Groucho Marx o ¿Y el humor… nos hará libres?

POR María Dolores Bolívar
Si hay algo que históricamente rechaza el ciudadano parisino es el humor ramplón y brusco estadounidense. Sin embargo, en el Mayo francés de 1968, en uno de tantos graffiti que hicieron memorable una época y una lucha, se podía leer: Je suis Marxiste, tendance Groucho (Soy marxista, tendencia Groucho). ¿Por qué ese tributo a un comediante estadounidense?
La lectura de Groucho Marx puede recomendarse a manera de terapia. Una línea por día, un diálogo por semana. El razonamiento de cada una de sus ironías, a manera de confabulario reflexivo. Esto lo imaginé cuando me puse a disfrutar de este gigante en medio de una rutina de papeles y lindes burocráticos, embrutecedores. Marx para sobrevivir; Marx para creer; Marx para sobreponerse a las políticas de odio… Pues! Me refiero al único e inigualable Groucho.
Tal vez no sea exagerado decir que la cultura estadounidense encuentra en el humor uno de sus ingredientes primordiales. El vaudeville, el cine, la radio, la televisión y la cultura popular toda se basan en él. Pero pocas figuras cobran un sitio tan clave, en el más amplio contexto de esa cultura del humor.
Groucho Marx –a quien nadie reconocería con el nombre de Julius Henry Marx (1890-1977)— se lleva un importante estelar en el acervo artístico y crítico de la cultura estadounidense. Si la edad más codiciada de un actor transcurre entre los 30 y los 50, la vida de Groucho conoció esa cumbre durante los difíciles y polémicos años veinte y treinta en los Estados Unidos. Marcado sin duda por la Prohibición y la crisis económica de 29, Groucho se convirtió durante esos mismos años en una leyenda. Al evocar las vicisitudes de su vida en el alto Manhattan solía decir, a tono de broma, que allí se había labrado una carrera de miseria. Como escribió Stefan Kanfer, “siempre a dos pasos de la indigencia”, la familia Marx padeció la suerte de muchos inmigrantes judíos.
En el reino de la anfibología
Groucho fue el tercero de un peculiar grupo de actores, los hermanos Marx –Harpo, Zeppo, Gummo, Chico. Tomó el nombre escénico de Grouch, “Gruñón”, adaptándolo al estilo de un monero de época, del New Yorker (1925), que utilizaba la “o” para darle un giro humorístico a las palabras kiddo, wacko, daddyo. A pesar de que vivieron los Marx una etapa hollywoodense y que serán los medios de comunicación masiva y no el vaudeville su punto de encuentro con la popularidad de las audiencias masivas, Groucho destaca y cobra fuerza en la cultura del humor y la ironía con sus célebres y clásicos puns –líneas en doble sentido—, en el reino del non-sequitur o la anfibología –planteamiento que combina lo ambiguo con lo equívoco.
El humor marcó su vida y el vaudeville su estilo. En pocas líneas sintetizó  la cultura de su tiempo: Too Humorous to Mention (Demasiado cómico para ser evocado). Groucho fue dueño de la virtud de recuperar para el texto a la caricatura, tarea en la que se lleva el protagónico del humor, o como solían decir los comediantes de su época, que por pudor se resistían a compartir escenarios con los hermanos Marx, “con ellos se agotaba la risa”.
Y en otra línea histórica, a manera de lema o graffito callejero, vimos expresarse algo del rol de luminaria que le tocó a Groucho, de entre los Marx: Je suis Marxiste, tendance Groucho (Soy marxista, tendencia Groucho) se leyó en las paredes parisinas; pues si París ha rechazado siempre la simpleza y brusquedad del humor estadounidense, con Groucho Marx rendía, sin cortapisas, su tributo al ingenio.
El poder del doble sentido
Picante, mordaz, seductor, dueño de los giros inesperados y del poder del doble sentido, Groucho hacía reír con líneas que recuperaban para el humor los sucesos más cotidianos. Este es un típico intercambio con los que atrajo a miles en su célebre Duck Soup (1933), donde alternaba con una mustia y pretensiosa señora Teasdale:
“—Estuve con mi esposo hasta el final.
—Ah! Ya entiendo por qué se murió.
—Lo abracé y lo besé.
—Ya veo, de modo que fue asesinato.”
Y este es tal vez el más aplaudido de sus giros inesperados –non sequitur—, donde utilizaba el absurdo con absoluta naturalidad:
“—Afuera está el camión de la basura
—Dile que no queremos.”
Y aquí la más citada de sus anfibologías:
“Una vez le disparé a un elefante en pijama. Lo que nunca sabré es cómo hizo para meterse en mi pijama.” (Animal Crackers –titulada en español El conflicto de los Marx).
Rechazo a la intolerancia
En la obra invaluable de Groucho Marx quedaron retratadas también las fobias de su era. Un siglo atropellado y marcado por las guerras del que supo extraer sus mayores absurdos: el racismo, la intolerancia cultural y religiosa, la peculiar estigmatización de los acentos, todos aspectos de la cultura que quedaron retratados en la caricatura política y el chiste, al que los medios convirtieron en un vehículo de crítica efímera, pero memorable.
Dos situaciones reales evocan la picantez con que Groucho ridiculizaba la intolerancia como método de vida. Al enterarse que un club de natación antisemita había rechazado a su hija expuso: “Es mitad judía solamente, qué tal si la dejan meterse de la cintura para abajo.” Sus ironías subrayan el modo como la cultura estadounidense tiende a establecer ghettos culturales cuya manifestación más frívola se expresa en el repudio de los acentos. Al dialogar con un brillante lingüista, Groucho se burla con una línea que bien podría revivir en los tiempos actuales… “Entiendo que habla once idiomas… pero cuál de ellos está usando ahora mismo.”
Conocemos de Groucho Marx gracias al coleccionismo. Y, ciertamente, algunos de sus textos se conservan como únicos, originalísimos. Uno, en particular, no dilató en dar varias veces la vuelta al mundo, a pesar de no haber pertenecido a estos tiempos modernos de la Internet y sus redes sociales. Al circular que pensaban dar por título a su doceava película, “Una noche en Casablanca” (1946), los hermanos Marx recibieron una severa amonestación de orden legal por parte del abogado de los Hermanos Warner (Warner Brothers), compañía que reclamaba para sí los derechos sobre el título de la también memorable largo metraje estelarizado por Humphrey Bogart e Ingrid Bergman (1942). La respuesta irónica de Groucho no se hizo esperar, abriendo con un “Aparentemente hay más de una manera de conquistar una ciudad y de asumirla como propia” (“Apparently there is more than one way of conquering a city and holding it as your own.”) En breves líneas, Groucho redujo a su oponente al máximo –seguramente un abogado ávido de fortuna a quien no le importará impedir que los Marx y los Warner fueran amigos— y, utilizando argumentos similares a aquellos con los que el autor de aquella carta pretendía someterlo lanzó, interpelando nada menos que a los Warner:
“Al parecer, en 1471, Ferdinando Balboa Warner, su tatarabuelo, al buscar la ruta más corta a la ciudad de Burbank, se topó con las costas de África… y colocando en ellas su marca las llamó Casablanca.” Y dando un giro inesperado a su respuesta continuó… “¿Y qué me dice de Warner Brothers?” El resto de la carta es una auténtica joya del ingenio en la que hace ver a sus acusadores que no son originales. “Profesionalmente nosotros, los Marx, ya existíamos antes que Vitaphone fuese siquiera un destello en el ojo de su inventor… y, aun entonces, no éramos los únicos; ya había habido otros hermanos –Los hermanos Smith, los hermanos Karamazov…”

Las colecciones de Marxiana no dejan de subrayar el respeto debido a quien encarnara el icono del humor tout court! Paul Wesolowski, por ejemplo, imprimió sobre su tarjeta de presentación: “El establecimiento de investigación de los hermanos Marx más completo del planeta” (“The most complete Marx Bros. Research Facility in the Planet”. ) Wesolowski dio a conocer, desde su Freedonia Gazette, TODO acerca de los hermanos Marx.
Pero no hay mejor homenaje a un genio de los textos, que su lectura. Por eso resulta invaluable el acceso que a través de los archivos de Freedonia en http://www.marx-brothers.org/  podemos tener hoy, al golpe de una tecla, gracias a la persistencia e intrepidez de Frank Bland.
Y como cada semana, subrayamos. Déjà Vu es ephemera a la que, como a las palabras, el tiempo y los campos luminosos, borran, irremisiblemente… no así sus contenidos que consiguen alojarse en la memoria, siempre inspirados por personalidades cuya obra permanece, lista para revivir, a la menor provocación. Al escribir acerca de Groucho, su agilidad mental y su fabuloso manejo de la ironía me resultaron inspiradores. Esperamos lector que a ti también te sirvan de terapia, socorro o cuestionamiento, bálsamo, sacudida.
Mi agradecimiento a Stefan Kanfer, por sus libros biográficos y críticos, Groucho, The Life and Times of Julius Henry Marx y The Essential Groucho (o desde Cape Cod el mundo luce distinto), a Paul Wesolowski por Freedonia y a Frank Bland (1963-2008) por www.marx-brothers.com