Balzac: la mano que escribe

POR: María Dolores Bolívar
Los vínculos cósmicos de las constelaciones artísticas conforman mapas que luego conducen a las realidades escurridizas de la cultura, de la creatividad. La lista de nacidos en este mes reúne a varios grandes

Agosto es, sin duda, una veta literaria, aunque justiciera, da y quita. Comparten luna al nacer Johann Wolfgang Von Goethe, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar; pero en la constelación mueren  Friedrich Nietzsche y Honorato de Balzac. Tal vez la fuerza del solsticio dé para remover pasiones y afectar historias. La época del año no transcurre sin unas cuantas canalladas. La polémica ejecución de los inmigrantes anarquistas italianos  Ferdinando Nicola Sacco y Bartolomeo Vanzetti, en Massachusetts, emplazada en una época de fobias antiinmigrantes que produjeron, además de los actos de odio,  huelgas y protestas masivas desde Nueva York hasta Tokio, en contraparte. El  juez Webster Thayer, (1857-1933) no obstante, no murió a causa de ninguno de los muchos atentados perpetrados en su contra sino de embolia cerebral, a los 75 años.

Honorato de Balzac, eternizado en Eugene de Rastignac, el personaje de un estudiante de medicina que renunció a las leyes para escribir cientos de textos, murió a los 51 el 18 de agosto de 1850.

Honorato nació en Tours, Francia, en 1799. De Rastignac nació en París, en el contexto de la primera década del 19. Quizás el rasgo más interesante de su obra radique en la incomprensión que lo rodeó, es decir, en un medio dominado por la estética romántica que su obra desmitificó, con soltura abundante y realismo de aguda sátira y amarga ironía. Tanto en Balzac como en De Rastignac no podemos dejar de ver el ojo crítico, la profusa imaginación y la sencillez con que retrató a quienes poblaron su entorno cotidiano, de manera directa y hasta despiadada. Decir Balzac, es decir crudeza, y asumir las fealdades humanas, asimilándose a la realidad infalible de personajes cuya naturaleza mezquina suele tomar el sitio de los ideales inalcanzables.

Y Vautrin (su verdadero nombre es Collin), el personaje maldito, es esa suerte de alter ego del humano; tentación o flaqueza. En Vautrin, el mal no asume una personificación maniquea de lo que cualquier hombre medianamente sensato tendría por fuerza que rechazar. Vautrin se muestra a sí mismo en el fondo de nuestros espejos, a la vuelta de las dudas, entrometido de modo tal en nuestros asuntos que casi no conseguimos reconocerlo en su lid engañosa, confusa, seductora. Con la misma dedicación con la que los románticos ensalzaron el amor, el patriotismo o la muerte, Balzac convirtió en temática de su Comedia humana la codicia, la avaricia, la mediocridad, la infamia. Vautrin conlleva la misión de evidenciar la hipocresía de la sociedad parisina. En su naturaleza canalla se dan disimulos y apariencias que lo igualan a quienes sólo camuflan su naturaleza corrupta.

Entre 1814 y 1829, durante 15 años, desarrolló su obra al amparo de un pseudónimo. El último chuan (1829), La fisiología del matrimonio (1829) y La piel de zapa (1831) constituyen su obra firmada, hecha de personajes que transitan de un libro a otro, entre páginas y pastas que actúan no como límites sino, cada una, como plataforma de proyección –algo que volvió parte de su estilo a partir de La búsqueda de lo absoluto.

Para dar rostro a la sociedad de su tiempo, Balzac emborronó y pulió cientos de páginas. Periodista nato, llevó el registro de los acontecimientos relevantes que lo rodearon, pero no los enumeró de manera escueta. A su crónica de la realidad la nutrió de nombres y rostros, de detalles reveladores, de puntos de referencia reconocibles y, por el impacto que estos producen en conjunto, escalofriantes.

Cuando el escultor Augusto Rodin realizó la escultura de Balzac, el escritor ya había muerto. El colado en bronce del original que hoy se encuentra en el punto donde se encuentran los bulevares Raspail y Montparnasse, en el corazón del París, no llegó ahí sin contratiempos. Las Societé de Gens de Lettres, encabezada entonces por Emile Zola, eligió en segunda instancia a Augusto Rodin para esculpirla. La irreparable muerte de Henris Mapus había obligado a los doctos de la sociedad a considerar nuevos candidatos. La polémica derivó en la colocación de una capa/abrigo sobre el cuerpo desnudo, no sin dejar a manera de explicación pendiente el desdibujamiento del cuerpo y el rostro por cierto carácter conceptual de la escultura. Parecería imposible comprender la caracterización del personaje no como una réplica fiel de su fisonomía sino como la captura crítica de su monstruosidad creativa.

La mano de Balzac, moldeada a petición de él, es la única parte de su cuerpo que se conserva mostrando a cabal fidelidad su piel, sus rasgos reales.