Museo popular de anatomía: el espectáculo de la carne desollada

POR Michael Sappol

Los museos populares de anatomía formaron parte de los espacios públicos de diez centavos, al lado de los espacios trasgresores de la moral, como lo fue el freakshow, ambos reconocidos por sus despliegues de pesadillas corporales
La historia de la cultura americana está llena de actos de desaparición. Pero ninguna desaparición tan a fondo como el museo popular de anatomía. Sus primos cercanos –el museo de diez centavos, el freak show, el espectáculo medicina— han dejado tras de sí un resplandor nostálgico; pero el museo anatómico es un animal atropellado en la carretera. La memoria colectiva prácticamente no conserva vestigios de ese lugar de exhibición. Sin embargo, fue parte de la vida urbana de Estados Unidos durante casi cien años. El primer museo popular de anatomía se inauguró en los años cuarenta del siglo 19, mientras que el último cerró sus puertas cerca de 1930. En las tres décadas siguientes al término de la Guerra Civil, los museos de anatomía podían hallarse en Nueva York, San Francisco, Filadelfia, Chicago, Boston, Baltimore, St. Louis, Nueva Orleans y también en algunas ciudades más pequeñas.
El museo popular de anatomía no desapareció por un exceso de modestia. En su época era conocido por la exhibición de sus espeluznantes curiosidades. Dicho concepto no sólo fue un transgresor de la moral pública, fue un transgresor notorio, flagrante, una institución pública dedicada al despliegue de las cosas que no se deben mostrar. El museo popular de anatomía confrontó la moral pública.
¿Y cómo logró eso? En todas las formas posibles. Un artículo de 1871 en el New York Times describía ese centro de entretenimiento de la manera siguiente:
“Afuera… en la vía pública, siguiendo a la multitud, nos encaminamos a un ‘museo de anatomía’. Para ello, caballeros, sólo se puede obtener la admisión mediante la presentación de 25 centavos. Con los 25 centavos en la mano y el boleto de entrada, pasa a la tienda. Frente a ustedes, con lanza y hacha en la mano y una sonrisa siniestra en su rostro de piel, se encuentra el famoso cuerpo de un salvaje de las islas de Senegambia muerto en combate por cierto capitán valeroso, quien, siguiendo las costumbres de los salvajes, preparó el cuerpo de su adversario como un trofeo. A continuación, ¿tiene deseos de estudiar obstetricia o quizá probar en la cirugía? Puede satisfacer sus impulsos viendo los modelos de cera de las operaciones y las anormalidades monstruosas. Entre todas las curiosidades de cera están las muestras más repugnantes de los trastornos cutáneos, y otras cosas instructivas sin duda, pero muy desagradable para el espectador común. Las personas van y vienen a este lugar desde la mañana hasta la noche, ponen su dinero en el bolso del propietario y después de una estancia de tal vez diez minutos, se marchan, como lo hicimos, con la sospecha de haber sido estafados dos veces en un lapso de media hora en la calle Chatham.”
Su provincia fue la patología
El museo popular de anatomía fue uno de tantos de los museos de diez centavos. Se plantaba en el Bowery [uno de los barrios bajos al sur de Nueva York que durante muchos años fue sinónimo de depresión económica] y otros distritos de entretenimiento plebeyo, lugares donde los actos y los fenómenos humanos proliferaron junto a las casas de prostitución y juego, y en los que ocurrían todo tipo de crímenes pequeños y no tan pequeños. Y en medio de la exhibición de rarezas y curiosidades, el museo de anatomía era de alguna manera el más extraño y curioso. Se especializó en las personas y condiciones que carecían, o excedían, los límites previstos por la estética, la moral, la fisiología, la raza o la ley. Su provincia, en otras palabras, fue la patología y lo grotesco, el sexo y el deseo impulsivo, la brutalidad y el asesinato, la muerte y la decadencia. El museo de anatomía –mezcla de especímenes reales y modelos— borra todas esas categorías y la exhibe como un teatro del cuerpo. Lo que se expuso fue el cuerpo con una C mayúscula, separada, privada, castigada o en rebelión contra la moralización, la racionalización, el espíritu disciplinado. El resultado fue un arreglo ordenado de recuerdos de vida encarnada fuera de control. El museo se apiló sobre un exceso de partes corporales. Un exceso de significados. Un exceso de todo.
Y si el espíritu disciplinó al Cuerpo, con las leyes penales, fisiológicas y morales, eso también fue excesivo. Junto con los departamentos “anatómicos y quirúrgicos”, los “patológicos” y los de “obstetricia y monstruosidad”, una gran cantidad de vaginas, penes, senos y mujeres parcialmente disecadas (y por lo tanto sin ropa), el museo desplegaba también crímenes espantosos y castigos horribles. El Museo Libre de Anatomía del Dr. Baskette, en Chicago, contenía “colecciones históricas” que mostraban la guillotina y sus víctimas (y también un “gabinete extra Mormón” que detallaba las masacres y las prácticas polígamas de los mormones).
El Museo Europeo de Anatomía, Patología y Etnología de Filadelfia incluía una muestra especial sobre la Inquisición española y dispositivos de tortura antiguos de Europa. El Museo de Anatomía de Nueva York de 1867 exhibía la cabeza del asesino ejecutado Anton Probst, así como su brazo derecho (con diversas cicatrices). El despliegue de cuerpos disecados, enfermos y desmembrados se mezclaba con exposiciones de los delincuentes castigados. El público del museo tenía de sobra para asombrarse.
Profesional contra popular
Sin embargo, el museo popular de anatomía tenía un lugar entre los museos médicos. En el siglo 19 cualquier colegio de medicina que se preciara serlo contaba con un museo anatómico y un gabinete patológico. Había un círculo pedagógico de vida: los estudiantes de medicina y sus colegas los atendían para estudiar las muestras. La membresía en la profesión era consolidada por una cultura común por coleccionar. En el discurso médico formal, el espécimen era considerado una ayuda educativa o como el registro de una característica anatómica típica o inusual o una condición patológica. De manera informal creció el placer de la adquisición y la posesión, así como la apreciación del especialista en el arte de la preparación. El museo profesional de anatomía era un depósito de recuerdos médicos. En otras palabras: fetos en jarras, esqueletos, preparados en seco, moldes y modelos en cera, en yeso, cartón piedra y madera. Algunos de ellos eran típicos, otros eran rarezas, otros fueron los registros de un acontecimiento histórico, por ejemplo, el cráneo de un hombre que recibió un disparo en Waterloo, o la reliquia de un notorio criminal que fue ahorcado y luego entregado a los cirujanos para su disección.
Dichos temas eran comunes tanto en los museos anatómicos profesionales como en los populares. Sus diferencias tienen que ver con la proporción, la calidad, el público y la legitimidad: los museos populares tendían a integrar más sexo y materiales relacionado con el crimen; el museo profesional incluía más especimenes “naturales” y menos modelos. El museo popular estaba abierto “sólo para-caballeros”, predominantemente clase trabajadora, con una gran mezcla de inmigrantes. El museo profesional en general estaba abierto a médicos y estudiantes de medicina, aunque a los miembros respetables laicos a veces se les concedió el acceso. Hubo también una valencia ideológica diferente. Los objetos del museo profesional representaban el triunfo del conocimiento médico, la conquista de la razón y la ley sobre el cuerpo. Los médicos tenían permiso de mantener unos pocos ejemplares o un gabinete de material o desplegado en sus consultorios como trofeos y, específicamente, como objetos que anunciaban una vocación médica (al igual que los diplomas, los pesados tomos especializados, los medicamentos e instrumentos). El espécimen hizo las veces de una credencial, la prueba de que el médico había diseccionado y poseía un conocimiento especial del interior del cuerpo.
Estado de ansiedad
La exhibición en el museo popular de anatomía también advierte una práctica médica. El museo fue una clínica peculiar, restaurando por completo a los hombres. Su propietario se describía como un médico (aunque era sospechosamente discreto en cuanto a dónde obtuvo su título de médico). El museo también incluía un profesor residente que atemorizaba a los clientes con reseñas de las enfermedades médico-morales que la humanidad había heredado. Se trataba de una larga lista que incluía la sífilis, la gonorrea, el chancro, la impotencia, la incontinencia (una categoría que comprendía mojar la cama, la eyaculación precoz y las emisiones nocturnas), la infertilidad, así como la masturbación, la promiscuidad, la obsesión sexual, la lascivia o la falta de libido. La letanía del profesor residente (síntomas de un malestar más grave denotado como “agotamiento nervioso”, “debilidad nerviosa” o “neurastenia”) fue diseñada para producir un estado de ansiedad en la clientela, es decir, un contexto de preocupación mental que se enfatizaba por la muestra circundante de rostros sifilíticos y genitales enfermos. Dichos estigmas podían persuadir fácilmente para que el público comprara un libro o medicina de patente, o mejor aún, solicitar una consulta con el médico, quien por un costo adicional podía realizar un análisis microscópico o químico de la orina del paciente. La pesadilla exhibida de anatomía y patología (léase: muerte y enfermedad) funcionaba como una especie de terapia de choque moral y, al fin negocio, ayudaba a superar la resistencia de las ventas. El microscopio y los aparatos químicos reforzaban los argumentos científicos y modernos del museo.
Los museos populares variaban en tamaño y pretensión (la mayoría estaba en el extremo más bajo del espectro), pero sólo en lo que corresponde al formato. Un editorial de la Revista Médica y Quirúrgica de Boston del 24 de julio de 1873 denunció a un museo que era “de la peor ralea”, la Galería de Anatomía del Dr. Jourdain: “Era una colección de modelos anatómicos y disecciones, con representaciones de la piel y de enfermedades venéreas; la mayoría de los folletos era inadecuada para su exposición pública y estaba calculada para excitar la curiosidad morbosa de los jóvenes junto con formas peculiares de la hipocondría. Viles panfletos estaban a la alcance de la mano para inducir temor a los sanos y, a los enfermos, a consultar al propietario. El daño que este establecimiento ha hecho no se puede calcular”.
Dichas advertencias tuvieron una larga vida útil, tal vez sobreviviendo incluso a los propios museos. En su adolescencia o a principios de los años 20 del siglo pasado, el Servicio de Salud Pública de Estados Unidos organizó una presentación de diapositivas de linterna contra “los engaños de los curanderos” que atendían en los museos anatómicos. Los establecimientos médicos tenían un interés personal en trazar la línea divisoria entre los practicantes legítimos e ilegítimos, y suprimir a la competencia.
La queja de la Revista Médica y Quirúrgica de Boston y otras críticas médicas fue que los museos populares de anatomía fomentaban el tipo de “curiosidad morbosa” que mató al gato. ¿Pero lo hizo realmente? Sólo podemos especular acerca de cómo el museo anatómico afectó a su mecenas, médica o moralmente. Algunos hombres pudieron haber llegado al museo ya presas del pánico por las señales visibles de la sífilis, gonorrea u otras enfermedades de las que pudieron mostrarse reacios a hablar con su médico familiar: el museo era su clínica de enfermedades venéreas; a la que acudían a buscar tratamiento. (El contenido de los ungüentos y tónicos que compraban es desconocido para nosotros, como lo fue para ellos, pero los panfletos del museo generalmente reprobaban los medicamentos a base de mercurio, que posteriormente fueron el tratamiento estándar para la sífilis. La eficacia del mercurio para contener los progresos de la sífilis es discutible, pero era evidente que tenía efectos secundarios terribles. Si la prescripción del médico del museo era más benigna, los pacientes quizá fueron protegidos de cualquier daño.) Otros hombres, susceptibles a la sugestión, acudían al consultorio del médico del museo sin que físicamente estuvieran mal. Aunque otros hombres –¿la mayoría?— debió acudir simplemente por diversión. Tal vez se oponían a la patología o tal vez la abrazaban perversamente. Tal vez se resistían a las recomendaciones del profesor residente o tal vez se reían antes de llegar a él. Tal vez el médico y el inquieto público eran parte del entretenimiento, como una montaña rusa que asusta y te provoca náuseas.
Fue un mundo de hombres. A las mujeres se les negaba el placer de ver las muestras, que rebosaban de “Venus florentinas” y modelos de anatomía sexual y de obstetricia que incluían vaginas despojadas de todo misterio, adornadas con manojos realistas de vello púbico. No sabemos exactamente quiénes visitaban los museos populares de anatomía. ¿Cuántos hombres de clase media o alta condescendían a entrar? Pero era un lugar donde las cosas no podían ser comentadas o vistas en sociedad mixta. Dichos lugares, por definición, acogían a hombres de diferentes clases, especialmente jóvenes que utilizaron el museo para satisfacer una curiosidad morbosa sobre el sexo, la muerte y la enfermedad, así como para conocer los bajos fondos donde se ubicaban los museos. El museo no era un refugio tranquilo para conversar –provocaba demasiada ansiedad para eso—, pero, al igual que los clubes y fraternidades de los varones, abastecían un voyeurismo masculino compartido. Era un lugar donde los hombres podían ser hombres.
Apetitos corporales
Teniendo en cuenta todo lo anterior, no sorprende que el museo de anatomía no fuera muy respetado. Las instituciones que lucraban con la muerte y el deseo, las emociones y los apetitos, los cadáveres y las partes corporales eran estigmatizadas. Los museos anatómicos decían que servían a la causa de la reforma moral, aunque la realidad era que trabajaba con las emociones y los apetitos del cuerpo. Entonces, como ahora, había una jerarquía cultural que colocaba la razón y el espíritu en la parte superior y al cuerpo en la parte inferior. El museo ponía en movimiento diversas emociones en el visitante –la sensación de repugnancia fue citada continuamente en los comentarios contemporáneos—, además de una obsesión preocupante, vinculada al sexo y a la patología sexual, una condición que tanto agobiaba y complacía a sus propietarios. Al igual que la pornografía, el museo era una tecnología de incitación, de excitación. La exhibición de la sífilis terciaria, los fenómenos humanos, la criminalidad, el salvajismo, y los cuerpos diseccionados y las partes corporales se combinaron para producir una especie de pesadilla erótica que al mismo tiempo reforzaba y subvertía la autoproclamada misión de defender la moralidad sexual (un modo de operar parecido a las actuales películas cruentas de los adolescentes, que también combinan el deseo y el placer sexual con el dolor, la mutilación, el desmembramiento y la muerte).
Y esto nos lleva a la relación del museo popular anatómico con la Ley (con L mayúscula). El museo de anatomía presentaba una interpretación jurisprudencial de la enfermedad y el deseo. El castigo por los delitos sexuales y por los delitos menores, y, por extensión, por el deseo sexual y por todos los demás apetitos, estaba escrito en el cuerpo y en cada una de sus partes. Los especímenes del museo representaban un manifiesto de transgresión moral. No había escapatoria: el espíritu estaba encarcelado dentro de la carne. Dichas nociones, debemos recordar, tuvieron una resonancia profunda en una sociedad en la que una parte considerable de su población sufría de sífilis, gonorrea y otras enfermedades (con pocos tratamientos eficaces), y las huellas del daño del deseo sexual eran desplegadas públicamente en su cara y cuerpo.
Las exhibiciones y justificaciones del museo popular de anatomía dramatizaban la ley. El museo tenía sentido para los usuarios debido a que la ley era su lógica cultural, la lógica cultural de su desempeño de la sexualidad, de la individualidad, de la clase social, del género y raza, entre otras cosas. La ley estaba dentro del museo (y dentro de los usuarios). Pero la ley –en este caso, literalmente, la estructura gubernamental de los códigos penales, los departamentos de policía, los tribunales y los juicios— también estaban fuera del inmueble. Y el museo estaba fuera de la ley. Era una institución paria y, para muchos de sus críticos, una patología moral: la enfermedad sexualmente transmitida se escenificaba como un burlesque, como una incitación al placer.
Decadencia y caída
El museo de anatomía era robusto. Como una flor del mal de resistencia perenne que deleitó al público. Entonces, ¿por qué murió? Bueno, para empezar, no eran pocas las personas que querían acabar con él. Desde el principio, los museos populares de anatomía atrajeron enemigos que objetaban la exhibición de cuerpos parcial y totalmente desnudos (y desollados parcial o totalmente), cuerpos de mujeres que superaban en número a los de los hombres. En 1850 el fiscal de distrito acusó a los propietarios de la Galería Anatómica de Nueva York –el primer museo popular de anatomía de la nación— por “exhibir figuras indecentes, lascivas y malvadas de hombres y mujeres desnudos, grupos repugnantes y obscenos, con actitudes y posiciones para la manifiesta corrupción de la moral, en abierta violación de la decencia y el buen orden”.
Ataques similares sobre los museos se produjeron a intervalos. La policía de Rochester, Nueva York, cerró el Museo Anatómico, Patológico y Etnológico Europeo, confiscando sus “representaciones obscenas” en 1874; los propietarios se mudaron a Buffalo, Filadelfia y Chicago. En 1888, la Sociedad Anthony Comstock para la Supresión del Vicio y la policía de Nueva York realizaron una campaña contra cuatro museos anatómicos de la ciudad, confiscando y destruyendo la mayor parte de sus objetos, además que dejó a tres de ellos fuera del negocio. Un jurado se negó a cerrar el Museo de Anatomía de Kahn, el más antiguo e importante de los cuatro.
La transcripción del juicio no sobrevivió, pero en sus notas, Comstock se quejó de que no se le permitió destruir algunas figuras de cera “de mujeres de tamaño natural, algunas embarazadas y otras más, además de 37 casos de inmundos penes”. Comstock no se dio por vencido: en 1896 abogó por una enmienda al código penal estatal que prohibiera todos los museos ilegales de anatomía y salvara a los “diseñados para médicos o estudiantes de medicina, cuando conserven sus usos o propósitos legales” (junto con la prohibición de las actuaciones de las mujeres que usaran medias). Este esfuerzo no tuvo éxito: al menos dos museos anatómicos aún funcionaban en Nueva York en las primeras dos décadas del siglo 20. Una prohibición similar se adoptó con éxito en la legislación de 1922 en Chicago como parte de una reorganización del código de procedimiento penal.
Estos esfuerzos de supresión de principios de siglo complicaron la vida de por sí difícil de los propietarios de los museos. Para entonces es probable que el museo popular de anatomía ya fuera historia. Un artículo del New York Times de 1895 puede utilizarse como marcador de una época pasada, la de “los días más oscuros” de la ciudad, “el periodo de los salones de baile y de los museos anatómicos surgidos ‘después de la [Guerra Civil]”, a pesar de que uno o dos museos permanecían en Bowery. En 1911, el Times se refería a la nostalgia de una era caracterizada por “lo pequeño y menos sofisticado, por el pueblo menos civilizado de la época de la bomba de agua, por los autobuses azules, por el pavimento de adoquines, el barro negro, las ostras en concha y la cáscara de naranja, las posadas Dew Drop y los museos anatómicos”. Así que, aun cuando los reformadores mantuvieron sus esfuerzos por prohibir los museos de anatomía, en muchos lugares éstos ya habían desaparecido o estaban en declive, en la decrepitud, en la oscuridad o a merced de las reformas.
Tomado de: Common-Place. Vol. 4. Núm. 2. Enero 2004.
Traducción y edición: José Luis Durán King.