Neal Cassady: el eterno wannabe

POR Iván Ríos Gascón
Su gesto adusto, su experiencia en la cárcel y un físico que no ocultaba la batalla diaria por la vida, no impidieron que durante 20 años Neal Cassady mantuviera una relación afectiva con el poeta beat Allen Ginsberg quien, al romper, simplemente dijo: “Neal siempre prefirió las chicas”
Todo mundo recuerda a Jack Kerouac por su emblemática novela En el camino, pero pocos (o casi nadie) reparan en que sin Neal Cassady, Kerouac habría tenido que conquistar la fama con otro de sus libros, quizá con Los vagabundos del Dharma o con La vanidad de los Duluoz o con Tristessa, porque En el camino nació de la peregrina ocurrencia de Cassady por cruzar la Unión Americana a bordo de un Cadillac y un Dodge desvencijados, pues mucho más que Kerouac, que Burroughs o Allen Ginsberg, Cassady encarnaba al auténtico beatnik.
Oriundo de Salt Lake City, Cassady pasó la mayor parte de su juventud en Denver, y fue huésped asiduo de las jaulas, ya que desde la adolescencia se había especializado en el robo de autos. Su primer contacto con la banda beat ocurrió en 1946, cuando al salir del reformatorio de Nuevo México, se matriculó en Columbia para estudiar el pensamiento de Friedrich Nietzsche, inquietud que le inspiró la lectura de las obras completas de Schopenhauer, el único analgésico al que tuvo acceso en sus temporadas a la sombra.
Cassady impactó a Kerouac desde el primer encuentro. Sucedió en una buhardilla del Harlem hispano, a la que acudió acompañado por Hal Chase, quien le había dicho que el tal Cassady era un iluminado. Quizá es por ello que Kerouac imaginó que un convicto experto en filosofía sólo podía ser una especie de nerd ilustrado o un místico enfermo de claustrofobia o una criatura con síndrome de visionario. Pero estaba equivocado. El que abrió la puerta del cuchitril fue un tipo torvo y fornido, con ojos azules y facha de boxeador (por la nariz rota y otras huellas de combates carcelarios) que, totalmente desnudo, los recibió con una charla interesante, ya que a pesar de su innegable entrenamiento intelectual aún conservaba los detritos de la vulgaridad propia de los red neck.
La amistad creció rápidamente. Y aunque Cassady era un tipo sobrado de malicia, su mayor debilidad radicaba en la ambición por convertirse en un gran escritor, y Ginsberg tomó ventaja de ese anhelo. Lo sedujo, lo enamoró y lo confundió como a cualquier belleza pueblerina: con rollos literarios, lecciones y consejos, se forjó una compleja relación que duraría veinte años, de 1947 a 1967, y que no se rompió por el matrimonio de Neal con Carolyn Robinson sino porque, como el propio Ginsberg dijo décadas después, “Neal siempre prefirió a las chicas”.
Giro místico
De cualquier modo, Cassady no estaba tan perdido. La relación epistolar que mantuvo con Ginsberg (publicada en español bajo el título de Cartas de amor ambiguo) reflejó a un genuino prospecto de escritor, un lírico que relataba con imágenes brillantes su rutina laboral como guardafrenos ferroviario, mezclada con las experiencias del porro protector: “hinchándome con todo el aire enyerbado que mis pulmones podían contener y justo antes y durante la liberación del aliento retenido un minuto y varios segundos privado ya de sus cualidades vegetales por mis ávidos pulmones y tensos labios, en cuyo instante se despliega el giro místico en la cima del cráneo y vuelve de cabeza hacia abajo hacia los pies recorriendo los nervios con un impulso apaciguador y las compuertas del asombro están abiertas y todo lo que se ve maravilla y desconcierta para manufacturar una idea que mueve a uno a lanzar un sonoro y suave «¡ooohhh!»”
Ooohhh es la apropiada interjección para la vida de un eterno wannabe: el vagabundo que inspiró a Dean Moriarty de En el camino y a Cody Pomeray en otra novela de Kerouac, Visiones de Cody; el amigo íntimo de Ken Kesey y los Merry Pranksters; el chofer del Furthur, el autobús del que habla Tom Wolfe en Ponche de ácido lisérgico; el protagonista de las canciones “The Other One”, “That’s It For the Other One” y “Cassady” de los Grateful Dead, y el gringo buscavidas que el 3 de febrero de 1968 acudió a una boda en San Miguel Allende, su pueblo favorito. Ahí bebió unos tragos (circula una versión que afirma que también tomó una buena dosis de seconal) y quedó tendido en las vías del tren. La paradoja de su muerte radica en que ocurrió en los ejes amor‒odio que tenía en la vida: México y los ferrocarriles, la grandeza inspiradora y la irremediable condición de proletario.
El wannabe sólo escribió su autobiografía The Third One, el epistolario con Allen Ginsberg y otro redactado desde la prisión. Y quizá nunca lo supo, pero estuvo muy cerca de ser un magnífico escritor.