Las ciudades, simbolismo y construcción inagotable

POR Ximena Cueva
La relación de amor y odio que muchos experimentamos con las ciudades que habitamos habla de algo más que nuestros gustos o preferencias, se basa en el tipo de conexión que establecemos con nuestro afuera y nuestro adentro, nuestro exoesqueleto cultural y nuestra bioquímica de la percepción
Representaciones y convulsiones
Si bien es cierto que la economía tiene sus estrategias simbólicas, de acuerdo con García Canclini, son los habitantes quienes ocupan los diferentes sitios del planeta y se apropian de ellos, particularmente, de los denominados urbanos. En este sentido, es claro que la tecnología ha jugado un papel importante en la distribución espacial y es en gran medida la responsable de que las actividades económicas estén menos vinculadas con los lugares que físicamente ocupan en las ciudades. En Estados Unidos el desarrollo urbano estuvo ligado inicialmente a la industrialización y es así como se ubicaron los grupos poblacionales, conformados por migrantes. En otras ciudades como París o Roma, las actividades económicas al interior de la metrópoli tienen además un desarrollo histórico que influye también en la redistribución de los diferentes elementos urbanos, que a su vez son expresión material de la cultura, nacional y local.
La pregunta es ahora, a quién le importa esto de la cuestión urbana, acaso no basta vivir y padecer las ciudades, disfrutarlas en días de descanso y conocerlas a fondo tomados de la cintura del Apolo en turno… Siempre habrá quien busque los por qué, las razones, las distribuciones morfológicas ocultas bajo los escombros o bajo el acomodo espacial de las construcciones donde habita, pues al mismo tiempo eso puede explicar la disposición de los espacios al interior del cuerpo, la inclinación del pensamiento para sentir y saber lo que sucede como parte de la existencia, alterna y cotidiana. La ciudad, viva, puede al mismo tiempo predisponernos a vivirla que existir a nuestro lado a manera de compañera silenciosa que recorre con las uñas nuestra espalda y nos hace cerrar los ojos para saborear con más claridad los aromas del destierro, voluntario o involuntario, de nuestro propio corazón o de otra urbe antigua en nuestro tiempo o nuestro espacio personal, porque es aquí donde se aclara que el tiempo y la distancia no se miden en millas o minutos, sino en palpitaciones al pronunciar nombres y eventos, posibilidades y encuentros.
Entre los mitos que se construyen en torno a las ciudades está el olvido de dios, por la sobriedad de los muros y lo laberíntico de las vidas que en ellas se desarrollan; sin embargo, habría que pensar si una de estas deidades no prefiere imantarse a la piel y vivir en la locura de la gente y en las posibilidades de las noches de ebriedad y muerte momentánea, de la promiscuidad latente y el anonimato capaz de aumentar el tamaño de los corazones que se saben y a la vez se huyen para no ser presa fácil de las flechas de cualquier ángel en su papel de exterminador de voluntades.
Decía Alejandro Aura que para responder al que se cree dueño de la ciudad sólo podría responderle aquel que tuviera “más fuertes ligaduras consigo mismo”, y así como hay sitios y actividades que por decisión nos resultan ajenos, ese mismo fallo que combina sensaciones y trabajo conceptual, en los ciudadanos, sabemos que los ambientes a su vez dan pie a la configuración de imaginarios colectivos. Baste recordar plazas, espacios abiertos donde los individuos decidieron alguna vez congregarse y las fuerzas públicas extirparles, con pólvora y máscaras, las dimensiones viscerales de posibilidad de expresiones libertarias.
La metamorfosis que vivimos a diario es visible en la presencia o ausencia de ojeras en los rostros de los sobrevivientes urbanos y en los dolores y fortalezas musculares, y es de la misma forma como podemos verla y sentirla en los sitios que recorremos y ocupamos al interior de las metrópolis. Los cafés se pueblan de distinta fauna, dependiendo del transcurso de las horas y los días, lo mismo que las tiendas, los puentes, las bancas y las escalinatas. La dualidad se vive como parte del paso de las horas, pues lo mismo somos público que intérpretes de las más diversas puestas políticas.
Los espacios urbanos
Esta relación de amor y odio que muchos experimentamos con las ciudades que habitamos habla de algo más que nuestros gustos o preferencias, se basa en el tipo de conexión que establecemos con nuestro afuera y nuestro adentro, nuestro exoesqueleto cultural y nuestra bioquímica de la percepción, con la forma en que respondemos hormonal y conscientemente a los lugares que vivimos.
Cuál es el sentido que adquieren los espacios de la ciudad para sus habitantes e incluso para los visitantes que son impresionados más allá de lo visual, es decir, para aquellos que realmente empiezan una relación personal con la ciudad y deciden desde ese primer contacto regresar material y anímicamente, es algo que se gesta desde el primer encuentro. Ese primer enfrentamiento con las estructuras y el aire circundante determinan los encuentros futuros y los andamios que se usarán para construir los puentes adecuados.
Si confiamos en la lógica de Castells, y asumimos que “No existe imagen más que vinculada a una práctica social”, entonces nuestros entornos adquieren un sentido donde el actuar diario adquiere un sentido diferente, pues fácilmente podemos enumerar los lugares que nos gusta visitar una y otra vez y las actividades que más y menos disfrutamos en los que consideramos nuestros barrios y ciudades, pero saber que con estas actividades estamos ayudando a su configuración, hace que nuestra voluntad empiece a modelarse en esta circunvolución interna que se aloja inmaterialmente entre el cráneo y la garganta.
La memoria del espiral
Finalmente, aun cuando Lacan consideraba que lo imaginario es una dimensión del engaño, también existe la noción de los imaginarios como los espacios que construimos a través de las imágenes que vamos adquiriendo y ordenando; se quedan en nuestros recuerdos y pensamientos para habitarlos y en otra vuelta más del espiral somos nosotros quienes los ocupamos temporalmente. Esta es una de las formas de hacer nuestra la ciudad, sus posibilidades y ofertas; difícilmente rechazamos una propuesta urbana de intercambio de posesiones donde se combina hormigón, aliento y latidos.
La ciudad, por su parte, tiene memoria y puede verse en las banquetas que se niegan a borrar del todo la presencia de un árbol que las habitó profundamente durante décadas. Y aunque los estudios urbanos y de sociología del arte afirman que el desarrollo y las estrategias económicas modelan y crean hábitos estéticos, está visto que la combinación de voluntades de asfalto y genética humana también ayudan en la conformación de los entornos.
La estructura urbana tiene un ritmo marcado por la distribución de avenidas, calles, tipos de edificaciones y, al transitarla, es factible sentir el efecto de tal alineación, pues marca incluso nuestra velocidad de avance. Eso, sumado a las razones que nos llevan a andar los espacios, marca un ritmo cardiaco y respiratorio que tiene una secuela en la forma en que el cerebro procesa la información que recibe y la combina con las novedades para producir nuevos cocteles de conocimiento y percepción.
Costumbres, creencias y arraigo son los órganos vitales que los grupos humanos usan para apropiarse de los espacios y que a su vez modelan la fisonomía urbana, pues a pesar de los grandes propietarios y definiciones gubernamentales, es “la gente” quien ocupa o desocupa material y subjetivamente los territorios, los recorre con los ojos cerrados o se entrega a ellos y los hace suyos.
Sin importar la magnitud de las ciudades que habitemos, siempre es notable el efecto que los diferentes espacios, su distribución, las actividades e incluso el mobiliario ejerce sobre nosotros. Y aun cuando hay una infinidad de formas de vivir las urbes, la personal, la que nos lleva a recordar rincones, a visitar sitios a solas y compartir entornos con aquellos que llamamos nuestros, hace que los significados se reconfiguren a nivel individual y grupal y sea así como las calles, muros, edificios y vegetación adquieran eso que los estudiosos llaman personalidad urbana. Los imaginarios de nuestras ciudades, todas las que consideramos nuestras, están configurados con una exquisita mezcla de dolores, sazones, placeres y hasta necesidades; y así como es posible pasear los dedos por esa combinación de concreto y flores de cierta esquina cotidiana, en nuestro interior el pensamiento recorre y saborea los efectos de tal maridaje en nuestro laberinto de percepciones y adagios conceptuales.