Ajenjo: la sonrisa de una diosa esmeralda

POR Ximena de la Cueva

 Invitada permanente de los poetas malditos, la fée verte, el hada verde, la absenta, se paseaba por las salas, bares y cafés donde tentación, vicio, mito y alucinación eran términos atractivos buscados entre las pieles de los presentes
Hablar del absinthe es, de entrada, tener una lista de posibilidades fonéticas que puede adaptarse a la hora de la noche y al momento de tomar una copa con su gama de posibilidades. El ajenjo, absinte o absenta, es una de las llamadas bebidas espirituosas, elaboradas mediante destilación a partir de la Artemisa absinthium, llamada en 1600 la madre de todas las plantas por sus capacidades curativas, como febrífugo o vermífugo, para enumerar un par, ya que actúa directamente sobre las mitocondrias o cambia la ruta de generación del atp (adenosín trifosfato), productor de energía. A partir de ahora podemos imaginar al ajenjo navegando por el torrente sanguíneo y provocando las más diversas reacciones, si además se le mezcla con una buena dosis de nociones culturales y en una de esas noches que inician a las 5 pm.
El camino de VerlaineFOTO: 
En esta cruzada, el sayal no quedará cubierto de vieiras, sino de imágenes y sensaciones, encuentros y desencuentros no siempre demenciales. La historia semioculta del ajenjo, habla de la producción de una bebida alcohólica, inicialmente en Suiza, que a lo largo de 1800 y los primeros años de 1900 resultaba mucho más barata que cualquier otra, si además se considera su altísima graduación alcohólica (hasta alc. 50% vol), lo que permitía alcanzar niveles de embriaguez “alternativos” en lapsos y condiciones novedosas.
Por otro lado y para ayudar a conformar el mito, la ingestión de la absenta se acompañaba de un proceso que implica el uso de cierta cantidad de minutos, ingredientes y utensilios. Una copa de ajenjo se bebe después de colocar sobre ella una cuchara metálica, preferentemente de plata, con un terrón de azúcar al que se baña lentamente con agua helada, a fin de que se diluya y se precipite lentamente sobre el amargo líquido que transmutará de color. El aroma se siente al mismo tiempo agredido y estimulado y libera el ya de por sí inconfundible carácter oloroso del tayuno (thajune), un psicotrópico presente en la artemisa que habita el ajenjo.
La presencia de la absenta en la vida de los poetas y pintores europeos, particularmente franceses, en el siglo 19 y principios del 20, enriqueció el mito de las propiedades de la artemisa, antes limitadas a las curativas. Al parecer, cuando el consumo de ajenjo empezó a popularizarse, la elaboración se llevaba a cabo en pequeñas destilerías, con alcohol de mala calidad para producir una bebida espirituosa que pudiera contrarrestar las otras opciones del mercado. A Dionisos le tocó poner su grano de arena y una plaga de pulgón y de filoxera en los viñedos provocó una importante reducción en la producción vitivinícola, así que la propagación en la compra de ajenjo cobró aún más vida.
Las explicaciones en torno a la búsqueda cada vez más intensa de la absenta no tardaron en aparecer y los efectos en los artistas y creadores tampoco se hicieron esperar. Más de una vez se ha culpado, con todo el peso de la moral bíblica, al consumo de ajenjo del uso de arma de fuego de Rimbaud contra Verlaine cuando eran amantes, o de la feroz operación de Van Gogh para deshacerse de su oreja. La cuestión es que el acceso era sencillo, la cartera no adelgazaba tanto y el empleo de otras sustancias para acompañar el viaje de las 5 de la tarde, l’heure verte (la hora verde), resultaba muy común, así que las atribuciones apocalípticas que se le imputan rayan, una vez más, en el terreno de la fantasía etílica. Su contenido de tuyona (thujone) fue otro argumento para explicar la dependencia a su consumo y un par de consecuencias criminales, pero el contenido más importante y capaz de generar estados alterados de conciencia por consumo de ajenjo, no es precisamente el absinthĭum, sino el alcohol y la cantidad de copas en un solo organismo.
Así fue como empezó a aparecer la fée verte, el hada verde; de pronto se paseaba por las salas, bares y cafés donde tentación, vicio, mito y alucinación, eran términos atractivos, buscados entre las pieles de los presentes. Para ser consecuente con su condición, esta hada color esmeralda surge cuando hace acto de presencia la visión etérea, y uno de los caminos a su encuentro se adereza con el ritual enlazado con la preparación de una copa de ajenjo. En este ambiente queda claro el origen de la denominación bebida espirituosa, pues el vapor que exhala se enreda en la cintura del hada y ambos se dirigen al corazón de quien decide dar un par de tragos; entonces resulta casi imposible no fundirse con el momento, más aún si conocemos nuestra capacidad volátil y la facilidad de nuestro espíritu de combinarse con el de una bebida esmeralda. Aquí las posibilidades de la creatividad y su variedad de crímenes y transgresiones cobran sentido estético y abren las posibilidades a encuentros donde la palabra y el color son protagonistas.
En el peregrinaje, al lado de la verde compañera, está también la absenta apocalíptica, una estrella que amargará las aguas del planeta. El tercer ángel provocará su descenso en llamas y caerá sobre la Tierra para amargar un tercio de los ríos y los manantiales; ante la promesa, podemos ver a Verlaine, Rimbaud y a la familia entera, se dispusieron a hacer abluciones y rituales para apresurar su llegada y poder simplemente abrevar en cualquiera de estos torrentes.
  
El síndrome de la economía sedienta

Así como un buen día floreció la primera destilería donde formalmente se producía ajenjo a finales de 1700, así surgieron los pedidos. La propiedad pertenecía al mayor Dubied, quien la llamó Dubied Père et Fils y empezó a trabajarla con su hijo Marcellin y su yerno Henry-Louis Pernod. Dubied se había mudado a Couvet, Suiza, para alejarse de los encuentros revolucionarios en Francia y encontró que el paso del ajenjo, después de haber sido usado como remedio para todo tipo de mal, por el doctor Pierre Ordinaire, debería perfilarse hacia el bienestar en un sentido diferente. La producción fue en aumento y también surgieron numerosas destilerías en otros países para satisfacer la voracidad europea.  
Después de cruzar el Atlántico, el ajenjo se instala particularmente en Nueva Orleáns, donde se abrió el Old Absinthe House, en la calle Bourbon, por si faltaba alguna referencia; el sitio fue visitado por Sinatra, Roosevelt, Twain, Wilde y Aliester Crowley, todos con la idea de encontrar la ciudad esmeralda transportados por un tornado de ajenjo amargo transformado por la dulzura de Dorothy.
En Europa hay investigaciones que afirman que los vitivinicultores, una vez recuperados de las plagas, quisieron también recuperar el mercado, casi inundado por las botellas de la diosa verde, y por ello forzaron su prohibición. La historia del crimen relacionado con el consumo de absenta fue el mejor vehículo y la ilegalidad de producir, vender o consumirlo se volvió una realidad en 1915, en más de 12 países, dentro de los cuales no están ni el Reino Unido ni España, pero sí Estados Unidos. A partir de entonces se elaboraron otras bebidas anisadas a las que se agregaban otras hierbas “inofensivas”, pero no lograron el éxito del ajenjo; en 1910, cuando Francia tenía 22 millones de habitantes, hay registro de que se consumieron 36 millones de litros de esta bebida.
Y lo mismo que la prohibición fue abarcando territorios, la liberación para la venta y producción también ha ido ganando espacios a lo largo de la primera década del siglo 21. Actualmente se le promueve como un estilo de vida, lo que resulta consecuente con la búsqueda de confort y socialización sin compromisos; los grupos de intercambio de parejas tienen, entre sus encantos, la oferta de botellas de ajenjo a precios exorbitantes.
Destilar alucinaciones y seguir el hado
Por otro lado, sabemos que son precisamente las ausencias las que a veces generan alucinaciones, y ahora que Modigliani, Rimbaud, Alfred Jarry y hasta Aleister Crowley están sólo en nuestra memoria y en sus geniales producciones, el hada verde nos atrae y se nos confunde entre los labios para mostrarnos sus facultades provocativas. Buscamos cumplir con el verso de Omar Khayyam:
¡Bebedor, urna inmensa! Ignoro quién te modeló;
sólo sé que puedes contener tres medidas de vino
y que mañana te romperá la muerte.
Y ser capaces de apropiarnos de un símbolo del siglo pasado, matizado de historias apasionadas y eternas madrugadas.
En Internet puede comprarse una botella por 16.49 libras o cientos de dólares, con la promesa de reproducir, además del método de elaboración, la situación sensual de aquellos artistas de los siglos 19 y 20.
La explosión de la exploración de las posibilidades de sabores y sus juegos en el paladar es probablemente lo que esté haciendo que el ajenjo resucite; la cantidad de sustancias prohibidas que hoy se conocen y sus temidos efectos dirigen la búsqueda hacia estados alterados de consciencia mediante opciones diferentes, donde la estética y el placer recibido por la lengua se coloca cerca de las puertas del corazón. Y tal vez también por eso mismo plantamos hierbas aromáticas en los departamento, para cocinar una pasta, que asistimos a sesiones relajantes para recuperar las horas perdidas y resguardarnos de los pesares y oscuridades la carga monolítica de la existencia.