La madrastra como imagen ambivalente y su uso más allá de la alcoba

POR Ximena de la Cueva
La división de las segundas esposas en malvadas y enamoradas está presente en un sinfín de tradiciones e imaginarios; el estigma aún es vigente y se traslada a las ideologías actuales. Sin embargo siempre habrá un poeta que nos haga abrir la piel para conocer otros aromas, símbolos y metafísicas de un evento o existencia
La conformación de las familias en el siglo 21 se acerca cada vez más a la convivencia tolerante de comunidades geográfica y temporalmente impensables para muchos de nosotros hasta hace unos 50 años. La atomización de los individuos, las migraciones al exterior no sólo de los países sino de los estándares culturales, ha conducido a las familias tradicionales a reconstruirse sobre bases distintas, donde los sujetos empiezan a ser considerados por los demás por la geometría de sus pensamientos y concordancias.
Al interior de las agrupaciones familiares, los miembros tienen roles y espacios específicos que les son asignados y cada uno lo acepta con la vista clavada en el piso y la rodilla reclinada o anteponiendo una protesta. Así, en el ir y venir de la espiral de las relaciones amorosas y convencionales sucede que la familia original y primigenia, ésa que surge del primer matrimonio, pierde a la madre, sea radicalmente por muerte o parcialmente por separación de los padres. Es entonces cuando entra en escena la segunda esposa, que termina por ataviarse de madrastra, tenga o no intención de hacerlo; la existencia de los hijos resulta determinante para su denominación y, por ende, para su ubicación en el interior del pecho de los miembros de la familia. Una diferencia fundamental entre las madrastras generadoras de mitos y cuentos y las actuales es que ahora el lugar que llegan a ocupar es el de alguien vivo, que de manera general está en igualdad de condiciones físicas o materiales con respecto a ellas por el simple hecho de poder estar en contacto material con todos los miembros de la familia. No es que en el presente no haya viudos que se casen de nuevo, es sólo que hace 400 o 200 años era difícil hacerlo si la causa era diferente a la muerte de la esposa.
Dos tipos de celos

La figura de la madrastra es tan fuerte que en torno a ella se han forjado mitos importantes, todos de carácter negativo, para explicar conductas, presencias y ausencias en las que un buen número de veces estas mujeres han sido autoras intelectuales de las acciones que se llevan a cabo o simple comparsa del momento histórico. Vicente Cristóbal habla de este proceso y explica que “el mito ha sido así sustento y causa ejemplar para la ficción”, pues a partir del aumento en el porcentaje de madrastras en la población europea del siglo 14 y 15 las narraciones orales se dieron a la tarea de esclarecer el fenómeno y disipar cualquier neblina de bondad que se enredara en la cintura de estas mujeres.
Al parecer, las historias de envidia y celos que sustentan las prácticas de las protagonistas de estos mitos y leyendas se narraban ya desde antes, como el de Psique, una hermosa princesa sin madrastra, pero odiada por Afrodita, madre de su amado, a causa de su belleza y su capacidad para poseer la atención de éste.
Una vez digerido el mito en reuniones y fiestas, por supuesto familiares, las narraciones orales empezaron a hacer su aparición. La base sobre la que se asientan estas historias es la envidia, pero son dos diferentes y avanzan en sentidos contrarios; las madrastras tienen un fuerte celo por las hijas del nuevo esposo, por la existencia de otro ser femenino que provoca la división espacio-sentimental en el corazón del amado, y por ello su opción es hacerla sufrir, y en el extremo, exterminarla. La otra envidia pasa desapercibida por la cercanía con nosotros como lectores y como escuchas desde pequeños; sucede que el escritor o inventor de la historia nos conduce a sentir empatía con las huérfanas, y en consecuencia, se generan celos y hasta desprecio hacia la madrastra y por ello la coloca como criminal, para que podamos asumir el papel protector de la damisela en problemas. Esta connotación está relacionada con la envidia y el coraje ocasionados por ver a las madrastras sobrepoblar los espacios familiares y ocupar sitios de poder domésticos a causa de la alta tasa de mortandad de las mujeres al momento de dar a luz a cualquiera de los hijos, excepto el primero.
Las malas del cuento
Para hablar de los ejemplos más representativos es posible empezar con el cuento de Cenicienta, donde las explicaciones se limitan a decir que, tanto la madrastra como las hermanastras, tenían envidia de la joven, sea en la versión francesa de Perrault, del siglo 17; la alemana de los Grimm, de 1812, o la china de la época de la dinastía T´ang, que va del 600 al 900, aproximadamente. En aquellas historias, la muerte provocada por las mujeres envidiosas estaba presente, era un elemento de la realidad que abrazaba a los habitantes de la época y como tal se manejaba, aunque hay que decir que hubo relatos que tuvieron que modificarse por el puritanismo también correspondiente a cada tiempo.
Las defunciones de las parturientas no se detenían y las madrastras engrosaban las filas de las malvadas de la tradición oral y escrita de los países en formación. Ahí están Hansel y Gretel y su madrastra malvada, y Blanca Nieves con su madrastra-bruja discapacitada para vivir en compañía de mujeres igual o más bellas que ella. Fue hasta mediados del siglo 19 que el médico húngaro Semmelweis agregó agua y cloro al tratamiento de limpieza del personal que se encargaría de las parturientas en Viena y las narraciones que hablaban de personas relativamente cercanas a esta transformación de la realidad empezaron a cambiar de categoría y a transformarse en cuentos o mitos de madrastras perversas, que no sólo dejaron de serlo, sino que fueran buenas o malas, vieron reducido su número considerablemente.
La casa de chocolate

La tasa de mortalidad entre las mujeres que daban a luz se movía entre los siete y los 18 puntos y logró reducirse hasta menos de 1 por ciento con la simple práctica de Pilatos, con un agregado de cloro. Los médicos y enfermeras comenzaron a lavarse las manos en agua con cloro antes de tratar a cada una de las pacientes y el porcentaje de muertes disminuyó dramáticamente.
Una vez más el imaginario y el lenguaje simbólico nos llevaron, en esta serie de cuentos recogidos de la tradición oral de cada lugar, a jugar sobre su pecho y nos siguen ofreciendo golosinas en todas sus variedades, para elección y conformación de nuestros gustos culturales. Es cierto que la casa de chocolate es, según Bettlelheim, a partir de Jung, la felicidad, pero la madrastra y su amargura descansan sobre la envidia de Blanca Nieves y su pubescencia y es así como degustamos cada noche, desde niños, las tramas de seres humildes y malvados, inocentes y taimados que conviven en medio de conflictos sociales más históricos que ficticios.
Y si ellas fueran brujas

A manera de ociosa reflexión queda la incógnita insoluble de si la madrastra, como categoría, realmente contara con las características mágicas de las brujas sería capaz de eliminar de golpe ya fueran los celos o a las mujeres que pueden con un breve movimiento de cadera, desplazarlas del sitio que ocupan, sea en el pedestal de los hijos o en el atuendo inferior del amante.
Por otro lado están las madrastras seguidoras de Fedra, enamoradas del hijastro y de las que escribieron el griego Eurípides, el romano Séneca, Racine en el siglo 17 y el maravilloso Miguel de Unamuno en el siglo 20. Esta otra perspectiva sensual de las mujeres tiene también el ingrediente culposo y una vez más las coloca en un sitio particular no necesariamente positivo en cuanto a su imagen al interior de la sociedad. Es aquí donde se inserta una narrativa deliciosa y provocativa en más de un sentido, del Elogio de la madrastra, de Vargas Llosa, que puede borrar con una lectura nocturna todo el freno que tengamos hacia ellas, y en una de esas madrugadas llevarnos a arremeter contra un viudo y posar nuestra existencia sobre su cama y los demás habitantes de la casa.
La división entonces de las segundas esposas en malvadas y enamoradas está presente en un sinfín de tradiciones e imaginarios; de cualquier manera, el estigma aún es vigente y se traslada a las ideologías actuales. Sin embargo, siempre habrá un poeta que nos haga abrir la piel para conocer otros aromas, símbolos y metafísicas de un evento o existencia; Neruda inventa un término para aquella a quien nunca pudo llamar madrastra, aunque civilmente ocupara el sitio de segunda esposa del padre, y nos abre al conocimiento de su entrega dulce e irreductible:
Oh dulce mamadre
-nunca pude
decir madrastra-,
ahora
mi boca tiembla para definirte,
porque apenas
abrí el entendimiento
vi la bondad vestida de pobre trapo oscuro,
la santidad más útil:
la del agua y la harina,
y eso fuiste: la vida te hizo pan
y allí te consumimos