Moby Dick: el Leviatán de las profundidades

POR Redacción 
Antes de los dinosaurios, la ballena blanca producto de la pluma de Herman Melville saturó de hipérboles el imaginario de los lectores decimonónicos. La tesis anterior sirvió de base para que el investigador Tim Saverin rastreara los orígenes de la gran novela del autor estadounidense 

(avidly.org)
El explorador Tim Saverin se impuso la tarea titánica de rastrear la verdad detrás de la historia épica de Moby Dick o la ballena, como el escritor estadounidense Herman Melville tituló su afamada novela. En primera instancia, Saverin se preguntó dónde y cómo obtuvo Melville sus conocimientos acerca de las ballenas, sobre todo porque los datos aportados por el escritor en su libro son sumamente precisos. Pero aun más interesante en el proyecto del explorador fue investigar en qué modelo de la vida real se basó para crear al sombrío personaje del capitán Ahab, así como a Queequej –el arponero tatuado— y, por supuesto, a Moby Dick, “El Leviatán de las profundidades”, una ballena con “una joroba semejante a una colina nevada” y “de inteligencia maliciosa”, el gran cetáceo guerrero blanco.
Es difícil imaginar que en una época anterior al descubrimiento de los dinosaurios una bestia se convirtiera en sinónimo de monstruosidad monumental. Pero en 1851, cuando Moby Dick fue publicado y mucho antes de que alguien siquiera imaginara que bajo nuestros pies yacían los huesos de saurios gigantes, el coloso de los mamíferos marinos, compañero de la humanidad desde el Antiguo Testamento, saturó de hipérboles el imaginario de los lectores decimonónicos. 

Fuerza del mal 
(extremista.com.ar)
Como Tim Saverin descubrió – y muchos de los expertos en Melville así lo corroboran—, Herman Melville logró recabar muchos de los detalles de su historia a partir de varias fuentes identificables y de algunas más cuyo secreto el escritor se lo llevó a la tumba. 
Se dice que la oportunidad la pintan calva, y en la vida de Herman Melville hubo varios acontecimientos que el futuro escritor los aprovechó con creces. Por ejemplo, a los 22 años participó en la caza de ballenas en el Pacífico, aunque no por mucho tiempo, como a él orgullosamente gustaba presumir. En ese episodio de su vida conoció al hijo de un ballenero llamado Owen Chase, quien en 1821 publicó una Narración del más extraordinario y angustioso naufragio del ballenero Essex, de Nantucket, el cual fue atacado y finalmente destruido por una enorme ballena en el Océano Pacífico. Tanto de las pláticas de hijo como del libro del padre, Melville descubrió una veta fascinante acerca de la lucha entre el hombre y los monstruos marinos. Así, antes de escribir su libro, Melville (en la figura de Owen Chase) ya tenía en la mente a su personaje principal, el capitán Ahab, el barco (Pequad) donde se desarrollaría la trama y la ballena cuya ferocidad y misticismo representaría la imponente fuerza del mal. 
Independientemente de la destreza que haya tenido o no Melville como ballenero (pues sólo pasó dos años en un barco ballenero y nunca aprendió a lanzar el arpón, como él pregonaba), lo cierto es que la mente del escritor fue suficiente para crear una épica monumental que sobrevive hasta nuestros días. Tim Saverin aporta en su investigación datos que en general son desconocidos por el público, como es el caso de que Melville fue un desertor, hecho que el escritor se encargó de minimizar. No obstante, el verdadero poder del libro de Melville no radica en su vida privada sino en las características de sus personajes principales: la amargura de Ahab y la descripción de la ballena blanca, a la que el escritor confirió de cualidades casi humanas. 
Aunque los cachalotes no son las ballenas más grandes (las ballenas azules logran alcanzar longitudes de 30m y los cachalotes de 20m), sí lo son entre las ballenas dentadas. Asimismo, los cachalotes son famosos por sus habilidades en las profundidades, así como por sus migraciones anuales de los polos a los trópicos. 

Rituales místicos 
(salon.com)
Mucha de la antropomorfización utilizada por Melville en su novela ha sido apoyada en el siglo actual por los estudiosos de la conducta de las ballenas. Por ello, Saverin extiende sus consideraciones basadas en sus experiencias propias con las ballenas, con las que se encontró por primera vez en un viaje transatlántico que el explorador inició desde Irlanda, llevado a cabo para celebrar a uno de los santos patrones de la navegación. Durante su travesía por el Pacífico, Saverin conoció muchas comunidades pesqueras aisladas que por generaciones habían “pescado” a las ballenas utilizando botes pequeños y arpones de mano. Los “descendientes” de Queequeg estaban vivitos y coleando, aunque ahora ya casi retirados del oficio a causa de las legislaciones anticaza de ballenas. 
Las conclusiones de su investigación, Whales: In Search of Moby Dick, Saverin las alcanza al llegar a la timoresa isla de Lamalera. Ahí da fe de la espantosa masacre de ballenas, aunque también se persuade que la conducta del capitán Ahab no era del todo una simple vendetta sino un ritual más místico y primitivo en el que la supervivencia se festeja destazando a la víctima. “He visto demasiadas carnicerías –reflexiona Saverin— y he estado profundamente tentado a pensar que el animal ha venido a ayudar a sus camaradas, aun a expensas de su propia destrucción”.