Senos

Por Óscar Garduño Nájera
 Es cierto, jalan más que dos carretas y en una sociedad que impone su modelo estético mediante el bombardeo de toneladas de imágenes, el tamaño de los senos sí importa
En torno a sus tamaños y bien definidas proporciones se dan imperecederas charlas que apuntan más a exageraciones ópticas, propias de una cuarta dimensión masculina, que a la realidad. Durante la adolescencia de cualquier mujer se convierten tanto en motivos de celebración, como de burla, frente a la crueldad propia de la edad, y no son pocas las jovencitas que sueñan con tenerlos voluminosos y firmes, esperando, así, que el inexorable paso del tiempo no deje su marca en ellos (aunque bien saben es mentira). Tal es el caso de Catalina Santana, la protagonista de la serie colombiana de televisión Sin tetas no hay paraíso, quien es rechazada por tener senos pequeños. La serie está basada en la novela homónima de Gustavo Bolívar y obtuvo un reconocimiento general, además de que fue blanco de críticas por dañar la imagen del país.
¿Importa el tamaño de los senos? Si tal pregunta la hacemos a los hombres, un amplio porcentaje responderá que sí, importa, aunque también habremos de toparnos con fantasías que atienden a fenómenos visuales generosamente integrados.
En busca de indicios, frente a mí aparecen mujeres con senos descomunales, más allá de lo que biológicamente es posible. ¿Cómo llegaron a ser estas mujeres lo que son? Es más, ¿cómo fue este mi primer referente? Quizás sucede lo mismo que con las caderas y el tamaño de los senos ha evolucionado valiéndose de estereotipos visuales que desafortunadamente se han salido de control. Comprueben si no. Hoy más que nunca es común encontrarnos con mujeres que se someten a múltiples operaciones estéticas; incluso púberes que, al carecer de recursos económicos, no se las han realizado, pero que no dudan en asegurar, con una determinación que congela, que de contar con el dinero suficiente lo primero que se operarían serían los senos, con la única finalidad de que en el mundo del espectáculo y la fama destaque más una parte de su cuerpo que su inteligencia. Al final, tras largas sesiones en clínicas especializadas terminan quejándose de dolores en la espalda o aceptando que pusieron su vida en peligro por dejar que en ellas predominara el culto a la imagen. ¿Vale la pena? Antes que sanar su autoestima frente a un espejo buscan una popularidad que les ha sido impuesta por obligación, y que los hombres lleguen hasta sus brazos para alabar la belleza artificial de sus senos o, en el mejor de los casos, para pagar las cuentas del cirujano. Si se mira bien se trata de una felicidad artificial, y me parece que una felicidad así, a lo Dorian Grey, termina, tarde que temprano, por derrumbarse, y los implantes no son la excepción.
El primer paso para llegar al consultorio plástico y solicitar una operación de senos es recurrir a remedios caseros. Por lo mismo, hay mujeres que duermen con el sostén puesto, en la absurda creencia de que así mantendrán la firmeza o bien se aplican ungüentos que prometen las mil maravillas.
Estética desproporcionada
No hay nada más desafortunado que encontrar a una mujer que se avergüenza del tamaño de sus senos y que hace hasta lo imposible por pasar desapercibida, por cruzar los brazos y esconderlos del juicio de los demás, como si éstos prevalecieran por sobre cuestiones mucho más trascendentales.
No olvidemos que, bien visto, las proporciones exorbitantes en los senos son propias de la cultura pornográfica, donde incluso hay películas que presentan mujeres con tales características (operadas la mayoría de ellas), las cuales han capitalizado la obsesión que los hombres tienen hacia los senos grandes para lanzarse a la fama y hacerse de grandes fortunas, como sucede también con mujeres del espectáculo, quienes venden en televisión, a cuadro, la idea de que ahí, en los senos, está parte de la esencia de ser mujer, aunque ni ellas mismas alcancen a comprender sus propias palabras. Y no sólo en medios como el pornográfico, también aparecen en el anime japonés, libros cómicos, historietas, y videojuegos norteamericanos, donde la heroína por lo regular lleva un entallado atuendo y muestra unos senos desproporcionados.
No obstante, en la relación que mantengamos con nuestra pareja al día con día debe existir un diálogo que nos lleve al entusiasmo, a la motivación, y, sobre todo, a obtener placer sin poner tanta atención en los tamaños. Cuenta, de este lado, esa sensibilidad que en algún momento hemos olvidado frente a nuestra pareja, y los recursos que utilicemos para motivarla, los cuales, por cierto, son muchísimos. También los detalles. Uno puede estar de acuerdo con ciertas formas corporales, con ciertos gustos, pero también conviene aceptar que hay elementos que se encuentran más allá de los senos grandes, medianos o pequeños, y que, bien empleados, hasta los más voluminosos estarán de sobra.
Fábrica de monstruos
Si miramos con una lupa la sociedad en que vivimos, nos daremos cuenta que es especialista en crear monstruos, y si bien atrás de cada uno existen condiciones psicológicas especiales, nosotros hacemos nuestra parte al juzgar desde los parámetros que nos han sido inculcados por los medios masivos de comunicación; ser despiadados en la crítica, frente a hombres y mujeres, y llevarlos a extremos ridículos y peligrosos (pregunten ustedes a las conductoras de televisión).
Atendamos los senos de nuestra pareja con el tacto de un escultor medieval sin importar el tamaño. Si se me permite tal afirmación, diré que la mayoría de las mujeres está de acuerdo en que el hombre no sabe cómo acariciar los senos, pues está empapado por una rudeza, excesiva y risible en ocasiones, y por las prisas que para él significa toda práctica sexual.
De entrada, me parece buena opción preguntar, mostrar interés en lo femenino, aprender ahí a dar nuestros primeros pasos. Aceptemos que en esto apenas andamos a tientas, y que justo aquel que cree conocer todo acerca de los secretos femeninos es el que más deslumbra por su ignorancia.
No hay que olvidar que cada parte del cuerpo de una mujer tiene su propio lenguaje y que aprenderlo, repetir las lecciones, resulta complicado, mas no imposible para quien pacientemente no para de intentarlo una y otra vez.
Bosque de sensaciones
Al igual que con las caderas, en los senos existe un ritmo pendular que inicia en el momento en que la mujer se quita el sostén, cuando nos mira a los ojos y se percata de lo que logra provocar en nosotros con tan sólo pasar rozando sus senos por nuestro pecho. Pero vamos un poco antes. Si es que conseguimos que las yemas de nuestros dedos escalen por su cuello, entenderemos que vamos por buen camino; obligación es entretenerse en sus orejas, deslizando la mano por encima de ellas como si estuviéramos modelando la figura de un ser querido. Avancemos por el pecho de manera lenta; si alcanzamos a imaginar que nuestros dedos son las piernas de una bailarina en plena acrobacia dancística podremos llevar a buen fin nuestra mejor presentación. Ese recorrer la piel de ella a través de un bosque de sensaciones, como si a cada paso corriéramos el riesgo de extraviarnos, y como si ella nos fuese guiando con su respiración hasta que, una vez desnudos, sean dos las respiraciones que consigan volverse una sola.
Entremos por debajo de la ropa y colguemos nuestra mano en la orilla del sostén con infinita paciencia, como si frente al piano interpretáramos el Allegro moderato de La trucha de Franz Schubert. Uno a uno nuestros dedos se deben apoderar de lo que existe debajo: un reino desconocido sumergido en las penumbras. Una vez que se toquen los senos, cuando por fin consigamos traspasar todas las zonas de seguridad que nos han sido impuestas, cuando ella con su mirada nos anime a continuar y con un ligero parpadeo nos ilumine, no hay que olvidar que acabamos de entrar a una zona altamente erógena, donde abundan las terminaciones nerviosas, las cuales tenderán puentes mágicos entre nosotros y la sensibilidad femenina.
Dense su tiempo. Nadie puede venir a apresurarnos en las prácticas sexuales y esto es algo que los hombres debemos tener presente antes de mirar constantemente el reloj. Una vez que lleguemos al punto anhelado, lo mejor será aumentar la intensidad, sin olvidar que cada una de las caricias debe ser de una suavidad aterciopelada pero sin restar la intensidad. Hay que tener presente que cualquier caricia brusca resultará incomoda para la mujer, y que en caso de que así sea solicitaremos, humildemente, nos lo haga saber, pues no hay peor mujer que la que se calla con tal de que el hombre esté a gusto.

Hagámosle saber lo mucho que gustamos de acariciar tal zona, lo mucho que nos puede inspirar cuando a través de ella respiramos un aire distinto. Ya está: entre los dedos aparecen los pezones como montañas del mejor cuadro del Dr. Atl, y éstos también tienen sus propias caricias: pueden ser formando un círculo alrededor de ellos, o bien colocando la palma de la mano en el centro, recargando un poco, hasta que sintamos cómo, al hincharse, disparan nuestro deseo. No teman preguntar. Intercambien puntos de vista y conocimientos; entre los dos debe existir la confianza suficiente para compartir recetas, trucos, etcétera.
Si corremos con suerte, habrá de llegar el momento en que nuestros labios besen los pezones en un beso suave y cálido. Entonces coloquen en esa montaña la punta de la lengua y hagan el trazo de cada letra de su nombre. Ya está. Al menos un secreto femenino nos ha sido revelado. A partir de ese momento, una cicatriz trazada por los senos nos quemará de vez en cuando el alma. Quien llegue aquí mandará al diablo nuestra primera pregunta. Y hará bien.

1 thought on “Senos

  1. Amigo, como siempre un trabajo precioso, de buen gusto y con la sensualidad necesaria para llevar al lector por ese recorrido que mencionas, se ve que hay trabajo de investigacion de campo jajajaja es broma…. como siempre un placer orgasmico leerte…

    Saludos

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