Nabokov en Berlín

POR Lesley Chamberlain
Lugar de mudanzas constantes después de que su padre fue asesinado en Rusia por los bolcheviques, el Berlín que Nabokov descubre antes de su estancia definitiva en Estados Unidos, es un lugar mágico, rebosante de vicios y escaparates, fuente fértil para la literatura
Vladimir Nabokov estaba comenzando su carrera como escritor cuando vivió en Berlín. “Está claro, por un lado, que mientras un hombre escribe está situado en un lugar definido; no es simplemente una especie de espíritu que se cierne sobre la página… Una cosa u otra suceden a su alrededor”. La novela corta de 1934 Desesperación, de donde esta cita proviene, es densa ya en ironías, en comparación con las historias de la década anterior. Pero como éstas, Desesperación está salpicada de experiencias incidentales de Berlín, desde el trazo de la línea del tren en forma de S en el mapa hasta la comedia de un alemán hablando mal el inglés. Si el Berlín de Nabokov estuvo en su cabeza fue porque nunca lo inventó.
Nabokov vivió de 1932 a 1937 con su esposa y su hijo en Nestorstrasse 22, en la elegante y tranquila zona residencial de Wilmersdorf, comparable con el Chelsea de Londres. Esa mansión fue su verdadero hogar por primera vez después de los años reducidos de su adolescencia en Rusia. La década anterior en Berlín fue de mudanzas constantes de un domicilio alquilado a otro después de que su padre fue muerto a tiros por agentes bolcheviques en 1922. “Ese piso nuestro en una de esas casas construidas en un novedoso estilo moderno tipo caja no tenía mucho sentido…” Así el imaginado autor de Desesperación comentaba cuando su autor se mudó. El edificio era soso, con una torre mate de ladrillo y vidrio coronando la punta. El protagonista del siguiente gran proyecto de Nabokov, The Gift, que vivía en Agamemnonstrasse, pensaba que el aburrido arquitecto de su cuadra se había vuelto loco. Después de la guerra esas calles arboladas tuvieron que ser rescatadas de entre los escombros. (Una pequeña placa de bronce marca su resurrección en 1954). “El escritor ruso Vladimir Nabokov vivió aquí, 1932-37”, dice, pero a partir de 1999 puedes obviar fácilmente aquella tenue insignia, que se pierde en una fachada color marrón.
Sed de noche
Tal vez atar las obras de arte a su topografía original es vulgar y debe mantenerse la discreción. Pero la historia necesita a Nabokov. Durante sus años de formación artística, él vivió aquí en los años 20 y 30 del siglo pasado, describió agudamente cómo 300 mil emigrados rusos a Berlín sufrieron la vida después de la revolución bolchevique. Una ciudad con “un enjambre de golfos” (Desesperación) y aquí y allá “una urbe vagabunda con una prematura sed de noche” (The Fight, 1925). Aquí había miles de personas solitarias obsesionadas por la pobreza y la nostalgia. Divorcio o viudez sellaban su destino. En An Affair of Honour (1927), el cornudo Anton Petrovich va a través de las las mociones de un duelo clásico ruso sólo para encontrarse atrapado en un miserable hotel de Berlín después de que su oponente no se presenta. “Miró la felpa apolillada, la cama sin hacer, el lavabo y la habitación miserable… le pareció que sería el cuarto en el que tendría que vivir a partir de entonces… [Con] la puerta cerrada, tomó [un] sándwich con ambas manos, inmediatamente los dedos y la barbilla se le mancharon con la plasta de grasa y, gruñendo con avidez, comenzó a masticar”. Así el escritor imaginó la cruda germanización de un hombre perdido. Nabokov, para quien toda la vida a partir de 1917 contrastó con su infancia en una finca de Rusia, fue un perfeccionista, que se dio cuenta de que incluso su propia madre cayó de la gracia de los ricos. Milagrosamente, sus brutales reflexiones produjeron su propio tipo de belleza en las páginas.
“¿Y sabes que maravilloso compás produce el tren luminoso? ¡Todas sus ventanas sonríen cuando pasa por encima del puente sobre la calle! Probablemente no va más allá de los suburbios, pero en ese instante la oscuridad debajo de la envergadura del puente se llena de una música poderosamente metálica, que no puedo evitar imaginar la tierras del sol hacia las que pronto saldré”. (Una carta que nunca llegó a Rusia, 1925.) Luz de corazón y una tendencia al cuento de hadas era la clave. El rusianismo de aquellas fantasías visuales hoy todavía hace vibrar. Malevich con su deseo de unir la armonía campesina con la tecnología moderna, y los principios de los paisajes animados de Kandinsky y las alfombras mágicas de Chagall vienen a la mente.
Un mundo premoderno
Las rusias de Nabokov en Berlín, provenientes de un mundo menos moderno, son golpeadas por las luces brillantes y la vulgaridad de la gran ciudad occidental. De la misma carta de 1925: “Un cine destella diamantes… más adelante, una prostituta robusta de cabello negro camina lentamente de un lado a otro, deteniéndose de vez en cuando frente a un escaparate iluminado, donde una pintarrajeada mujer de cera muestra a los vagabundos de la noche su vestido corriente y la seda de sus medias color melocotón… Estoy tan animado que en ocasiones hasta me gusta ver gente bailando en la cafetería local, muchos compañeros de exilio de mi denuncia indignada… abominaciones de la moda, incluidos sus bailes. Pero la moda es una criatura de la mediocridad del hombre, de un cierto nivel de vida, de la vulgaridad de la igualdad, y denunciar significa admitir que la mediocridad puede crear algo (ya sea una nueva forma de gobierno o un nuevo tipo de peinado), y vale la pena hacer una alboroto”. Visual y socialmente este es el mismo Berlín del Berlín Alexanderplatz de Alfred Döblin (1929), pero lo que estos dos escritores hacen con ella define su carácter distintivo: una político, el otro un fabulador.
Cinco de los primeros cuentos de Nabokov (A Guide to Berlin, The Aurelian, Cloud, Castle, Lake, Spring in Fialta y Lance) aparecieron recientemente en una edición clásico de Reklam como Berlin Erzählungen. Al comparar los temas de Nabokov con los carteles de mediados de los años 20 en la galería nacional de la ciudad, uno puede ver cómo esas historias incorporaron los espectáculos de variedades, las jóvenes en busca de diversión y el cine de la época. Pero Nabokov dio a las viñetas de Berlín un giro adicional con su don de ver todo simbólicamente. Era un poeta ruso, influenciado por una atmósfera pre-revolucionaria. Su imaginería lúgubre-mágica me parece que es comparable con algunos de los poemas de su contemporáneo Mandelstam. Lo que lo empujaba hacia el realismo era una fascinación por la vulgaridad. Su Berlín posterior fue inundado por la publicidad de los artículos de consumo. Las marquesinas y anuncios de neón decoraban las calles. Los vicios de la cultura moderna fascinaban a Nabokov y más tarde casi lo abruman en Estados Unidos. Su preocupación macabra y dramática por las películas y el cine, marginada en la novela corta Laughter in the Dark, comenzó en Berlín y finalmente terminó en Estados Unidos, cuando Hollywood eligió a Sue Lyon como Lolita.
Bisutería ideológica
Cuando el consumismo y Hitler subieron juntos, Nabokov analizó las políticas totalitarias, a las que consideró estéticamente repugnantes. Se trataba de “otra bisutería anunciada con megáfono” de la Alemania que en 1937 condujo a él ya su esposa mitad judía, Vera, a dejar Berlín e irse primero a Francia y después a Estados Unidos. Fue una decisión difícil, ya que Berlín le convenía. Las novelas antitotalitarias Bend Sinister (1947) e Invitation to a Beheading (1938) fueron notables, sobre todo esta última, al no insistir en que las víctimas del totalitarismo eran héroes morales, sólo hombres de gusto. Nabokov, que veía en el arte la posibilidad de la redención, estuvo tentado a abrazar el gusto por el mal.
La ficción más breve de los años 20 y 30 contiene muchas reflexiones sobre el arte que él ya estaba practicando. El carácter errabundo del paraíso le preocupaba. Encontró lapsos de perfección en todo el material que llegaba a sus manos y analizó la criminalidad y la demencia, pero sobre todo la perversión sexual. El escritor en él comprendía cómo hábilmente esas desviaciones de un mundo bueno podían disfrazarse y seducir al lector. De ahí el narcisismo rampante del Hermann Hermann de Desesperación, quien, cuando hace de un vagabundo su doble, piensa que él puede “engañar a Némesis, ayudando a su sombra a salir del arroyo”. De ahí la perversión del seductor y asesino Humbert Humbert, quien, después de todo, deseaba sólo las piernas suaves de la niña, no las piernas velludas de su madre. Los protagonistas más famosos de Nabokov son criminales exigentes, que saben cómo convertir sus sueños culposos en ficciones de oro. Con ingenio e la imaginación nos hacen sentir que también estamos en el paraíso, aunque nuestro huésped sea el diablo.
El Berlín de la posguerra fue la ciudad caída para Nabokov, y conforme aprendió a transformar incluso las cosas más vulgares vio un mundo de encanto nuevo, así, en una autoexploración oculta encontró cómo hacer de sus narcisistas y pervertidos, de las mujeres que odian, así como sus sencillos perdedores, unos personajes adorables.
El valor de las bagatelas
Nabokov siempre supervisó a sus lectores sobre cómo no malinterpretarlo. En una historia de 1925, A Guide to Berlin, incluso explica su arte paso por paso. El narrador cuenta un amigo acerca de unas pipas estacionadas en la calle, habla de un tranvía, de un puñado de hombres en el trabajo y de una visita al zoológico y al pub. “Ésa es una guía muy pobre. ¿A quién le importa cómo abordó usted un tranvía y fue al acuario de Berlín?” El interlocutor obtuso, obsesionado con su propio punto de vista, echa de menos el tránsito de un reportaje a la poesía casi desde la primera frase. Al final, él tiene que decir cómo ese escritor mantendrá su lugar en la posteridad. En el pub, un niño que es alimentado en una habitación trasera observa una serie de puertas abiertas por el narrador, evidentemente un inválido de guerra. La escena pudo ser descrita por Bachmann, Grosz o Dix para documentar los males sociales. Pero interiormente el narrador es Nabokov, explicándonos cómo lo que el niño ve es su propio recuerdo del futuro. El escritor tiene una asignatura metafísica. Sentado en un tranvía de Berlín, Nabokov sabe que “cada bagatela será valiosa y significativa: la bolsa del conductor, el anuncio sobre la ventana, las sacudidas peculiares que nuestros bisnietos quizá podrán imaginar… Creo que aquí radica el sentido de creación literaria: retratar a los objetos ordinarios en los espejos amables de los tiempos futuros”.
En todas las obras de Nabokov, la bondad de la memoria recrea el Edén, al igual que la perversidad se arrastra en el suelo. Fue un escritor ruso, pero sin duda uno de los que seguramente el Proust de En busca del tiempo perdido fue su predecesor inmediato. Podemos perder nuestra capacidad para interpretar la bondad del mundo. Podemos ver sólo la oscuridad. Desesperación habla sobre “el túnel de la corrupción”, una imagen un tanto platónica acerca de cómo el bien puede desvanecerse. Nabokov señalaba que el título en ruso de la novela Otchayanie era un grito prolongado que no podía traducirse al inglés. Él cumplió con su tarea de encontrar bellas metáforas incluso para el mal. Véase de nuevo aquellas dos novelas políticas y, por supuesto, Lolita. El desastre de Rusia que destruyó su juventud él lo compara en Guide to Berlin con una estrella de mar en el fondo del océano. La estrella roja comunista se originó en profundidades que estarían de regreso. Tiempos que regresarán cuando ya  nadie recuerde “aquellas estúpidas utopías y todo lo que nos perturba” y la estrella de mar seguiría “moldeándose” entre grandes sumersiones.
Nabokov escribió sobre cómo Berlín atraía el ojo refinado, con sus trenes de todas partes, sus escaparates, sus vendedores de tarjetas postales en la Puerta de Brandeburgo y sus cómicas estatuas en la azotea, y de cómo todo puede convertirse en un material para reconstruir un Edén de la mente privado, redentor. Debajo del piso donde Nabokov vivió en Nestorstrasse ahora hay un pub que se llamar Die kleine Weltlaterne, La Pequeña Linterna del Mundo. No es una mala coincidencia.
Tomado de: Standpoint. Julio/agosto 2010.
Traducción: José Luis Durán King.