Damas en problemas: crímenes que inspiraron una comedia musical


POR Jessa Crispin

En los años 20 y 30, la Mafia y la vida nocturna eran el mejor catalizador para hacerse de una posición social en Chicago, sólo que la fiesta no era para todos: algunas mujeres terminaron en el banquillo al mezclar alcohol, pasiones y armas


Parte de Chicago se congeló en los años 30. He estado pensando mucho últimamente en mi antigua casa de Chicago y en mi nuevo hogar de Berlín. El hilo que los une al parecer es porque los dos están atrapados en el tiempo. En el mismo tiempo. Tienen un pie en esta caótica época contemporánea, pero el otro aún está en los años 20 y principios de los 30, y cada una puede resumirse en las experiencias de Bob Fosse (Chicago y Cabaret).

¿Y por qué no? Fue una época glamorosa para ambas. Berlín tuvo sus cabarets, a Otto Dix, el sexo y el licor. Chicago tuvo sus bares clandestinos, sus gángsters y a las chicas gatilleras. Con lo que siguió –escombros en una, delincuencia y pobreza en la otra—, para todos queda una retrospectiva más difusa que clara. Así que haga un tour por el Chicago de Los Intocables o vaya a un espectáculo de burlesque en Berlín.
Pero ajuste sus gafas y verá lo que impulsó la alocada energía del Weimar de Berlín y la era del jazz en Chicago. La decadencia de Weimar tiene sus raíces en la total devastación financiera. Con la inflación fuera de control, cualquier cantidad de dinero que tenías un día valía 10 por ciento menos al otro. Las familias vieron cómo todos los ahorros de su vida no alcanzaban siquiera para comprar el periódico. ¿Por qué no salir a la calle y abandonarse a la perdición?
Chicago tenía un problema capital. La oligarquía y la Mafia gobernaban el territorio, mientras que el trabajador, el hombre común, carecía de lugares seguros. Con un trabajo que machacaba su alma, habitando en cuartuchos horribles y las condiciones inseguras de su empleo, no es de extrañar que el malestar en ocasiones se manifestara lanzando bombas y mediante el hedonismo. La Prohibición pudo haber colocado fuera de la ley al ciudadano de a pie, pero es innegable que acabó agregándole un atractivo. Pronto los hombres y las mujeres comenzaron a fraternizar en los lugares públicos, las faldas se elevaron más y más, y la conducta subterránea se hizo más profunda. “Toma un cóctel y un hombre, cariño, porque quizá estemos muertos mañana”.
Diosas rurales

La dinámica sexual de Chicago cambió de manera rápida y drástica en las primeras décadas del siglo 20 de acuerdo con The Girls of Murder City: Fame, Lust, and the Beautiful Killers Who Inspired Chicago, de Douglas Perry. Las muchachas solteras del país vivían solas en una gran ciudad por vez primera. Las tiendas, las oficinas, las fábricas contrataban a las mujeres de sonrisas bonitas para la toma del dictado y para coser. Los cabarets y las tabernas clandestinas las necesitaban para atraer a los hombres. Cruzar un poco la pierna en medio de una canción y protagonizar una coreografía podía convertir a una joven pobre y asustadiza en una gran actriz. O bien, si la suerte estaba de su lado, podría incluso llegar a ser la señora de un industrial fulano de tal y tener así todas sus necesidades satisfechas, como fue el caso de la señora Belva Gaertner.

Belva primero ganó los periódicos por su talento musical, que más tarde abandonó, cuando el millonario William Gaertner la vio actuar y se enamoraron. Aunque Belva regresaría a los titulares cuando se divorciaron: Cada uno contrató a detectives privados para espiar al otro, al grado de que a menudo había confusión sobre qué detective estaba trabajando para quién. Belva estaba de nuevo en las marquesinas cuando disparó a su amante, mucho más joven que ella. O tal vez ella no lo hizo, es tan difícil asegurarlo. La mujer estaba tan ebria que no pudo recordar lo que ocurrió.
También estaba la más joven y la más hermosa Beulah Annan, quien también borracha disparó a su amante y, mientras éste agonizaba en el piso, ella escuchaba discos de jazz. Luego apareció la aún más joven y también bella Wanda Stopa, que estaba decidida a asesinar a su amante casado y a la esposa de éste, pero que, cuando sus planes tomaron otro curso, prefirió suicidarse. O Katharine Malm, que estaba en prisión por robo cuando Belva y Beulah cometieron sus asesinatos. O Sabella Nitti, quien tuvo la desgracia de no ser rica ni atractiva, por lo que fue uno de las pocas convictas.
Engañabobos

Casi todas ellas fueron absueltas. La dinámica sexual de Chicago cambió tan rápido que los jurados (integrados por hombres) no pudieron adaptarse. Ninguno de ellos quería creer que aquellas encantadoras señoritas fueran capaces de hacer algún daño. El ideal femenino mantuvo el papel que ellas mejor desempeñaban –sensibles, vulnerables, criaturas indefensas, presas fáciles para ser engañadas en la gran ciudad. La prensa mordió el anzuelo y prefirió centrarse nuevamente en los asesinos de estrellas. La excepción fue un periodista, la señorita Maurine Watkins, quien se mantuvo impasible ante la locura de las mujeres. Ella también tenía orígenes humildes –de un contexto rural se trasladó a la ciudad para hacerse de un nombre, sin que la apoyara ningún familiar— pero se mantuvo recta y vio lo que los hombres no querían ver. Los artículos de Watkins para The Chicago Tribune son hilarantes por su mordaz sarcasmo y por sus mordientes amonestaciones contra los hombres crédulos que integraban la fuente periodística de aquella época.

Si la historia suena familiar, es porque Watkins escribió la obra teatral Chicago, que Bob Fosse convirtió en musical después de la muerte de la periodista. De la vida real a los escenarios los detalles apenas cambian: ahí está el marido triste que devotamente permanece al lado de la mujer que ama durante el juicio de ésta, sólo para ser abandonado tan pronto como se da a conocer el veredicto de inocencia. El embarazo falso. La competencia entre las mujeres encarceladas. Incluso la repetición constante de “Los dos alcanzaron la pistola”, que inspiró uno de los grandes temas de musicales, salió directamente de la boca de un abogado. Sin embargo esto es lo que hace que The Girls of Murder City sea, en última instancia, una lectura decepcionante. El musical y la película ya contaron la historia. Pese a todo es un buen libro, aunque Perry está mucho menos interesado en lo que condujo a tantas mujeres al asesinato, que, conociendo a los hombres, probablemente se lo merecían. Y no parece entender muy bien ni la obra Chicago ni la era en que el drama se desarrolló. Su descripción es tan hueca como una toma contemporánea de un cabaret del Berlín de Weimar: la oscuridad, la presión y la relación tan cercana con la muerte. Se convierte en una ciudad y en una era de buena música y trajes bonitos.

Hay una foto de Belva en The Girls of Murder City, recién arrestada y separado de sus cosméticos y vestuario. Hay círculos oscuros bajo sus ojos, manchas de pecado y un rostro abotagado son claramente visibles; parece pequeña y asustada. Una foto tomada más tarde en la corte la muestra en su disfraz completo, luciendo 10 años más joven, con un sombrero que semeja el aura de un icono, envuelta en pieles y seda, y empolvada de maquillaje. Uno de los grandes talentos detrás de los retratos de Otto Dix sobre las mujeres y los hombres de Berlín fue su capacidad de mostrarnos de forma simultánea la fealdad debajo y el glamour y la belleza de las capas superiores. Sin el mismo tipo de habilidad, sin la voluntad para ir más allá de ambas versiones, un autor probablemente debe encontrar otras ciudades para retratar.

Tomado de: The Smart Set. Agosto 19, 2010.