Affaire McEwan/Andrews: el dilema entre la inspiración y el plagio

POR Iván Ríos Gascón

 Aunque por su narrativa existencia desgarradora y furibunda es considerado uno de los tres escritores más representativos de los Young British Novelists, Ian McEwan ha sido sospechoso de haber plagiado una de las partes constitutivas de su novela Expiación
Aunque nació en 1948, Ian McEwan pertenece a la llamada generación de los Young British Novelists. Junto con Martin Amis y Julian Barnes, McEwan completa el triunvirato de los escritores británicos más exitosos, ya que su obra, como la de sus dos contemporáneos, proviene de una narrativa existencial desgarradora, furibunda y sutilmente perversa.
Autor predilecto de los lectores insumisos, que han hallado en los libros de McEwan una especie de literatura alternativa, y galardonado en innumerables ocasiones, ninguno de sus libros desmerece en su ingente e interesante producción. Sus grandes obras, como Primer amor, últimos ritos (premio Sommerset Maugham), Niños en el tiempo (premio Whitbread y premio Fémina), Amsterdam (premio Booker) y Expiación (que obtuvo el WH Smith Literary Award, el People’s Booker y el Commonwealth Eurasia), no ensombrecen a otros títulos como Entre las sábanas, El inocente, Los perros negros, Amor perdurable o Sábado, porque McEwan es un estilista inteligente y minucioso, cuya maestría radica en una prosa que impone el desafío de contemplar el opresivo espacio de la incertidumbre, la ironía y las paradojas de la condición humana. Quizá es por ello que, a pesar de ser la novela menos valorada por sus admiradores, Amsterdam posee un discreto encanto: en la aparente chabacanería de la disputa entre los viejos amigos Clive y Vernon, la meticulosa descripción de los territorios vitalistas que componen la novela (el mundo exterior e interior de ese par de mediocres y egoístas, que luchan por la potestad amorosa de la difunta Molly Lane), Ian McEwan presenta una fábula moral sobre la inmoralidad, cuyos ejes son la envidia, la codicia, los celos y el rencor. Estos elementos también están presentes en los cuentos de Primer amor, últimos ritos, un auténtico desfile de idiotas, depravados y exhibicionistas, o en El inocente, donde la educación sentimental de Leonard Marnham, alterna con la sordidez y la maldad del belicismo y el espionaje, o en Niños en el tiempo, donde Stephen Lewis pierde a su hija, y vuelca su vacío afectivo en una obsesión que destruye todas sus expectativas, sus deseos, su vida misma.
Por tanto, el paisaje predilecto de McEwan es el caos de un mundo que se desgaja, que se pudre y se hace polvo, como el Dunquerque de Expiación, la novela que a mediados de 2007 fue objeto de una absurda acusación de plagio, ya que, sostenía el quejoso, se trata de una copia de No Time For Romance, las memorias que Lucilla Andrews publicó en 1977.
Un fabuloso híbrido intertextual
De acuerdo con la albacea de Andrews, una escritora de novelas rosas convenientemente muerta (falleció el 3 de octubre de 2006, no sin haber leído Expiación y cuyo único reclamo hacia McEwan consistió en que la autora deseaba un crédito más ostentoso como fuente bibliográfica pero no entabló demanda alguna), McEwan plagió los episodios de hospital de No Time For Romance, aunque esto fue aclarado desde la publicación del libro. Honesto, hierático y amable, como todo gentleman, McEwan declaró incansablemente, que la escritura de Expiación no sólo fue posible gracias a una exhaustiva investigación sobre la derrota del ejército inglés por las tropas alemanas en Dunquerque, sino que también recurrió a dos inspiradoras y potentes voces: las anécdotas orales de su padre (quien participó en la histórica refriega), y la crónica de ciertos recursos médicos que hoy resultan obsoletos, pormenores que Lucilla Andrews anotó en su libro, pues ella fue parte del equipo de enfermeras de Florence Nightingale.
El contexto de Expiación, que relata las andanzas de Briony Tallis, una chica con múltiples virtudes entre las que destacan ciertos destellos literarios a lo Virginia Woolf, transcurre en la Inglaterra de 1935, un escenario del que McEwan exalta su extraña polarización: desde una perspectiva, aquella tierra sólo es una isla acechada por la guerra. Desde otro punto, es un imperio que contempla con horror, su repentina fragilidad, su inminente decadencia. Así, Expiación es una novela que contiene a otras novelas (la romántica historia de un amor imposible, el relato jeroglífico de una guerra infame, y una crónica costumbrista de la Inglaterra de principios del siglo 20), donde al puntilloso estilo de McEwan se incorporan los ecos tenues de Jane Austen y, obviamente, la joven Virginia Woolf, concibiendo un fabuloso híbrido intertextual que recrea las dilemas morales y las crisis ontológicas de la sublime Briony Tallis.
El límite de la imaginación
Entonces, ¿es Expiación una novela histórica o un texto de ficción? Definitivamente, es ambas cosas, por lo que para defenderse de la oportunista y sospechosa acusación de plagio, McEwan ha expresado lo siguiente: “Al autor de una novela histórica le puede ofender su dependencia del documento escrito, de las memorias e informes de testigos. En definitiva, de las palabras de otros escritores, pero no hay escape: Dunquerque o un hospital en tiempos de guerra se puede materializar novelísticamente, pero no se puede reinventar” y, siguiendo estas ideas, nosotros podríamos decir que, en efecto, el dilema entre la inspiración y el plagio siempre pende de una cuerda floja: cuando la literatura busca la recreación de un hecho real, la imaginación tiene un límite concreto, porque el narrador está impedido para fantasear el vértigo, el espanto o la ansiedad que prevalece en la memoria de los sobrevivientes. Pero en el plano narrativo, debíamos puntualizar que la originalidad y el rigor del trabajo de Ian McEwan no requiere ideas ajenas, y mucho menos del talante de una escritora como lo fue Lucilla Andrews, cuya obra, en todo caso, sí explotó los manierismos de su colega Nigthtingale: el complejo de la enfermera gazmoña y cursi, la patología del ángel de la guarda que se enamora de todos sus pacientes. Y la obra de McEwan es exactamente lo contrario: en sus libros no hay ensueños ni ilusiones, no hay rosas ni gladiolos, porque el mundo del que escribe siempre se desgaja, se pudre y se hace polvo.