Bela Kiss: Barba Azul en Budapest

POR Opera Mundi
 A principios del siglo 20, los anuncios de corazones solitarios se convirtieron en un virtual correo de las parcas en Hungría, cuando decenas de mujeres cayeron rendidas ante hombre seductor que gustaba almacenar a sus víctimas en contenedores repletos de metanol

Hungría, primeros años del siglo 20, el joven Bela Kiss ocupaba una casa de la calle Kossuth que había rentado en las afueras de Cinkota, un pueblo tranquilo cercano a Budapest. Kiss era un hombre bien parecido de cabello rubio y ojos azules, que se ganaba la vida como hojalatero y que en 1914, cuando contaba con 37 años de edad, fue llamado a cumplir con su servicio militar.
Bela Kiss no sólo había aprendido de manera didáctica el oficio de hojalatero, también era un lector voraz y un excelente conversador sobre arte, literatura e historia. Sin estudios formales completos era una de las personas más educadas e inteligentes de Cinkota. Por lo mismo era considerado por sus conocidos como un joven amable y trabajador responsable. A todos agradaba y era calificado por las mujeres del pueblo como el soltero más codiciado.
Sin embargo, Kiss al parecer no tenía ninguna prisa por casarse, percepción que se reforzó cuando contrató los servicios de la señora John Jakubec, una mujer mayor, para realizar las labores domésticas que normalmente correspondían a las esposas.
Por sus dimensiones geográficas pequeñas, Cinkota tenía una oferta limitada de compañías femeninas, por lo que Kiss rentaba un departamento en Budapest, desde donde colocaba y contestaba anuncios de clubes de corazones solitarios. Pronto, la gente del pueblo se percató que diversas damas provenientes de Budapest pasaban algunos días en la casa de Kiss en Cinkota, aunque a nadie, ni siquiera a la señora Jacubek, le fueron presentadas esas mujeres, quienes llegaban y se iban rápidamente.
Mujeres en conservas
El doctor Charles Nagy, detective en jefe de la policía de Budapest, recibió una llamada alarmante en julio de 1916; un casero de Cinkota creía haber descubierto la evidencia de un asesinato en una de sus propiedades. El casero explicaba que un soldado llamado Bela Kiss le había rentado una casa en la calle Kossuth, pero había rumores de que el soldado había sido hecho prisionero de guerra y que incluso había muerto en el campo de batalla, por lo que las rentas se habían atrasado. El casero acudió a la casa para ver qué reparaciones eran necesarias antes de dejarla en buenas condiciones para rentarla nuevamente. Afuera del inmueble encontró varios botes metálicos de gran tamaño. Al destapar uno de ellos, un olor nauseabundo emanó de él. Un químico que vivía en la casa de al lado dijo que era el olor inconfundible de un cuerpo humano en descomposición.
El casero llamó inmediatamente al doctor Nagy, solicitando que investigara. La casa no se rentaría hasta que el asunto fuera resuelto. Nagy llamó a sus dos mejores detectives, quienes se dirigieron hasta el todavía tranquilo pueblo de Cinkota. Al llegar al domicilio referido, el dueño los recibió. Sin embargo, la señora Jakubec, quien había prometido salvaguardar las pertenencias de su patrón, estaba furiosa y gritaba a los policías que dejaran en paz la propiedad del señor Kiss. Todo fue infructuoso, Nagy fue hacia uno de los botes, lo abrió y confirmó sus peores sospechas. Adentro estaba el cuerpo de una mujer, de la que sólo destacaba una larga cabellera oscura. También, flotando en el líquido, estaba la ropa con la que había sido estrangulada. El cuerpo se había preservado en metanol.
Al ser interrogada, la señora Jakubec dijo estar impresionada por el contenido de los botes que Bela Kiss había traído a su casa antes de la guerra.
Cuando los policías examinaron los otros seis botes encontraron dentro de ellos igual cantidad de cuerpos de mujeres. Todas habían sido estranguladas. Una vez que los especialistas forenses arribaron a la escena para hacer sus investigaciones correspondientes, los detectives comenzaron a buscar dentro de la casa, así como en los terrenos circundantes, encontrando más cadáveres. Cada una de las víctimas, incluso las que habían sido sepultadas, había sido preservada en alcohol. Por esta razón, los cuerpos eran bastante reconocibles y ahora sólo faltaba dar nombre a cada uno de los restos.
La habitación secreta
Enfrentando el caso más importante de su carrera, el detective Charles Nagy notificó al ejército que el soldado Bela Kiss, aun si estuviera en el frente, debía ser arrestado de inmediato. Después detuvo e interrogó a la aterrorizada siervienta. Intrigado sobre si el sospechoso pudiera tener un cómplice, habló con las autoridades de correo y telégrafos para que toda la correspondencia dirigida al señor Kiss fuera remitida al agente Nagy. Sin embargo, muchos factores complicaron la investigación más de lo normal. Miles de soldados húngaros estaban prisioneros y el ejército se encontraba en una fase de gran desorganización. Además, los nombres de Bela y Kiss eran extremadamente comunes entre los húngaros.
El doctor Nagy optó por enfocar su atención en la señora Jakubec, quien había mantenido la casa inmaculada durante dos años. “Por favor, señor”, Jakubec dijo, “yo no sabía nada de estas cosas terribles. Conocí al señor Kiss como un hombre amable y que me pagaba bien”. La señora mostró a los detectives la habitación de Bela Kiss, la cual aparentemente no agregaba nada a la investigación. Pero Nagy se percató de una puerta que estaba cerrada con llave.
“Es la habitación secreta del señor”, dijo el ama de llaves. “Desde un principio me prohibió entrar ahí”.
La señora Jakubec fue por el llavero y eligió una llave que lucía antigua, con ella abrió la puerta. El cuarto estaba repleto de libreros, además de un escritorio y una silla. En el escritorio, Nagy encontró un grueso volumen de correspondencias entre Bela Kiss y varias mujeres, así como un álbum con fotografías de más de 100 mujeres. En ese momento, el jefe de la policía presintió que el número de víctimas podría ser más elevado de lo que había calculado en un principio. Había cientos de cartas, archivadas en 74 paquetes. Todas las mujeres le habían escrito después de leer el anuncio que Bela Kiss colocaba en los periódicos. Todas querían matrimonio. Bela Kiss había recibido más de 174 propuestas de matrimonio. Kiss había defraudado a la mayoría de esas damas y algunas cartas se remontaban al lejano año de 1903.
Nagy examinó los libros de la habitación y se sorprendió de que muchos de ellos se referían a métodos de envenenamiento y estrangulación. Pero lo más sorprendente de todo es que nadie, en un lugar tan pequeño como Cinkota, se hubiera percatado de la febril actividad asesina de Bela Kiss.
Un hombre elusivo
Bela Kiss escogía para sus propósitos a mujeres adineradas y solas o, por lo menos, que no tuvieran amigos o familiares cercanos que pudieran crear problemas a futuro. En el lapso de unos cuantos meses, el doctor Nagy contaba con las evidencias suficientes para acusar a Kiss de 30 asesinatos; pero aun así, sólo una de las siete víctimas halladas en los contenedores de la casa de Kiss había sido identificada. La captura del monstruo de Cinkota resolvería gran parte del enigma. Pero, ¿dónde estaba Bela Kiss?
En los años siguientes, Bela Kiss se convirtió en un espectro para el doctor Nagy y su equipo de detectives, quienes siempre estuvieron un paso atrás de su objetivo. En 1916, el reporte de un hospital serbio decía que Bela Kiss había muerto tifoidea. Un mensaje ulterior decía que Kiss estaba vivo y recuperándose en el hospital. Al llegar la policía, el paciente de la cama indicada estaba muerto. De alguna manera, Kiss había colocado un muerto en el lecho donde él había estado recuperándose de una herida de guerra. En 1920, un miembro de la Legión Extranjera francesa reportó a la policía a un hombre con los rasgos de Bela Kiss. Cuando la policía investigó, el presunto sospechoso había desertado sin razón aparente. Después se dijo que había sido apresado en Rumania por robo. Otro mencionaba que había muerto de fiebre amarilla en Turquía. Uno más se refería a que había sido visto en 1932 en la estación del metro de Times Square.
Lo cierto es que Bela Kiss, independientemente de cuál haya sido su destino, comparte con Jack el Destripador las oscuras hazañas de una fiebre homicida que nunca fue castigada por la ley. El caso de Kiss, sin embargo, es aún más extraño, ya que fue un asesino con rostro, nombre y domicilio que pareció evaporarse en el aire.
Fuentes: www.crimelibrary.com y Wikipedia, the Free Encyclopedia.