Ian Brady y Myra Hindley: sexo, drogas y rock & roll

POR José Luis Durán King
 En los años 60, Ian Brady y Mira Hindley se convirtieron en dos de los asesinos seriales más famosos de Inglaterra. Más de cuatro décadas después su foto policiaca sirvió de inspiración para una obra de galería

Son tres los duetos británicos más famosos de los años 60. Dos de ellos pertenecen a la música: Lennon-McCartney y Jagger-Richards, de los Beatles y Rolling Stones. El otro binomio también tiene que ver con el espectáculo, pero con el que está vinculado casi desde sus orígenes al mundo criminal, al que dio nacimiento a los tabloides, a las fotos truculentas y a los encabezados escandalosos: Ian Brady y Myra Hindley.
Ahora, otro dúo extremo, al que le gusta abrir boca en los casi volatilizados vapores conservaduristas del Reino Unido, decidió retomar las imágenes más conocidas de Hindley y Brady, es decir, las fotos que les fueron tomadas al momento de ser detenidos por una serie de asesinatos de niños que estremecieron –y aún sacuden— al país de la rosa.
En nostálgico blanco y negro, en una primera instancia es la foto tomada por la policía en 1965 a la inconmovible Myra Hindley, la rubia oxigenada de fuertes mandíbulas, de piel pálida que mira desafiante a la cámara. Una sonrisa de maldad se dibuja en sus labios. Las ojeras son un testimonio para la posteridad de las horas que pasó frente a los agentes interrogadores.
Por otra parte está la imagen de Ian Brady, con una apariencia contemporánea, sobre todo si tomamos en cuenta que la placa se imprimió a mediados de los años 60, cuando el cabello largo, la barba, el bigote y la vestimenta colorida abundaban. Brady más bien parece un joven ejecutivo con instinto de reptil. Su mirada es altiva, propia de los hombres que se sienten superiores a la gente que los rodea. Las ojeras son casi imperceptibles, los labios levantados son de burla y de menosprecio por el futuro inmediato. El saco sobre los hombros caídos y la camisa blanca con el botón del cuello abrochado lo hacen lucir más delgado de lo que siempre fue.
Obra de arte criminal
En enero de 1961, Brady y Hindley se conocieron. Myra provenía de un hogar religioso, severo, con la cultura de la modestia y el trabajo. Era virgen cuando trazó sus coordenadas con Ian, cuatro años mayor que ella, ladrón de poca monta, un sádico al que gustaba torturar animales. En los siguientes dos años, su vida en pareja fue un torbellino. Myra se dejó arrastrar por los vaivenes mentales de Brady, quien la adoptó como una especie de mascota sexual, a quien tomó fotos porno que intentó vender sin éxito en el mercado subterráneo; la enseñó a usar armas y a robar bancos, aunque esto último nunca lo pusieron en práctica, sobre todo porque a Brady le faltaron agallas.
En 1963 optaron por dar un giro a sus actividades y objetivos. Llegaron a la conclusión de raptar niños y pedir rescate por ellos. El 12 de julio de ese año secuestraron a la adolescente de 16 años Pauline Read, quien vivía a dos puertas del cuñado de Myra. Al maniatarla decidieron que podían pasarla bien con ella antes de cobrar el rescate. La joven fue violada y torturada hasta morir. De hecho, la pareja nunca se tomó la molestia siquiera de pedir una suma de dinero por la libertad de Pauline. Después seguirían los asesinatos de John Killbride, de 12 años; Keith Bennet, también de 12; Leslie Ann Downey, de 10, y del homosexual Edward Evans de 17. Los cadáveres fueron enterrados en la zona pantanosa de Saddleworth y no todos fueron recuperados por la policía. Muchos años después, ya que Myra Hindley había fallecido en prisión, Brady se refirió a otra serie de homicidios, de los que no habló al ser capturado. Hasta la fecha no se ha dilucidado si ocurrieron esos crímenes.
En 2008, la modelo Kate Moss y el entonces líder de la banda de rock The Libertines, Pete Doherty, una pareja consentida de los tabloides británicos por su afición a la heroína y a los escándalos públicos, decidieron ponerse en manos del fotógrafo Russell Young, conocido por satisfacer el hedonismo de las celebridades.
Moss y Doherty recrearon las tristemente célebres fotografías del fichaje policiaco de Hindley y Brady. La imagen conjunta despertó airadas protestas en Inglaterra, porque, de acuerdo con muchos inconformes, se rendía culto a dos de los peores asesinos seriales británicos.
Para el artista, la fotografía significó algo más que una provocación. Fue, de acuerdo con sus palabras, su “imagen más lograda, la tormenta perfecta, la combinación perfecta de fama y vergüenza”. La pieza se vendió en la galería Bankrobber por 28 mil libras esterlinas.
Fueron más de cinco

Para Jenny Tighe, de 14 años, el 30 de diciembre de 1964 era un día muy especial. Se había arreglado para la ocasión con su abrigo azul y su collar de terciopelo. Eran casi las 4 de la tarde y debía apresurarse o, de lo contrario, perdería el estreno de Goldfinger, la tercera película de la saga de James Bond. Su viejo padre le había dado dinero para el boleto. Jenny sabía que era muy fácil quitarle unas monedas a su progenitor, a quien su esposa lo había abandonado para irse con otro hombre. Jenny se había quedado con él y eso le concedía ciertos beneficios, no obstante que su papá se había vuelto a casar.
De prisa, Jenny salió de su casa en Knotts Lane, Odham, en el Reino Unido, y caminó hacia la parada del autobús que la llevaría al centro. Eso fue hace casi 46 años y, desde entonces, nadie la volvió a ver.
Jenny era una adolescente un tanto descarriada. A la escuela iba cuando quería y prefería quedarse en su habitación y escuchar los programas de radio dedicados a los Beatles. Pese a ser hija del primer matrimonio, su madrastra la traba bien y no se metía en la forma en que su esposo la educaba. Pero la madrugada del 31 de diciembre de 1964, al ver que Jenny no llegaba y después de haber recorrido los clubes nocturnos de Manchester y de pedir la colaboración de la policía para encontrarla, le reprochó su falta de carácter para meter a la joven en cintura.
Asesinos maduros
Desde mediados de los años 80, dos asesinos maduros, un hombre y una mujer, permanecían tras las rejas, solicitando cada año su libertad bajo palabra. Ambos alegaban que habían pagado su deuda con la sociedad. La mujer era una fumadora fuerte y en el encierro había desarrollado el gusto de acostarse con otras internas. El hombre comenzaba a padecer cataratas, lo que no le impedía entregarse a su verdadera pasión en el aislamiento: la lectura. Cuando salía de su celda era para dar clases de Braille a sus compañeros ciegos. Esa actividad le proporcionaba un sentimiento de superioridad sobre otros reclusos. De hecho, siempre se había sentido por arriba de la humanidad.
En 1987, pese a que la pareja no se había visto desde 1965, en un intento por alcanzar su libertad bajo el supuesto de que deseaban estar limpios al momento de abandonar la prisión, confesaron el asesinato de Keith Bennett y Pauline Read, de 12 y 16 años, que, sumado a otras víctimas, daba hasta el momento la cifra de cinco homicidios en una saga que abarcó de 1963 a 1965.
La confesión contribuyó para que el caso de la mujer fuera revisado y, cuando al parecer, estaba más cerca de alcanzar su anhelo por tantos años acariciado, la asesina murió en 2002 de enfisema, a los 60 años. Antes, sin embargo, conversó con su amante Linda Calvey, una viuda negra con la que compartía las asperezas de la prisión, y le confesó que ella y su novio habían matado a otras personas, además de los asesinatos del conocimiento público.
El abogado del diablo
¿A cuántas personas más se refirió la mujer? Un intento de respuesta lo proporcionó el asesino que sobrevivió. Cuando le fue notificado que todavía pasarían muchos años antes de que incluso se planteara su probable liberación, el hombre comenzó una huelga de hambre en protesta por lo que él consideraba una injusticia. Para emprender una batalla legal contrató a Giovanni di Stefano, conocido en el medio jurídico como El Abogado del Diablo, debido a que representó a Saddam Hussein y al peor asesino serial que ha brotado en suelo británico, el doctor Harold Shipman.
Pese a su experiencia y su mote, Di Stefano se impactó con las historias que el asesino le narró. Cambiando prácticamente de bando, el profesionista convocó a una conferencia de prensa para declarar que tenía sospechas fundadas de que su cliente y su novia habían terminado con la vida de al menos 20 personas.
Como parte de la investigación para soportar la defensa, el asesino le confesó dónde tenía guardados algunas pertenecías personales que la policía no pudo confiscar al momento de ser detenido. Entre esas cosas había varias fotografías y objetos, entre los que el abogado encontró una tarjeta postal enviada a Jenny Tighe.
Con la nueva información y los trofeos, la policía tenía en su haber 17 posibles asesinatos que en su momento no se resolvieron, entre ellos el de Jenny Tighe, quien nunca llegó a la parada del camión que la acercaría al cine, pues al parecer en el camino se encontró a sus “amigos” Ian Brady y Myra Hindley, que se ofrecieron a darle un aventón que la acercara a su destino. Y así fue, aquel aventón la llevó a su destino final: morir como parte de la diversión de la pareja más sádica de asesinos de Inglaterra.