El género en la mafia

POR Ximena de la Cueva

Tradicionalmente relegadas de las mesas de la mafia, a las mujeres corresponde transmitir, desde la primera mamila, la cultura de dicha organización a sus hijos. Pero ahora ya comienzan a tener un lugar dentro de la más machista de todas las sociedades secretas

El umbral

Mafia, por definición, implica organización, que a su vez significa orden, arreglo; aquí, nos sentaremos a la mesa con una asociación humana que actúa con fines específicamente criminales.
En las agrupaciones donde el móvil es precisamente el crimen, la noción de familia es fundamental, y al parecer, es uno de los distintivos que les permite y hasta alienta a existir y fortalecerse al interior de sociedades donde las tradiciones son mucho más que meras repeticiones conductuales. Una organización así funciona entonces de manera tradicional, es decir, sigue reglas específicas que conducen a la conservación y reproducción de patrones de comportamiento, y eso ratifica las posiciones de cada uno de sus miembros. La mafia, en muchos casos, tiene una estructura familiar, y como tal, alberga categorías y niveles que son ocupados de acuerdo con las características de quienes la integran.
Sobre esta base comienzan a construirse las explicaciones que ubican culturalmente a organizaciones como Cosa Nostra, ndràngheta calabresa, camorra napolitana, yakuza japonesa y las “familias” mexicanas de narcotraficantes, en países donde la herencia pasea del brazo de la educación informal y en su recorrido definen a los individuos y éstos, a su vez, urden una nueva trama que soporta y conforma las particularidades de cada grupo criminal. Los valores que cultivan las familias de sociedades como éstas difícilmente se modifican, y las mujeres, aunque tienen por lo general un perfil bajo fuera del ámbito doméstico, juegan el papel protagónico en el mantenimiento de las estructuras que las sustentan por su actividad como madres. Entre los papeles que se encontraron en posesión del mafioso Salvatore Lo Piccolo, El Barón, estaba un manual de deberes y derechos, donde, entre cosas, al grupo en cuestión se denomina familia y se señala que las mujeres deben ser “respetadas”, para decirlo llanamente, al más puro estilo bíblico.
Los códigos de conducta que se instauran en estas asociaciones funcionan de una manera precisa, y en buena medida, la educación más temprana es uno de los combustibles confeccionados por las mujeres, que da cabida a esta puntualidad en las acciones y conductas. Son las madres, y en las familias extensas las tías, las abuelas, las hermanas, quienes adiestran desde la cuna; es así como desde pequeño se conoce un lenguaje que va más allá de las palabras y las expresiones corporales; en la casa se aprende a disponer el corazón y el pensamiento para construir la identidad.
La mujer, como acuerdo tácito, es la encargada de enseñar las pautas y rituales que forman parte del desempeño cotidiano, lo que incluye la comprensión emocional de la relevancia de pertenecer a un grupo. Aquí llegamos a otro punto clave: la madre; amorosamente empieza a dotarnos de los elementos indispensables para sentir y conocer la necesidad y satisfacción del sentido de pertenencia, y el padre indica la importancia de cumplir para ser aceptado y abrigado con su protección; ambos son representaciones materiales de facetas distintas de las agrupaciones.
Es bien sabido que en las asociaciones mafiosas (y en las religiosas, en caso de que se escape por ahí alguna duda), los rituales para incorporar jóvenes a las listas son parte de las funciones masculinas, pero su inserción está moldeada previamente por la educación femenina que cada miembro lleva anclada entre el pecho y el cerebro. De qué otra forma podría explicarse la fuerza y mantenimiento de la omertá siciliana (el código de honor que impide la propagación de información) si las conductas no fueran reproducidas y enseñadas en la casa, desde el regazo, servidas en cada desayuno y acomodadas amorosamente sobre las almohadas en las que cada noche descansan las vidas de los hijos. Es claro, por otro lado, que eso no desplaza a las mujeres a posiciones poco relevantes en la jerarquía mafiosa; la DEA logró capturar en 2009, después de seguirlas varios meses, a Iyesha Harrison y a Tyesha Stephens (por mencionar sólo un par), quienes distribuían cantidades importantes de droga e intentaban introducirla en las escuelas por diferentes medios, como empaques de CD.
Mutación y propagación

Esa condición que hace a las mujeres forjadoras y destructoras de estructuras biológicas y sociales es la que permitió que fueran ellas las que en Italia, en los años 90, comenzaran a colaborar con la justicia y a presentar sus testimonios públicamente sobre la mafia de ese país y de otros en Europa; su disposición biosocial las capacita para establecer y también modificar patrones de pensamiento y conducta y generar transformaciones de proporciones históricas; el riesgo contenido en el cambio se gesta siempre al interior de un vientre.

Precisamente, como parte de una variación al paradigma del tratamiento del crimen organizado en Italia, en 1997 se realizó un coloquio denominado “La mujer en el universo mafioso”. La Universidad de Palermo, en Sicilia, abrió este espacio durante un fin de semana para analizar y debatir los temas que formaban parte del ir y venir diario de los italianos; se presentaron perspectivas de científicos, magistrados, legisladores y policías, pero la información de ahí desprendida se quedó almacenada en los recuerdos de los participantes y el coloquio permaneció como un acto sin seguimiento.
A diferencia de esa forma de dispersión del conocimiento, lo que se sabe más ampliamente en nuestras latitudes sobre las asociaciones mafiosas se debe a la industria del entretenimiento, y es pertinente considerar que un buen número de guionistas ha conocido de cerca y por diversas razones el funcionamiento y los elementos que las conforman.
Puntuación, a la alza

Existe al menos un par de videojuegos donde la dinámica principal es sobrevivir y triunfar en el universo de la mafia. En ellos, las mujeres generalmente tienen papeles secundarios o son únicamente logros que incluso ayudan a los protagonistas a subir la puntuación; sin embargo, hay excepciones como Elizabeta Torres, una exitosa vendedora y distribuidora de crack, cocaína y heroína, de 31 años, quien dirige cuatro misiones del episodio “The Lost and Damned”, del juego Grand Theft Auto IV. Éste es el primero de la serie en el que el jugador debe tomar decisiones morales que influyen en los resultados parciales y globales, de modo que si como “trabajador” de la puertorriqueña Elizabeta se prefiere matar que ayudar a otro dealer; la historia adquiere matices diferentes. De cualquier manera, una vez completada su última misión, en el periódico del juego aparece la nota de que fue sentenciada a 300 años de prisión.

La lista de filmes de todo el mundo resulta impresionante, si en particular nos referimos a los de manufactura estadounidense; sin embargo, en la primera década del nuevo siglo las propuestas se ampliaron y la forma de presentar este universo, que por cierto hace mucho tiempo dejó de estar situado underground, ahora incluye elementos de difusión documental. A esta línea pertenecen Napoli, Napoli, Napoli de Abel Ferrara, de cuyo guión se ocuparon Peppe Lanzetta, Maurizio Braucci y Gaetano Di Vaio, que parte de entrevistas a esposas y madres de la mafia; algunas de ellas están recluidas en la prisión estatal de Pozzuoli.
En lo referente a programas de televisión, para evitar centrarnos en los conocidos The Soprano’s, habrá que mencionar que en 2009 en Colombia salió la telenovela Las muñecas de la mafia, basada en el libro Las fantásticas de Andrés López López y Juan C. Ferrand, quienes también entrevistaron a mujeres; en este caso diez parejas y exparejas de narcotraficantes colombianos y, sobre esos testimonios, trabajaron el guión. La serie ha sido transmitida sólo en algunos países sudamericanos por televisión, y lejos de presentar una perspectiva radicalmente distinta es una opción para conocer la forma en que se trata el tema femenino en el mundo del narcotráfico, lejos de los bestsellers.

Todos los futuros

De acuerdo con estudios sociológicos, las mujeres relacionadas sentimentalmente con hombres dedicados al narcotráfico, que es la actividad delictiva más lucrativa y poderosa, actualmente tienen un papel importante en la toma de decisiones y en cuestiones de liderazgo. Se superó la postura de consejera doméstica y pilar de la seguridad de los actores masculinos al consolidar esos egos en desgracia, al menos momentáneamente, y ahora las mujeres se hacen cargo de negocios que forman parte de la macroempresa ilegal de los esposos, y a través de ellos se ocupan, en la mayoría de las ocasiones, del lavado de dinero; es decir, son empresarias que, entre otras cosas, generan empleos lícitos que les permiten desarrollarse independientemente y que le cambian la cara a los dólares conseguidos.

Esto va de la mano de lo que ya algunas investigaciones sociales encontraron: las mujeres están mejor preparadas para desarrollarse en el mundo laboral del presente. La forma de establecer vínculos sociales, el uso de la tecnología, la manera de procesar la información y llevar a la práctica las ideas, las coloca en un sitio desde donde es posible poner en marcha y controlar negocios y empresas de todo tipo; la clave es que son sumamente productivos.
En términos de Marcela Lagarde, las madresposas y demás jerarquía femenina, sumaron a su papel de formadoras y educadoras el de administradoras y coordinadoras de las familias más allá de las consanguíneas, y su poder transformador ahora se sirve a la mesa como parte de las provisiones del cambio de paradigma ideológico y práctico de las familias, mafiosas o no, del mundo actual.