Robert Alton Harris: hamburguesas y daños cerebrales

POR Opera Mundi
 Después de una ardua batalla legal que duró 14 años, Robert Alton Harris fue ejecutado. Entre las evidencias que más pesaron para la decisión del jurado por apelar la pena de muerte, fue la conducta de Harris por comerse las hamburguesas de sus víctimas
Fue, por todos los sucesos que la rodearon, una extraordinaria noche de batalla legal. Antes de que ésta terminara, Robert Alton Harris había logrado un récord nada envidiable al convertirse en el primer hombre en entrar a la cámara de gas de San Quintín, caminar en ella y salir vivo, aunque, menos de dos horas después, regresó a la bóveda verde para morir entre una nube de gas de cianuro.
En marzo de 1979, Robert Alton Harris, de 26 años, fue sentenciado a muerte por un jurado de California, acusado del brutal asesinato de dos adolescentes. Un año antes, es decir, en 1978, después de robar un banco en San Diego, obligó a los ocupantes de un auto a que lo llevaran a un lugar remoto; al llegar al lugar elegido, les disparó a sangre fría. El asesinato de la segunda víctima fue particularmente calculado. Harris primero hirió al joven y lo abandonó en la escena, para regresar posteriormente y perseguirlo a través de la maleza. Cuando lo alcanzó, disparó directamente a su cabeza, no sin antes exclamar, según lo confesó el propio Harris: “Dios no puede ayudarte ahora, muchacho, vas a morir”. Al término de su macabra tarea, Harris se comió las hamburguesas que los dos adolescentes habían comprado.
Harris pasó 14 años en el pabellón de la muerte. Su caso se convirtió en una especie de toma y daca entre las cortes estatales y federales, hasta llegar a la Suprema Corte de Estados Unidos en cinco ocasiones separadas. Cada vez que su sentencia y convicción eran sostenidas, la defensa aparecía con un nuevo habeas corpus que salvaba a Harris de la cámara de gas, manteniendo así las ruedas de la jurisprudencia en movimiento perpetuo.
En el lugar y momento equivocados
Los eventos que finalmente llevaron a Harris a la cámara de gas ocurrieron en un caluroso día de verano de julio de 1978, cuando Robert Alton Harris, entonces de 25 años, y su hermano menor, Danny, de 18, manejaron hasta un restaurante de comida rápida en un tranquilo suburbio de San Diego, California. Habían decidido hacerse de un carro para robar un banco, un plan que elaboraron durante varias semanas. En el estacionamiento, Robert quiso llevarse un Nova verde, pero tuvo dificultades para abrirlo. Frustrado por su poca habilidad, repentinamente sacó su pistola automática 9 milímetros de su cintura y dijo a su hermano: “He pensado en una mejor manera de conseguir un auto.”
En ese momento, John Mayeski y Michael Baker salieron del restaurante con hamburguesas y refrescos. Ambos de 16 años y estudiantes de segundo año en la Mira Mesa High School, John y Mike eran buenos amigos, que pasaban juntos las vacaciones de verano. Apenas entraban al carro de Mayeski, cuando Robert Alton Harris apareció, colocando el arma en el rostro de Mayeski. Dijo a los jóvenes que no los heriría si hacían lo que él ordenaba. El asaltante se sentó en el asiento trasero sin dejar de apuntar a la cabeza del conductor, ordenando que manejara hasta la cercana Reserva de Miramar. Danny los siguió en el auto de Robert.
En la reserva, Robert dijo que tomaran una camino desolado y estrecho rodeado de arbustos. Ordenó a los muchachos que salieran del carro y caminaran, mientras Danny los seguía a escasa distancia con un rifle cargado. Reafirmándoles que no les haría daño, Robert confesó a los jóvenes que necesitaba su auto para robar un banco. No era nada personal, les dijo, él sólo necesitaba la unidad. Uno de los muchachos sugirió que podían esperar por un rato en la reserva y posteriormente acudir a la policía y reportar que su carro había sido robado por un par de negros.
Sin advertencia de por medio, Robert Alton Harris súbitamente abrió fuego sobre Mayeski, quien cayó en medio de un charco de sangre. El pánico se apoderó de Michael Baker, que se lanzó sobre la maleza en busca de refugio. Robert más adelante dijo que Baker mendigaba por su vida: “Escuché que algo se movía entre los arbustos y disparé en cuatro ocasiones.”
Tras asesinar a Baker, Harris regresó a donde se encontraba Mayeski, colocó el arma en la cabeza del adolescente e hizo dos disparos, esparciendo masa encefálica y pedazos de cráneo entre la hierba.
De vuelta al carro, Robert recargó su arma en medio de bromas, describiendo cómo Baker se había desmembrado ante la fuerza de su Luger. Los asesinatos eran innecesarios, él insistió, pero fueron para evitar que los identificaran ante la policía por el robo al banco. Danny, que se sentía enfermo por las acciones, estaba a punto de vomitar. Robert estaba sereno. Al encontrar el par de hamburguesas que los muchachos habían comprado, Robert las devoró ante la negativa de Danny de unirse al festín.
Más tarde, Robert y Danny Harris utilizaron el carro de Mayeski para robar un banco. Portando máscaras de esquiar y las armas que habían utilizado en el crimen de los jóvenes, los hermanos asaltaron una sucursal suburbana del San Diego Trust & Savings Bank. El botín fue de 3 mil nueve dólares.
Un testigo observó a los dos hombres huyendo y los siguió en su auto, alertando a la policía sobre el paradero de los asaltantes con la ayuda de un radio de banda civil. Las autoridades encontraron la casa donde Robert Alton Harris vivía con su novia y arrestaron a los hermanos bajo el cargo de robo a mano armada. Entre los policías que participaron en el arresto estaba el padre de Michael, Steven Baker, quien en ese momento no sospechaba que su hijo estaba muerto.
El agente del FBI Ken Vardell fue asignado para el interrogatorio. Pensando que sólo se trataba del robo a un banco, Vardell se percató que Danny se puso sumamente nervioso cuando preguntó la forma en que el carro había sido robado. ¿Por qué –se preguntó Vardell— alguien se muestra más renuente a hablar de un robo de auto que de uno de un banco?
Finalmente, Danny rompió en llanto. El auto –Danny confesó a Vardell— no estaba vacío al momento de ser robado. Estaba ocupado por dos muchachos que ahora estaban muertos. Minutos después Danny condujo a la policía hacia la reserva donde Mayeski y Baker fueron ultimados.
“Nunca olvidaré lo tranquilo que estaba todo aquello”, dijo el agente del FBI tras regresar de la escena del crimen. “No había pájaros, no había tráfico ni viento ni grillos, no había nada. Y, lo primero que vi, fue un tenis sobresaliendo entre la maleza”. Posteriormente, Vardell visitó a Robert Alton Harris en su celda. “Él ya sabía lo que yo había visto y ahí estaba, sonriéndome”, apuntó el oficial.
Más allá de la sangre fría
Desde el principio, los fiscales adivinaron que se enfrentaban a un caso especial. Menos de 48 horas después de la detención de los Harris, el fiscal Richard Huffman hizo público el anuncio de que invocaría al nuevo estatuto de la pena de muerte en California, en conformidad con el reciente fallo de la Suprema Corte que apoyaba la constitucionalidad de la pena capital.
Las evidencias contra Robert Alton Harris eran abrumadoras y el juicio que siguió sólo fue de trámite. Harris había confesado en cinco ocasiones. Huellas dactilares, restos de pólvora y pruebas balísticas señalaban a Robert como el asesino de Mayeski y Baker. Por su parte, Danny Harris describió con lujo de detalles lo que sucedió aquella tarde de verano.
Más que cualquier otro detalle, fue el de la cena posmórtem el que selló el destino de Robert Harris. La parte acusadora mencionó repetidamente el festín de hamburguesas en los nueve días de juicio, recordando a los siete hombres y cinco mujeres del jurado que Harris no solamente asesinó a sangre fría sino que cenó la comida de las víctimas para celebrar sus crímenes. En menos de cinco horas el jurado llegó a la conclusión unánime de que Robert Alton Harris era culpable de dos cargos de asesinato en primer grado, así como de secuestro y robo a mano armada.
En el juicio, la parte defensora había negado conocer los antecedentes de conducta criminal de Harris. Sólo al escuchar la sentencia se percataron del pasado extremadamente violento de su defendido: de niño, Harris torturaba perros; a los 19 años mató a su compañero de habitación, James Wheeler, golpeándolo en la cabeza con un bate de beisbol; había servido dos años y cinco meses en prisión antes de alegar homicidio involuntario; estuvo en libertad bajo palabra aproximadamente seis meses previamente a los asesinatos de Mayeski y Baker; ahí, en un asalto homosexual, había violado a un ex compañero de prisión. De esta manera, considerando la propensión de Robert Alton Harris a la violencia y su impresionante carencia de remordimientos, el jurado lo sentenció a muerte.
Una cruzada moral
En el transcurso de los 14 años siguientes, la pena capital permaneció como un tema de incandescencia nacional. A pesar de las docenas de fallos de la Suprema Corte apoyando el derecho de los estados a invocar dicha medida punitiva, Harris pudo evadir repetidamente la cámara de gas. “Robert Alton Harris tenía un equipo legal creativo, muy talentoso”, explicó en su momento el fiscal de California que siguió el caso. “Su defensor ha hecho todo lo que ha podido para mantenerlo vivo. No sólo ha sido un caso más, ha sido una cruzada moral.”
Sin embargo, los defensores de Harris no podían cambiar los hechos del caso. No importaba que tan hábiles fueran como litigantes, lo cierto es que eran incapaces de proporcionar nuevas evidencias para frenar la maquinaria del cadalso, pues nadie dudaba que Harris era culpable. Reduciendo sus apelaciones a los tecnicismos legales, el asunto se convirtió en un blanco de la furia pública, un ejemplo deslumbrante del desatino de proporcionar a los criminales un número ilimitado de habeas corpus.
La cuestión de culpabilidad o inocencia de hecho nunca se planteó en los 14 años que Robert Harris habitó el limbo legal de las apelaciones. La lucha jurídica sobre todo quedó de manifiesto en el Noveno Circuito de la Corte Federal de Apelaciones, la cual poseía una reputación bien ganada de ser el circuito más liberal de Estados Unidos, poblado por un puñado de jueces cuya filosofía era opuesta a la pena de muerte. Cuando en abril de 1992 el gobernador de California, Pete Wilson, rechazó una petición de clemencia, los abogados defensores de Harris –tras culminar sus apelaciones en las cortes estatales— acudieron una vez más a la Corte Federal de Apelaciones.
Incertidumbre de varias horas
La ejecución de Harris estaba emplazada para las 12:01 del 21 de abril de 1992. Un día antes, el 20, comenzó la cuenta regresiva oficial. Robert Harris recibió la visita de amigos y familiares. Conforme las horas pasaron, el silencio de la corte dispersó una sombra de desasosiego entre las personas cercanas al sentenciado. Todos temían haber llegado al final del camino.
A las 18 horas, Harris fue transferido a una celda especial situada a menos de 13 metros de la cámara de gas: la celda tradicional donde los reos reciben su última cena.
Antes de ser escoltado al lugar de ejecución, Harris abrazó a sus hermanas y hermano. Agradeció a Charles Sevilla, su abogado defensor, haber hecho todo lo posible por alargar su vida. Después se dirigió a un pequeño grupo de visitantes, a quien dijo “los quiero a todos.”
Treinta minutos después, Harris estaba en su celda del pabellón de la muerte cuando recibió la noticia de que un juez del Noveno Circuito había autorizado el aplazamiento, presuntamente para determinar cuál había sido el papel de Danny Harris en los asesinatos. Era una artimaña legal que ya había sido dilucidada en 1979, pero que servía perfectamente para ganar tiempo. Las autoridades de la prisión recibieron la información pertinente vía fax y teléfono, en lo que se anticipaba sería una noche muy larga.
Mientras la corte decidía su destino, Harris jugaba ajedrez con el capellán de la prisión. A las 8:15 (hora de California), la cena llegó: dos pizzas grandes con anchoas, un paquete de pollo frito, una gelatina y un refresco.
Entre las 22 horas y la medianoche, dos aplazamientos adicionales fueron emitidos por los jueces del Noveno Circuito argumentando que la cámara de gas constituía un castigo cruel e inusual. Una vez más, el estado de California inmediatamente solicitó a la Suprema Corte cesar sus apelaciones, esta vez apoyándose en la constitución. Mientras esperaban la resolución de la Suprema Corte, Harris charló con los guardias de la prisión que se encontraban al otro lado de la reja, al tiempo que su abogado Charles Sevilla le informaba cada media hora acerca del desarrollo de la situación.
A las 23:25, la Corte disolvió el primer aplazamiento con un fallo unánime, abocándose ahora a la cuestión de “castigo cruel e inusual” invocada por el aplazamiento posterior. Mientras tanto, la hora original de ejecución (12:01) quedó atrás y las divisiones de opinión al interior del reclusorio eran evidentes, ya que algunos vinculaban la utilización del gas cianuro a los campos de concentración nazis, inclinándose por métodos de ejecución menos crueles como la inyección letal.
Para las 3 A.M. la “decisión final” llegó. En un movimiento inusual, la Corte rechazó emitir un fallo en favor de la apelación del equipo defensor. “Esta decisión –quedó asentado en un documento no firmado— debió haber sido tomada hace más de una década. No existe una buena razón para este retraso abusivo, el cual se ha ido descomponiendo cada minuto con los intentos de manipular el proceso judicial.”
De esta manera, las dos apelaciones quedaron vacantes y Robert Harris estaba listo para su cita con la muerte. El guardia de la prisión, Daniel Vázquez, telefoneó a la Suprema Corte de California para asegurarse de que no hubiera apelaciones adicionales pendientes y no se tomara ninguna decisión anticipada. Los 48 testigos oficiales –incluyendo familiares de las víctimas, amigos y familiares de Robert Alton Harris, y un contingente de periodistas— fueron convocados a sus lugares. Cumplidos estos requisitos, Vázquez ordenó que la sentencia de muerte se desarrollara.
A las 3:49 A.M., Harris fue escoltado hacia la cámara y sentado en una de las dos sillas de ejecución. Rápidamente fue atado por tres guardias, quienes enredaron correas en brazos, piernas y pecho del sentenciado. Cuando el último guardia se despidió, Harris sonrió y le dijo: “Todo está bien.”
La puerta se cerró con un grave sonido metálico. Harris observó a los espectadores a través del cristal y encontró la mirada de su hermano mayor, Randy, quien, con el dedo pulgar, le deseó suerte. “Él quiso mirar a la gente en sus últimos momentos como un ser humano que tenía dignidad y fuerza”, declaró Craig Haney, uno de los últimos visitantes en conversar con Harris antes de que éste quedara aislado en la cámara.
En la dirección de guardias se vertió ácido sulfúrico en una tina debajo de la silla en la que estaba sentado Harris, causando un inquietante siseo. Robert Harris relajó su cabeza y permaneció quieto, como si aguardara que las tabletas de cianuro cayeran y se mezclaran con el ácido para crear una nube letal que pondría fin a su vida.
En la antesala de la cámara, el guardia Vázquez estaba a punto de dar la orden al verdugo de que soltara las tabletas, cuando sonó uno de los tres teléfonos de la antesala. La llamada era del juez Harry Pregerson del Noveno Circuito, quien informó que él ordenaba un nuevo aplazamiento. Temeroso de que la llamada pudiera ser falsa, Vázquez obtuvo el número particular del juez Pregerson y lo llamó para verificar la autenticidad del fallo.
Transcurrieron más de 11 minutos y Harris continuaba al interior de la cámara, sin explicarse qué había causado la demora. Ansioso, sus ojos denotaban inquietud. “Vamos, bájenla”, dijo, refiriéndose a la palanca que liberaría la tabletas de cianuro.
En la antesala, Vázquez ordenó que el ácido sulfúrico fuera recuperado de la tina bajo la silla de Harris; un guardia abrió la puerta de la cámara e informó al sentenciado que existía una nueva apelación.
En la celda de espera, Harris habló con su defensor por teléfono. Visiblemente agitado dijo: “Cuando entraron a la cámara, pensé que sólo me iban a cambiar de silla.”
Nueva batalla legal
Con la reciente apelación dio comienzo una nueva batalla legal de que duraría algunas horas y en la que tuvieron que intervenir siete jueces de la Suprema Corte de Washington, quienes asumieron que, en el caso de Harris, debía imponerse la mayoría y que la decisión de Pregerson era sólo personal. Por ello, un poco más tarde la Corte de Washington emitió una orden sin precedentes, la cual dejaba sin validez cualquier apelación que no saliera de esa instancia. Este extraño documento no dejó lugar a dudas: la vida de Robert Alton Harris sería terminada por el estado de California en la cámara de gas de San Quintín.
A las 6:01 A.M. del 21 de abril de 1992, Harris una vez más fue removido de su celda de espera. Como un último deseo pidió a los guardias que lo dejaran caminar hacia la cámara sin escolta, asegurándoles que no daría problemas. Sintiendo que Harris se había resignado a su destino y que estaba preparado para morir, Vázquez estuvo de acuerdo con la petición del condenado. Fiel a su palabra, Harris ingresó a la cámara por su propio pie, tomando su lugar en la silla. Nuevamente fue amarrado y otra vez recorrió con la mirada al grupo de invitados hasta encontrar el rostro de Steve Baker, el policía de San Diego que participó en su arresto y cuyo hijo fue asesinado por el ahora sentenciado. Aunque la voz de Harris no fue escuchada a causa del grueso cristal de la cámara, claramente se entendió que decía: “Lo siento.” Baker movió la cabeza afirmativamente en silencio.
Vázquez ordenó que el ácido sulfúrico fuera vertido en la tina, escuchándose nuevamente el siseo del líquido. Una vez que la vasija se llenó, el guardia dio instrucciones al verdugo de accionar la palanca. En sus momentos finales, el condenado decidió no luchar contra la muerte. Inhaló profundamente el gas liberado y entró paulatinamente en la inconsciencia. Minutos más tarde –y 14 años después de haber asesinado a los jóvenes Michael Baker y John Mayeski— Robert Alton Harris, el único sentenciado que entró en dos ocasiones a la cámara de gas de San Quintín, fue pronunciado muerto.
Defensa neurológica
La violencia premeditada no es algo inusual. La historia legal moderna es vasta en ejemplos de actos violentos reflexionados, desde Charles Manson –quien a finales de los años sesenta planeó y ejecutó un ataque mortal contra celebridades artísticas que se encontraban en una fiesta— hasta Jeffrey Dahmer, el homosexual de Milwaukee que literalmente se comía a sus víctimas.
Con Robert Alton Harris, la maquinaria legal nuevamente se puso en movimiento. En un intento por detener la ejecución, programada en un principio para abril de 1990, los abogados defensores emplearon una variante legal llamada defensa por insanidad; es decir, si el acusado puede demostrar que por razones de demencia crónica o temporal no se percató de las consecuencias de su ataque mortal o fue incapaz de controlar sus impulsos violentos, la Corte puede absolverlo de sus responsabilidades y declararlo no culpable por cuestiones de insanidad. Dichas personas, en caso de que evadan la pena capital, son remitidas a un hospital psiquiátrico.
John Hinckley Jr., por ejemplo, que en 1981 intentó asesinar al presidente estadounidense Ronald Reagan, fue declarado no culpable por razón de insanidad. A principios de 1992 un jurado rechazó una petición similar de Jeffrey Dahmer, cuyos crímenes parecían especialmente deliberados y calculados.
El abogado de Harris trató de extender los alcances de la defensa por insanidad, argumentando que la violencia aparente de su cliente era producto del daño en una región específica de su cerebro, producto de una infancia de maltratos físicos. El argumento no dio resultado y Harris fue ejecutado en la cámara de gas de la prisión de San Quintín. No obstante, la llamada defensa neurológica ahora se aplica en un espectro enorme de casos y con mucha más regularidad que antes.
Por siglos, los científicos de diversas disciplinas han explorado la relación compleja que existe entre los daños cerebrales y la conducta violenta. En 1715, el médico y químico alemán Herman Boerhaave notó que los pacientes que habían sido mordidos por animales rabiosos “rechinaban los dientes y gruñían como perros”. Las autopsias revelaban que los cerebros de los pacientes, al igual que el de los animales con rabia, estaban inflamados notoriamente.
Las observaciones de Boerhaave no fueron corroboradas sino hasta los años cincuenta del siglo 20, cuando el neurólogo francés Henri Gastaut demostró que la rabia –ya entonces se sabía que era causada por un virus— infectaba una región del cerebro conocida como sistema límbico.
Para mediados de los 70, los investigadores habían determinado que cierto tipo de arrebatos violentos podía ser consecuencia de un mal funcionamiento en la región límbica. Russell Monroe, de la Universidad de Maryland, descubrió que muchos de los individuos violentos a menudo se asombraban de su propia conducta, describiendo sus acciones como resultado de una fuerza apremiante que escapaba de su control.