Leslie, John Stagliano, Ed Powers (un pornógrafo famoso por su parecido con Woody Allen), Nicholas Orleáns, Nic Cramer, Philip Mond, Jean Pierre Ferrand o Antonio Passolini, cuyas películas trazaron el itinerario de una pornografía que, al negar la vacuidad estética, se volcó hacia el artificio narrativo.
Sin embargo, este repaso fílmico queda incompleto, porque Naief jamás aborda las expresiones radicales (el porno homosexual, hermafrodita, masoquista o de freaks: enanos, jorobados, obesos, tullidos y, en fin, todo un catálogo de fenómenos de circo), ya que se concentra, únicamente, en los productos del mainstream heterosexual, cuyo apogeo y decadencia fueron delimitados por la caída de los cines porno y el avance del video que, a partir de la década de los 90, desplazaron al celuloide por mercancías de bajo costo y de uso estrictamente doméstico.
Complementado con la necesaria revisión de las paradojas culturales que cohabitan con la pornografía (el auge de los juguetes sexuales desde finales del siglo 19; el fetichismo; la disputa entre feministas antiporno y feministas anticensura; el opresivo clima moral estadounidense, desde Richard Nixon a Ronald Reagan, y la exhaustiva discusión entre teóricos, artistas e intelectuales, sobre la genuina condición del porno ante la sociedad), Pornografía. Sexo mediatizado y pánico moral es un asombroso ensayo que revela dos aspectos básicos de la sexualidad contemporánea: en primer lugar, la claustrofobia epidérmica (generada por el fuste de la moral, la introversión, la indiferencia y la propagación de enfermedades de transmisión sexual que ha fortalecido el complejo freudiano del miedo al otro) y que, paradójicamente, sólo se libera a través de la exaltación pornográfica y, en segundo, la fascinación robotizada de los individuos y el avance de la condición del cyborg, que Naief ya había explorado en su excelente libro El cuerpo transformado (2001), porque las necesidades elementales de la pornografía radican en las modificaciones físicas de los actores (implantes de silicón, cirugías estéticas diversas e, inclusive, el uso del viagra para sostener fuertes y duraderas erecciones), pero, en mayor medida, la persuasión sensorial del porno ante el espectador.
“Al mecanizar su placer el hombre se asume como cyborg”, escribe Yehya, y esta apreciación define, quizá, las genuinas repercusiones de la pornografía: cuando un individuo requiere de enchufar sus estímulos al interruptor de las imágenes, abandona voluntaria y dócilmente su imaginación, negando los principios del deseo. El hombre, entonces, deja de ser él mismo, y se instala al otro lado del espejo. Más la hiperrealidad del sexo, en su saturación simbólica, se torna fría, absurda e inhumana, porque como escribió el poeta francés Georges Perros, “el erotismo es dar al cuerpo los prestigios del espíritu”.