Ahí donde sólo somos letras

POR Iván Ríos Gascón
El 4 de septiembre de 1976, un Henry Miller de 85 años culminó una carta dirigida a Brenda Venus, su último apasionado amor, de esta manera: “Siento que vas a ser bella toda la vida. Como la Venus de Botticelli, saliste del mar y todavía eres espuma”

El amor es un territorio extraño, el hemisferio del anhelo contemplativo y la ansiedad de posesión. El amor trasluce el deseo de permanencia, la eternidad es su reflejo. El abrazo, un beso o el calmo recorrido táctil por las oquedades más inciertas del cuerpo venerado, son las huellas indelebles de un estallido de emociones que colonizan todo el universo. La distancia simboliza el infortunio de un alma urgida por abrirse al otro, por compartir la posibilidad de la dulzura o el amargo ritmo del planeta, ya que al amar invocamos una apacible suspensión de la eterna soledad ambulatoria, donde la epístola clarifica la ambición de sostenernos. Letras que son jirones de nuestra imperfección, nuestra inconstancia, nuestra inexorable y dolorosa vacuidad: con palabras expresamos lo que no decimos o tocamos, lo que no olemos ni penetramos; con palabras enunciamos el horror por la distancia y la efracción y, al fin y al cabo, lo que no somos ni seremos, porque es más espontáneo (y poético) sincerarnos a través de la escritura, que confesar de viva voz el miedo latente de mostrarnos, de exhibir la efímera, vana o grotesca esencia que nos compone.
Atormentado por la pasión demoledora que la condesa Teresa Guiccioli le inspiraba, el 22 de abril de 1819 Lord Byron le escribió estas líneas en un italiano correcto pero ordinario: “Tú que eres mi único y último Amor, tú que eres mi único deleite, la delicia de mi vida, tú que fuiste mi única Esperanza, tú que fuiste, siquiera por un momento, toda mía, te has ido, y yo me quedo aislado en la desolación. ¡He aquí en pocas palabras nuestra historia! Es un caso común, que habremos de sufrir como tantos otros, pues el Amor no es nunca fácil, pero nosotros habremos de sufrir más porque tus circunstancias y las mías son igualmente fuera de lo ordinario, pero no quiero pensar en esto, amemos,
….amemos ahora cuando
amando se puede ser correspondido”
El dilema de Lord Byron consistía en que la hermosísima Teresa era una mujer casada. Y a pesar de que su tenacidad por separarla de su siniestro esposo, el conde Alessandro Guiccioli, fue exitosa, a través de esa accidentada relación el poeta inglés comprendió que cuando no se subordina y se sacrifica todo por amor, entonces se convierte en algo mediocre o pasajero como la estima y la amistad.
El 23 de diciembre de 1909, James Joyce le escribió a Nora Barnacle: “Verás que no soy un mal hombre. Soy un pobre poeta impulsivo, pecador, generoso, egoísta, celoso, insatisfecho y de naturaleza amable; pero no soy una persona mala y falsa. Querida, intenta protegerme de las tormentas del mundo. Te quiero (¿lo crees ahora, querida?) y, oh, estoy tan cansado de todo lo que he hecho aquí, que creo que cuando llegue a Via Scussa me deslizaré hacia la cama, te besaré tiernamente en la frente, me escurriré entre las sábanas y dormiré, dormiré, dormiré.”
El sueño compartido como refugio y salvaguarda. El sueño como epílogo de una ardorosa duermevela.
El 4 de septiembre de 1976, un Henry Miller de 85 años, culminó una carta dirigida a Brenda Venus, su último apasionado amor, de esta manera: “Siento que vas a ser bella toda la vida. Como la Venus de Botticelli, saliste del mar y todavía eres espuma.”
Liquidez. Metáfora de la encantadora naturaleza femenina.
Louis‒Ferdinand Céline adoraba los traseros. Repudiado por hosco, irreverente y antisemita, remataba las cartas que escribía a la pluralidad de sus amantes (Simon Saintu, Erika Irrgang, Lucette Almanzor, Lucía Porquerol, Evelyne Pollet, Karen Marie Jensen, Lucienne Delforge y la enigmática N…), con esta despreocupada sugerencia, que reflejaba la calma sensatez del deseo y la devoción: “¡Que nada la contenga! Execro la fidelidad, el estancamiento, las virtudes burguesas, todo lo que fija y aprisiona la vida. ¡Goce! De esta forma recuperará su lirismo bien inocente y todo animal”
La fingida indiferencia ante el placer que excluye al enamorado, un ser que sólo anhela una respuesta: el goce sólo es posible si él es el creador del éxtasis que exige.
Abatido por los desplantes y ofensas de Zelda, que durante una tortuosa estancia en Francia lo tachó de homosexual, Francis Scott Fitzgerald conjuró su melancolía en esta carta fechada en el verano de 1930: “Puedo escribirte tan brutalmente al pensar en la incesante oleada de amor que te rodea y envuelve siempre y que tienes la capacidad de provocar a tu antojo, cuando sé que por la mera simulación del mismo yo abjuraría de lo mejor de mi corazón y de mi mente. ¿Acaso crees que la soledad en que vivo tiene un decorado más ameno que cualquier otra soledad? ¿Crees que es mejor por el hecho de recordar que hubo veces muy tarde de noche en que tú y yo compartimos nuestra soledad?”
La perenne servidumbre apuntalada en la distancia. La renuncia al orgullo y la aniquilada vanidad, porque el amor escrito es como un espejo que exterioriza el alma, desde el íntimo relato de nuestra existencia fútil, momentáneamente sublimada por la certeza de un beso, un abrazo o la caricia del ser que nos inspira adoración.
Una carta es perdurable. Aunque el amor se extinga, las palabras permanecen.