La signatura divina o las diversas formas de adorar la ausencia

POR Ximena de la Cueva
El éxtasis de las santas tiene una representación corpórea que las arrebata de su entorno espacio temporal y las lleva en carruaje desenfrenado al encuentro con Jesús, generalmente mediante el uso de la vía sanguínea y donde el pulso dicta la velocidad de la llegada a la cita
 ¡Deja a tus amantes!
Mujer de inmensidades
de infinitos horizontes
y mundos ocultos
más vastos
que el universo:
Mujer de Cristo
Hermana Cristina

Para la medicina, la biología y la fisiología, los padecimientos o condiciones de los individuos con visiones y episodios de éxtasis místico son explicables a partir del funcionamiento del cuerpo y sus disposiciones genéticas y biosociales. Después de décadas de estudio se sabe que hay una variedad de epilepsia psíquica, y es la que hacía de santa Teresa de Ávila, también conocida como santa Teresa de Jesús, una mujer capaz de vivir esos eventos de paroxismo, envidiados por unas cuantas y unos cuantos religiosos, seguidores y practicantes de cultos eclesiásticos o supersticiosos. En estos casos, los trastornos delirantes, la epilepsia y la histeria, y los episodios extáticos, están vinculados con contenidos emocionales, por la forma en que se presentan y por los contenidos de los que hablan quienes los han experimentado. Incluso hay investigaciones que consideran la religiosidad una categoría clínica, pero eso no es del todo aceptado, dado que implica afirmar que una persona hiperreligiosa o hiporreligiosa pueda ser considerada patológica.
Los placeres carnales, por todos conocidos y limitados por nuestra condición de mamíferos primero y de primates después, son del todo superados por lo que la entrega divina significa e implica, de acuerdo con lo explicado por más de una mujer conocedora del amor hacia y de Cristo, quien en esas condiciones no sólo recibe gustoso la dualidad de la creyente, sino que le hace perder el sentido por la suma de sensaciones y posibilidades de contacto por demás extraordinario.


Es claro que el éxtasis de las santas tiene una representación corpórea que las arrebata de su entorno espacio temporal y las lleva en carruaje desenfrenado al encuentro con Jesús, generalmente mediante el uso de la vía sanguínea y donde el pulso dicta la velocidad de la llegada a la cita. Para completar la imagen, están las obras de los artistas europeos de cada unas de estas mujeres, por supuesto cuando estaban en trance; de qué hubiera servido mostrar a una religiosa en medio de sus tareas cotidianas, si de lo que se trata es de dar a conocer las excepciones, las particularidades de la especie.
Una de las descripciones más significativas de esos momentos es la enredadera que santa Teresa de Jesús tiende hacia nosotros con sus palabras, pero eso no impide voltear la mirada a Santa Evita o a Santa Verónica Giuliani; baste decir que esta última fascinó a los obispos de Umbría, en el siglo 19, y fue contemporánea de Tennyson, aunque esto sólo sirva para otro imaginario producto del insomnio y el silencio abigarrado de palabras en el pecho. En el tribunal de beatificación de Teresa estuvo Lope de Vega, y aunque es bien conocida su admiración por la santa, habría que preguntarse si la razón de esta devoción no fue el conjunto de su escritura, la composición, el arreglo de los conceptos y por supuesto, sus visiones… A finales del siglo 16 convergían en el mismo espacio geográfico, los éxtasis esporádicos de una Teresa de Ávila, los romances de Góngora y Lope y el nacimiento de Francisco de Quevedo.


Como parte de este conjunto de realidades y sensaciones estaban también las declaraciones de amor incondicional de esta santa a su amado celestial, que lejos de emocionar su psique, seguro se veía placenteramente provocado al conocer el poder de su dominio y finalmente, sufría una consecuente erección del ego al saberse preferido a la vida misma:
Quiero muriendo alcanzarle
pues a Él solo es al que quiero,
que muero porque o muero.
La cuestión es aquí, en todas estas relaciones de santos donde el éxtasis forma parte de la comunicación, el empleo de dios, cualquiera del que quiera hablarse, como fuente y destino de los amores y efectos alucinatorios. El carácter afectivo permea cada encuentro y la invasión de luz, parte de lo vivido por Juana de Arco y Pablo de Tarso, es sólo una de las expresiones multisensoriales del evento. Aunada a esta iluminación, Teresa de Ávila describía la inserción en su pecho de un largo dardo dorado a manos de un ángel, que al sacarlo le provocaba un dolor real, tangible. Reducir el conjunto de sensaciones de esta mujer al plano meramente corporal sería minimizar y trivializar el evento, lo mismo que si se le redujera a su componente subjetivo.
Así entonces, la divinidad le hace saber a la santa que es la elegida, de la región al menos, y que al mismo tiempo espera la entrega absoluta, que la conduce, sin tropiezo, a la salvación, a la redención femenina. Sucede ahora lo que Simone de Beauvoir llama la apoteosis de su narcisismo, pues dado que el amor y el interés por ella es divino, el universo entero desaparece para ser amada por el absoluto; el amante que propone, solicita y ofrece, es Dios, las santas simplemente responden al llamado solícitas, profunda y completamente enamoradas, más allá del arrebato momentáneo de la carne. Qué mejor manera de superar la soledad y el juego del deseo de ser, al más puro estilo solipsista en el terreno humano, que siendo la única, la superlativa, la insuperable amante por excelencia, de la deidad.


La forma de responder a este amor, para superar el narcisismo, es la eliminación del yo y un paso antes de la muerte, está el éxtasis. Esos instantes representan la separación de la dualidad del individuo para mostrar su capacidad de entrega; sin embargo, no hay que dejar de lado el resultado que en la piel, las hormonas y la actividad neuronal puede generar este sometimiento a la deidad en cuestión. Y aunque hay casos en los que están involucrados procesos escatológicos, tampoco hay que olvidar que el dios de todos estos santos es aquel que, al ser transfigurado en hombre, resultó mutilado, lastimado, asesinado en uno de los instrumentos de tortura más representados y aceptados simbólicamente: la cruz. Qué es la llaga abierta, ese cuerpo sangrante al que la santa busca entregarse y serle fiel eternamente, sino la representación objetiva de la capacidad amatoria y la apertura corporal más absoluta, esa que puede dejar la piel hecha jirones y que responde a la levísima mirada del amante para aprestar el corazón y el cuerpo a las necesidades propias del instante.
El papel que juega la voluntad en estas santas para ser salvadas a través del amor divino sobrepasa las fronteras especulativas; las explicaciones médicas serían para ellas banalidades de mortales ignorantes del sentimiento amoroso verdadero, léase, divino. En Muerte sin fin, Gorostiza dice: Tal vez esta oquedad que nos estrecha/ en islas de monólogos sin eco,/ aunque se llama Dios,/ no sea sino un vaso/ que nos amolda el alma perdidiza. Y aunque aquí también existan ya denominaciones patológicas y explicaciones clínicas, el asunto es que el evento ocurre, quien decide cubrirlo de dioses, demonios o animales selváticos son nuestras conexiones sociales y la relevancia que ponemos en cada uno de los andamios de nuestra edificación como seres que viajan a ambos lados del espejo.