Asesinos: las nuevas estrellas del espectáculo

POR José Luis Durán King
Violencia y azar nutren la mitología de los asesinos pluralistas, dos elementos que los han colocado en el pináculo de la fama en Estados Unidos
En 1994, la investigadora Nancy Toran-Harbin presentó un estudio al Comité de Justicia y Asuntos Legales de Ottawa, Canadá, a propósito de unas estampas que las autoridades deseaban impedir que llegaran con tanta facilidad a las manos de los niños. Los coleccionables eran muy similares a los se distribuyen con las imágenes y estadísticas de los deportistas. Así, explica Toran-Harbin, en las estampas de los deportistas aparece el dibujo del individuo y al lado su registro deportivo. En las de los asesinos era la misma distribución, sólo que las estadísticas variaban, por ejemplo, con su modo de operar, aunque en ambos casos las tarjetas tenían un costo distinto para al consumidor dependiendo del número de hazañas del deportista y del número de víctimas del asesino; así, una de las cartas más caras era la de Jeffrey Dahmer, que mató a por lo menos 17 personas.
En el mercado de la memorabilia vinculada a los grandes predadores, el asesino serial ha pasado a ser la estrella del espectáculo, relegando a las víctimas a un papel secundario. Pero hay algo extra: de acuerdo con el tipo de presas –niños, mujeres, ancianos, prostitutas, homosexuales—, la popularidad de los asesinos entra a una especie de oscura bolsa de valores. Y si a lo anterior se le agregan los datos sórdidos de una cadena de crímenes, el éxito está garantizado.
A más de 40 años de haber organizado la carnicería de Cielo Drive, Charles Manson encabeza el billboard de los homicidas pluralistas. La prominencia de sus víctimas –artistas de cine, playboys, gente bonita en general de California—, los mensajes escritos con sangre en las paredes, el objetivo del delito (provocar una guerra interracial entre blancos y negros) y Manson actuando como un demente frente a las cámaras y micrófonos, colocaron al pequeño ogro en el pedestal en que se encuentra.
Y si a Manson no ha abandonado la prisión, la sociedad se lo debe en gran parte a la hermana de la actriz Sharon Tate, quien cada que el líder de La Familia solicita la libertad bajo palabra, la mujer moviliza a familiares y amigos de las víctimas para realizar marchas y protestar contra ese recurso legal.
Con Jeffrey Dahmer y John Wayne Gacy sucede lo mismo. El primero, además de matar homosexuales asiáticos y negros (en su mayoría), los canibalizó y guardó partes corporales en armarios y, por supuesto, en el refrigerador, piezas que “pensaba comer más tarde”. En lo que corresponde a Gacy será muy difícil que el público olvide el disfraz de payaso que el hombre utilizaba para dar funciones benéficas en orfelinatos. El atuendo de Pogo nunca lo usó para asesinar, pero la imagen depositada en la parte más profunda de nuestros miedos primitivos quedará ahí por muchas generaciones.
Toran-Harbin, señala que las estampas coleccionables son como magnetos para los niños y que no era raro ver a menores de 10 años intercambiando las imágenes con expresiones como “Él a cuántos mató”. El estudio de la investigadora tenía como propósito prohibir la importación de las tarjetas, las cuales provenían de –sí, usted adivinó— Estados Unidos.
Además del foco y el fonógrafo
Y ya que se ha tocado el tema de Estados Unidos como un gran productor de objetos vinculados al fenómeno criminal, hay que enfatizar que en esa nación hay toda una cultura al respecto con profundas raíces históricas. En el libro Natural Born Celebrities. Serial Killers In American Culture, David Schmid explica que la fama de los asesinos seriales en la actual cultura estadounidense conjunta dos aspectos propios de la modernidad de ese país: el azar y la violencia. Estos dos elementos han sido destacados por la industria del cine norteamericano, por lo que quizá sea pertinente añadir que la obsesión de nuestros vecinos del norte por las imágenes ha sido determinante para la glorificación de la muerte.
Thomas Alva Edison, por ejemplo,  siempre tuvo una peculiar inclinación por la violencia. De hecho, uno de sus primeros registros en fonógrafo fue la lectura que un locutor realizó de las confesiones del multihomicida de Chicago, HH Holmes, además de que en sus kinetoscopios mostró la ejecución (actuada, por supuesto) de Mary, la reina de Escocia. Por si fuera poco, Edison participó en la licitación de la corriente eléctrica para ejecutar a criminales. Sonido, imagen y pena capital fueron sus aportes para una cultura que se alimenta y produce violencia.