Los pinchadores de París

POR Fraxi
 El siguiente artículo es una rara joya periodística que habla de una plaga que abatió la ciudad luz en el siglo XIX: la de los pinchadores. Nunca antes las nalgas de las parisinas habían corrido tanto peligro

De acuerdo con la medicina legal, el fetichismo es una excitación morbosa y el goce sexual se obtiene mediante la observación de una parte del cuerpo humano, fotografías, prendas e, incluso, de un cadáver. Existe un desarrollo anormal del sentimiento, que en su inicio puede ser normal, pero aquí está evocado por algo representativo de una persona definitivamente próxima. En esta aberración, el goce sexual se obtiene por la presencia de un “fetiche” (trenzas, prendas de vestir, por ejemplo); la ausencia de dicho fetiche crea un estado ansioso que puede llegar a ser obsesivo.
El fetichista puede transformarse en “frotador”, y generalmente lo hará contra las nalgas o los senos de mujeres, entre la muchedumbre; o en “pinchador”, cuando en forma sádica trata de producir, en la exacerbación de su instinto anormal, un daño con un arma (cuchillo) en las partes que son objeto de su fetiche.
Para algunos especialistas en conductas criminales, el fetichismo evolucionaría necesariamente hacia la aversión del otro sexo. Así como es difícil precisar la frecuencia con que se dan las modalidades de estilo fetichista, se pueden señalar como objetos que sirven de fetiche al desviado: zapatos, guantes, ropa interior de mujer, botas en el homosexual, etcétera; a fin de obtenerlos, el individuo puede llegar hasta el hurto o el robo, destruyéndolos en su afán de satisfacción sexual en una especie de verdadera liturgia.
Comienzan los ataques
Durante el invierno de 1818 se abatió sobre París un nuevo tipo de epidemia: determinados individuos se dedicaban a punzar, con objetos puntiagudos, el trasero de las señoritas en edad de merecer. El primer caso se produjo en el jardín de las Tullerías: una damisela sentada en un banco sintió una fuerte punzada en el tafanario que le hizo perder el conocimiento. El autor, un hombre que aparentaba ser un militar retirado y lucía la cinta de la Legión de Honor, desapareció entre los recovecos vegetales del jardín. Pocos días más tarde, una señora que paseaba en el Palais Royal del brazo de su marido fue herida bajo la cadera izquierda con un estilete por un individuo que huyó poniendo pies en polvorosa. Los casos se sucedieron con una frecuencia cada vez mayor, tanto que esta “epidemia de pinchadores” se convirtió en un problema alarmante para las autoridades. Las jóvenes se negaban a salir solas de casa y las denuncias por “pinchazos” atestaban las dependencias de la Prefectura.
La policía ingenió una treta: contrató 20 señoritas que pasearían por las calles de París con lentitud y haciendo que sus movimientos fuesen lo más estimulantes posible de cara a atraer la atención de los “pinchadores”. Dos agentes de paisano las seguían a prudente distancia e intervendrían en caso de que los maniáticos hicieran su aparición. La experiencia, ingeniosa, no tuvo éxito, y al final de ocho días se renunció a ello.
Finalmente el 1 de febrero de 1820 el tribunal condenó a cinco años de prisión a Auguste-Marie Bizeul, sastre, de 35 años, acusado de haber pinchado a cuatro señoritas. Este escarmiento no consiguió que los demás pinchadores cejasen en sus actividades, que prosiguieron hasta 1821.
Y ahora el espíritu comercial: en 1819 algunos industriales intentaron aprovechar la inquietud general. M. Liebert, farmacéutico de la isla de San Luis, lanzó una pomada contra los “pinchazos” y un herrero urdió un protegenalgas de metal ligero, que se instalaba tal y como muestra el grabado.
Caricaturistas y letristas de canciones aprovecharon el tema de los “pinchadores” para sus composiciones… Tras algunos meses de angustia, París volvía a reír.
Referencias: Enciclopedia de medicina legal y Revista Historia y vida, número 103.
Tomado de: Exapamicron. De todo un poco.