Calderón: la hora de las confesiones

POR Alfredo C. Villeda


s la hora de las confesiones en materia de inseguridad. Ha fallado la estrategia en cuanto a información gubernamental relativa a la lucha anticrimen, reconoce el Presidente, y sólo parece darse cuenta después de que sus colaboradores disparan cifras distintas de hechos iguales. Un encabezado periodístico obliga a los responsables a aclarar el entuerto y así se percatan de que, a diferencia de los medios, ellos no han dado a conocer sus criterios para contar a los caídos. Su jefe pondera que el crimen sí ha sabido difundir mensajes y por diversas vías. Tres años y medio más tarde.
Esta lucha contra la inseguridad, en otros países, está regida no por una necesidad marcada a partir de altos índices de violencia, no por lo menos comparables a los mexicanos. Pero sí por una necesidad política. En Francia, por ejemplo, Nicolas Sarkozy ha echado mano del gastado recurso del nacionalismo, expresión apenas diferenciable de racismo en el discurso de ese mandatario desde las elecciones de 2007, para lanzar su propaganda disfrazada de combate a la delincuencia.
Mientras su esposa italiana actúa para Woody Allen en locaciones parisienses, Sarkozy retoma el discurso que lo llevó al Palacio del Elíseo y propone quitar la nacionalidad francesa a ciudadanos de origen extranjero que atenten contra las fuerzas del orden y prisión de 30 años en caso de asesinato. A una semana de dar a conocer su proyecto, una mayoría está de acuerdo con él y le compra la falacia de que son los foráneos quienes delinquen.
Esa estrategia anticrimen, propaganda, como toda ella con fines puramente políticos, es la que vende la gobernadora de Arizona, Janice Brewer, al lanzar una ley que persigue al migrante como si fuera el origen de todos sus males. La estratagema tiene buena acogida en Estados Unidos, a juzgar por el irreprochable estudio de opinión de Gallup, con medio país a favor de la norma cazaindocumentados, y un efecto dominó que ha replicado ese tipo de iniciativas dignas del pensamiento del ya difunto profesor Samuel Huntington. La mayoría de pillos encarcelados, por supuesto, no son latinos: son estadunidenses.
Pero, como Sarkozy, Brewer también está pensando en las próximas elecciones, no en el crimen. Y saben que el discurso nacionalista pega y gana votos. Qué tal el caso de Japón, cuya ministra de Justicia, Keiko Chiba, declarada abolicionista de la pena de muerte, se olvidó de sus principios en la materia y omitió firmar un documento para extender la moratoria contra la pena capital. Y no sólo eso. Después de un año asistió personalmente a la ejecución por ahorcamiento de dos detenidos. Primero está la clientela electoral, cómo no.
Lucio Levi ha descrito cómo el nacionalismo rompió con sus orígenes democráticos y populares y de ser una ideología revolucionaria, a partir de la gesta detonada en La Bastilla de 1789, se convirtió en ideología reaccionaria, asumiendo cada vez más aspectos militaristas y agresivos en política exterior y aspectos antiparlamentarios y antidemocráticos en política interior. Traicionados los preceptos de la Revolución Francesa, el discurso xenófobo de Sarokzy, cuestionado a detalle por la izquierda intelectual de ese país desde que aquel llegó a la presidencia, contrasta con la realidad de un país multicultural.
Llama la atención cómo un país cuya historia del siglo XX está estrechamente ligada a las migraciones y los refugiados, con una política generosa en la materia, deviene punta de lanza contra los extranjeros con fines puramente electorales. Hay que leer la reivindicación del nacionalismo de Rousseau, ginebrino, o el concepto de Libertad, Igualdad y Fraternidad en la saga fílmica Tres colores, del polaco Krzysztof Kieslowski, para interpretar con claridad la involución de la política derechista en ese gran país. La organización política de dimensiones continentales y de carácter multinacional han hecho del nacionalismo un concepto anacrónico, pero que suele resurgir en épocas de comicios.
Instrumento de propaganda en otros países, empero, la estrategia contra el crimen en México es indispensable. Este gobierno no puede darse el lujo de esgrimirla como producto electorero, a diferencia de los casos de Francia, Arizona o Japón. Quizá la primera razón sean los 28 mil muertos en este proceso de lucha contra el narcotráfico. O quizá el uno por ciento de ellos, que son los civiles caídos en medio del fuego, los daños colaterales según el lenguaje pirateado a los halcones gringos. ¿De verdad importa que los índices delictivos son mayores en Brasil, como informó el USA Today hace unos días? ¿Debe eso tranquilizarnos, una vez que los técnicos en macrocifras y números suelen ponernos de ejemplo al pobre y violento país que está a punto de dejar Luiz Inácio Lula da Silva?
En la hora de las confesiones, el Presidente debe abandonar su discurso de reparto de culpas al Congreso y a los medios. Ya meses atrás su equipo había reconocido la ingobernabilidad en varias regiones. Ahora se sincera sobre el desastre de su política de comunicación y, más aún, reconoce la efectividad del narco al respecto. Si comienzan a ponerse de acuerdo entre ellos, a cuadrar sus cifras, y después llevan una posición unificada al Congreso, quizá la prensa no tenga espacio para malinterpretar los datos y comience a difundir esa “objetividad” de la que anteayer habló ante los dueños de los medios de comunicación. Ahí está un primer reto

www.facebook.com/fusilero
www.twitter.com/acvilleda