La inoculación

POR Alfredo C. Villeda
Émile Cioran ha escrito con no poca convicción que la idea debería ser neutra, pero el hombre la anima y proyecta sus flamas y sus demencias. “Impura, transmutada en creencia, se inserta en el tiempo y toma la figura de acontecimiento. El tránsito de la lógica a la epilepsia se ha consumado. Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas”.

Estas palabras que abren el ensayo “Genealogía del fanatismo”, del que antaño ha echado mano el fusilero, lanzan su eco perturbador desde 1949 a las salas cinematográficas contemporáneas con Inception (El origen, 2010), el filme de Christopher Nolan que narra una serie de historias enlazadas en un embudo onírico en que el personaje principal, un ladrón de secretos corporativos interpreado por Leonardo DiCaprio, hace el periplo para inocular la más poderosa bacteria de que tenga memoria la especie: una idea.

Ya Milan Kundera había invocado esa peligrosa arma en su novela La broma (1969), que le valió persecución y un obligado exilio de la entonces Checoslovaquia a Francia, al juguetear con una fórmula marxista: “El optimismo es el opio del pueblo”. Inconcebible sublevación intelectual para los invasores soviéticos, la sola idea lanzó al novelista al extranjero. Trece años después, en una charla con Philip Roth, el propio Kundera ponderó: “Hoy en día (1980), en el mundo entero, la gente prefiere juzgar a comprender, contestar a preguntar. Así, la voz de la novela apenas puede oírse en el estrépito necio de las certezas humanas”.

Mas el solo conocimiento del poder de una idea asusta. El poeta Alexander Solyenitzin, víctima del gulag como es bien sabido, decía que un pueblo que lee jamás será conquistado. La idea, en el contexto de la película de Nolan, es un bien preciado a inocular como parte de una trama criminal en la que se va descendiendo en círculos, como si de la Comedia de Dante se tratara. Una historia en otra, como en El garabato de Vicente Leñero, o un sueño entre los sueños, como en “Las ruinas circulares” de Borges o “La noche boca arriba” de Cortázar, con alternancia de la realidad y la exaltación del íncubo.

El discurso del filme se complica con la ruta de la inseminación de una idea y la vía de la obsesión del ejecutor, quien perdió en ese juego de la alternancia y la realidad virtual a su pareja, interpretada por la nueva francesa favorita de Hollywood, Marion Cotillard, elemento perturbador que complica la misión. Si la angustia es el vértigo de la libertad, como escribió Kierkegaard, es en ese torbellino en el que el inseminador ha resbalado en este juego de espejos y arquitectura mental: concretar la tarea y con ello recuperar a sus hijos, o ceder a su laberíntica y difunta esposa, presa en los recovecos del inconsciente.

Similar en cuanto a la experiencia del viaje a otras películas (Matrix, Hasta el fin del mundo, Días extraños et al), El origen aporta esta disyuntiva filosófica, política y social de la idea y, por consiguiente, la duda, de la que Descartes ya nos ha hablado con profusión al oído. El remate, sin embargo, vende más un happy end que otra vuelta de tuerca (antojo del fusilero villamelón), pero son sabidos los límites de la industria estadunidense y las exigencias a los autores. Eso, sin embargo, es tema de los que saben de cine, de los que lo hacen, no de quienes irrumpen de vez en vez en tan altísimo arte, injerencia que bien sabrá disculpar la escasa concurrencia de este foro semanal.