Cómo leer (y escribir) en avioneta

POR Guadalupe Beatriz Aldaco
Pero si leer no sirve para ser más reales, ¿para qué demonios sirve?
Gabriel Zaid, Cómo leer en bicicleta
La diferencia entre un turista y un viajero es que este último no sabe cuándo volverá al lugar de partida, pues realizar un periplo implica también transitar hacia el interior de sí mismo.
Paul Bowles
Pensé en darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía. (…) Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala.
Herman Melville, Moby Dick

Viaje 1
Woody Allen, en una entrevista que le realizó en París el escritor español Javier Marías, confesó el goce que le proporciona leer cuando viaja en avión: “Yo disfruto la lectura encima de las nubes”, fue la frase con la que quiso compartir su dichosa afición, y agregó: “Al despegar, me agarro al libro como si fuera un amuleto de la suerte”. El venezolano Israel Centeno, autor, entre otros, del libro de cuentos Criaturas de la noche (Alfaguara, 2001), emprende un ritual similar: antes de iniciar el vuelo se aferra al libro, pues traerlo consigo le da cierta seguridad, “como manejar cierta cábala, [es] como creer que si uno empieza una novela en un viaje no debe terminarla, para así poder continuar leyendo en el lugar de destino”.
Viajar en avión también suscita ciertas preferencias literarias. Cuando Joe Haldeman, el renombrado escritor de ciencia ficción, se dispone a hacer un largo viaje en aeronave, elige novelas de misterio como las de Raymond Chandler, las cuales lo mantienen lo suficientemente ocupado como para no preocuparse por lo que hace que el avión se sostenga en el aire (o por lo que podría evitar que se sostuviera).
El haber desempeñado un trabajo que le exigía viajar constantemente le otorgó a Álvaro Mutis el tiempo suficiente para escribir la mayor parte de su obra literaria. Bosquejaba y redactaba sus textos en los hoteles, en las salas de espera de los aeropuertos y en los aviones, lo que combinaba, por supuesto, con el placer de la lectura. El memorioso Borges gustaba de fraguar sonetos durante sus travesías aéreas, los cuales terminaba por dictar una vez que pisaba tierra firme. El poema que dice: “Ya somos el olvido que seremos./ El polvo elemental que nos ignora/…” lo escribió en las páginas de su imaginación durante un trayecto aéreo de Buenos Aires a Nueva York, cuando ya no podía ver con sus ojos físicos. Otra María (Panero) fue la encargada de transcribirlo, junto con otros cuatro sonetos, según lo apunta Harold Alvarado Tenorio en el artículo “Cinco inéditos de Borges”, en su revista Arquitrave. María Kodama ha referido que durante los vuelos muy largos, Borges prefería combinar lecturas serias con artículos de revistas de tono ligero.
El británico Alain de Botton, autor de El arte de viajar, emprende sus travesías aéreas acompañado invariablemente de autores como Flaubert y Baudelaire. Escribir ese libro, dice Botton, le enseñó, además de que “el paisaje puede ayudar a sentirnos menos envidiosos” y que “debemos tirar nuestras cámaras fotográficas y empezar a dibujar”, que los aeropuertos pueden ser hermosos y que los aviones son buenos lugares para pensar.
Y así, de Bowles a Chatwin, de Hemingway a Tabucchi, las nubes que evocara Woody Allen son, para muchos autores, la áurea exquisita que propicia el torrente imaginativo de la lectura y la escritura.
Identidad suspendida
 FOTO: Viaje 2
Pero, ¿qué suerte de artilugio se desencadena en la percepción del autor-lector que le hace conceder al hecho de ir en avión o penetrar en un cuarto de hotel un sentido especial? Porque no se trata en sí del artefacto aéreo y del espacio hotelero, sino de las atmósferas que esos sitios suscitan. ¿Qué inusitadas posibilidades comienzan a surgir a partir de que se irrumpe en esos territorios tan aparentemente ordinarios?
Dice Marc Augé, en su libro Los no lugares (Espacios del anonimato, Una antropología de la sobremodernidad[1]), que los hoteles y los aviones, junto a los aeropuertos, cadenas de supermercados, centros comerciales, autopistas, son “no lugares”, sitios en los que se está de paso y donde la identidad del ser humano queda temporalmente suspendida. Son los espacios privilegiados del desarraigo, de la dilución de la identidad. En ellos nos vemos reducidos a un mero individuo que ocupa un lugar anónimo en el espacio compartido. Somos un nombre y un apellido que nada revelan por sí mismos. Un simple número, una cifra, un símbolo viviente que está muy lejos de proyectar el mínimo dejo de su esencia.
“Despertarse en una cama ajena, en un lugar desconocido, tiene un no sé qué de absolución y nacimiento”. La escritora venezolana Tatiana Escobar hace esa interesante reflexión en su libro Sin domicilio fijo, en el que confiesa ser víctima de un nomadismo irremediable. Y es que los hoteles, y para nuestro cometido –por extensión‒ los aviones, poseen una extraña condición de “zonas límbicas” previas a la existencia, anteriores a la vida con sus habituales dimensiones. Al penetrarlos, quienes nos dejamos seducir por ellos, arribamos a una especie de zona del silencio, de campo magnético que nos desliza hacia el interior de nosotros mismos. Y no hay condición más propicia para la lectura y la escritura que ese estado sigiloso y solitario. Porque la condición para compenetrarse realmente con el “no lugar” y gozar de sus posibilidades es la de estar solos, acudir a ellos sin compañía alguna. “Los viajes son la gran oportunidad del silencio”, dijo alguien. La soledad viajera es un éxtasis en la medida en que somos (y estamos) solamente para nosotros, en plena y completa confrontación.
Espacios en blanco
FOTO: Viaje 3
Al irrumpir en espacios impersonales, con multitud o sin ella (el avión, el aeropuerto, el cuarto de hotel) nos despojamos de las exigencias de la vida real, la común, la cotidiana, la obligada, y entonces la libertad adquiere forma de asientos, ventanas, pisos, techos, camas, paredes, cortinas y espejos ajenos, distantes, simbólicamente alejados de nosotros. Podemos jugar a que somos, en realidad, otros. El estar solos en esos ambientes nos procura una forma de vida transitoria, como si renaciéramos y no fuéramos responsables de pasados ni presentes. Somos capaces de anular la propia historia y adquirir una nueva identidad. Es la liberación que otorga la condición incógnita. “En los viajes hay que dejar la propia vida en casa, pues se vuelve un artefacto inútil”, dicen que recomendaba Juan Filloy.
Ahí donde no se nos reconoce, donde nos hemos vuelto anónimos, en esos espacios en blanco, tenemos la oportunidad de elaborar un nuevo plano del incierto edificio en el que siempre nos estamos convirtiendo. Estamos en perfecta comunión, como si la vida comenzara de nuevo y nosotros fuéramos los únicos dioses, los ejecutores de nuestro propio bautismo, los agentes de nuestro rito de iniciación. Estamos esencialmente solos y por eso la lectura y la escritura resultan tan especialmente placenteras, intensas, gratificantes, definitivas.
A Rodrigo Rey Rosa, narrador y trashumante guatemalteco, amigo y confidente de Paul Bowles hasta tiempo antes de que éste se encontrara con la muerte en África, la soledad en los viajes le parece algo natural, “no se siente como una carga, y yo necesito de soledad para escribir. Me cuesta aislarme de la gente, y creo que los viajes son para mí como una especie de retiro. La sensación puramente física de estar en movimiento también me causa placer, y conocer lugares nuevos, pero creo que yo necesito viajar porque necesito estar solo. Tengo la impresión de que me hago invisible, o me gusta pensar que es así”. Esa sensación de camuflaje, de desintegración, de lograr desaparecer de entre los otros, es la que une a los amantes solitarios de la lectura y la escritura en su tránsito por los aviones, hoteles, aeropuertos, esos “no lugares”
Javier Reverte gusta de viajar sin compañía, con billete sólo de ida como quería Bowles; suele llevar poco equipaje, no tiene un itinerario fijo y toma notas constantemente. Para él viajar es una especie de “marcha en el vacío, en la que no sabes lo que vas a encontrar, porque el pasado no importa, el presente se te escapa entre los dedos y el futuro lo desconoces”. La infraestructura viajera es, pues, el no espacio, el no lugar, el sitio más seductor para sumergirse en la literatura, porque en ella todo es nacimiento, inicio, descubrimiento.
FOTO: Viaje 4
Viajar y leer (la lectura como viaje es otro gran tema) se parecen porque son dos formas de ejercer la libertad, de superar nuestra condición humana, finita, imperfecta; dos estrategias para abolir la fugacidad. Y no ser fugaz quiere decir explorar, pasar despacio, intentar entender, dejar de ser superficiales, agudizar la conciencia, tratar de comprender y comprendernos.
En su relato Una torre en la Toscana, Bruce Chatwin dice: “Quienes de nosotros presumen de escribir libros caen al parecer en dos categorías: los estables y los itinerantes. Hay escritores que sólo funcionan a domicilio con la silla adecuada, los estantes de diccionarios o enciclopedias, y ahora tal vez, con el ordenador. Y luego están estos otros, como yo, que quedan paralizados por el domicilio. Para quienes el domicilio es sinónimo del proverbial bloqueo del escritor…” Para estos últimos los aviones, las avionetas, los aeropuertos, los hoteles, la cafetería, el bar, el autobús, el tren, la fila del banco o el supermercado, son sus habitaciones propias, los no lugares sin los cuales cualquier incipiente suspiro creativo corre el riesgo de desvanecerse.
Cómo leer (y escribir) en avioneta
POR Guadalupe Beatriz Aldaco
Pero si leer no sirve para ser más reales, ¿para qué demonios sirve?
Gabriel Zaid, Cómo leer en bicicleta
La diferencia entre un turista y un viajero es que este último no sabe cuándo volverá al lugar de partida, pues realizar un periplo implica también transitar hacia el interior de sí mismo.
Paul Bowles
Pensé en darme al mar y ver la parte líquida del mundo. Es mi manera de disipar la melancolía. (…) Esos viajes son, para mí, el sucedáneo de la pistola y la bala.
Herman Melville, Moby Dick
FOTO: Viaje 1
Woody Allen, en una entrevista que le realizó en París el escritor español Javier Marías, confesó el goce que le proporciona leer cuando viaja en avión: “Yo disfruto la lectura encima de las nubes”, fue la frase con la que quiso compartir su dichosa afición, y agregó: “Al despegar, me agarro al libro como si fuera un amuleto de la suerte”. El venezolano Israel Centeno, autor, entre otros, del libro de cuentos Criaturas de la noche (Alfaguara, 2001), emprende un ritual similar: antes de iniciar el vuelo se aferra al libro, pues traerlo consigo le da cierta seguridad, “como manejar cierta cábala, [es] como creer que si uno empieza una novela en un viaje no debe terminarla, para así poder continuar leyendo en el lugar de destino”.
Viajar en avión también suscita ciertas preferencias literarias. Cuando Joe Haldeman, el renombrado escritor de ciencia ficción, se dispone a hacer un largo viaje en aeronave, elige novelas de misterio como las de Raymond Chandler, las cuales lo mantienen lo suficientemente ocupado como para no preocuparse por lo que hace que el avión se sostenga en el aire (o por lo que podría evitar que se sostuviera).
El haber desempeñado un trabajo que le exigía viajar constantemente le otorgó a Álvaro Mutis el tiempo suficiente para escribir la mayor parte de su obra literaria. Bosquejaba y redactaba sus textos en los hoteles, en las salas de espera de los aeropuertos y en los aviones, lo que combinaba, por supuesto, con el placer de la lectura. El memorioso Borges gustaba de fraguar sonetos durante sus travesías aéreas, los cuales terminaba por dictar una vez que pisaba tierra firme. El poema que dice: “Ya somos el olvido que seremos./ El polvo elemental que nos ignora/…” lo escribió en las páginas de su imaginación durante un trayecto aéreo de Buenos Aires a Nueva York, cuando ya no podía ver con sus ojos físicos. Otra María (Panero) fue la encargada de transcribirlo, junto con otros cuatro sonetos, según lo apunta Harold Alvarado Tenorio en el artículo “Cinco inéditos de Borges”, en su revista Arquitrave. María Kodama ha referido que durante los vuelos muy largos, Borges prefería combinar lecturas serias con artículos de revistas de tono ligero.
El británico Alain de Botton, autor de El arte de viajar, emprende sus travesías aéreas acompañado invariablemente de autores como Flaubert y Baudelaire. Escribir ese libro, dice Botton, le enseñó, además de que “el paisaje puede ayudar a sentirnos menos envidiosos” y que “debemos tirar nuestras cámaras fotográficas y empezar a dibujar”, que los aeropuertos pueden ser hermosos y que los aviones son buenos lugares para pensar.
Y así, de Bowles a Chatwin, de Hemingway a Tabucchi, las nubes que evocara Woody Allen son, para muchos autores, la áurea exquisita que propicia el torrente imaginativo de la lectura y la escritura.
Identidad suspendida
FOTO: Viaje 2
Pero, ¿qué suerte de artilugio se desencadena en la percepción del autor-lector que le hace conceder al hecho de ir en avión o penetrar en un cuarto de hotel un sentido especial? Porque no se trata en sí del artefacto aéreo y del espacio hotelero, sino de las atmósferas que esos sitios suscitan. ¿Qué inusitadas posibilidades comienzan a surgir a partir de que se irrumpe en esos territorios tan aparentemente ordinarios?
Dice Marc Augé, en su libro Los no lugares (Espacios del anonimato, Una antropología de la sobremodernidad[1]), que los hoteles y los aviones, junto a los aeropuertos, cadenas de supermercados, centros comerciales, autopistas, son “no lugares”, sitios en los que se está de paso y donde la identidad del ser humano queda temporalmente suspendida. Son los espacios privilegiados del desarraigo, de la dilución de la identidad. En ellos nos vemos reducidos a un mero individuo que ocupa un lugar anónimo en el espacio compartido. Somos un nombre y un apellido que nada revelan por sí mismos. Un simple número, una cifra, un símbolo viviente que está muy lejos de proyectar el mínimo dejo de su esencia.
“Despertarse en una cama ajena, en un lugar desconocido, tiene un no sé qué de absolución y nacimiento”. La escritora venezolana Tatiana Escobar hace esa interesante reflexión en su libro Sin domicilio fijo, en el que confiesa ser víctima de un nomadismo irremediable. Y es que los hoteles, y para nuestro cometido –por extensión‒ los aviones, poseen una extraña condición de “zonas límbicas” previas a la existencia, anteriores a la vida con sus habituales dimensiones. Al penetrarlos, quienes nos dejamos seducir por ellos, arribamos a una especie de zona del silencio, de campo magnético que nos desliza hacia el interior de nosotros mismos. Y no hay condición más propicia para la lectura y la escritura que ese estado sigiloso y solitario. Porque la condición para compenetrarse realmente con el “no lugar” y gozar de sus posibilidades es la de estar solos, acudir a ellos sin compañía alguna. “Los viajes son la gran oportunidad del silencio”, dijo alguien. La soledad viajera es un éxtasis en la medida en que somos (y estamos) solamente para nosotros, en plena y completa confrontación.
Espacios en blanco
FOTO: Viaje 3
Al irrumpir en espacios impersonales, con multitud o sin ella (el avión, el aeropuerto, el cuarto de hotel) nos despojamos de las exigencias de la vida real, la común, la cotidiana, la obligada, y entonces la libertad adquiere forma de asientos, ventanas, pisos, techos, camas, paredes, cortinas y espejos ajenos, distantes, simbólicamente alejados de nosotros. Podemos jugar a que somos, en realidad, otros. El estar solos en esos ambientes nos procura una forma de vida transitoria, como si renaciéramos y no fuéramos responsables de pasados ni presentes. Somos capaces de anular la propia historia y adquirir una nueva identidad. Es la liberación que otorga la condición incógnita. “En los viajes hay que dejar la propia vida en casa, pues se vuelve un artefacto inútil”, dicen que recomendaba Juan Filloy.
Ahí donde no se nos reconoce, donde nos hemos vuelto anónimos, en esos espacios en blanco, tenemos la oportunidad de elaborar un nuevo plano del incierto edificio en el que siempre nos estamos convirtiendo. Estamos en perfecta comunión, como si la vida comenzara de nuevo y nosotros fuéramos los únicos dioses, los ejecutores de nuestro propio bautismo, los agentes de nuestro rito de iniciación. Estamos esencialmente solos y por eso la lectura y la escritura resultan tan especialmente placenteras, intensas, gratificantes, definitivas.
A Rodrigo Rey Rosa, narrador y trashumante guatemalteco, amigo y confidente de Paul Bowles hasta tiempo antes de que éste se encontrara con la muerte en África, la soledad en los viajes le parece algo natural, “no se siente como una carga, y yo necesito de soledad para escribir. Me cuesta aislarme de la gente, y creo que los viajes son para mí como una especie de retiro. La sensación puramente física de estar en movimiento también me causa placer, y conocer lugares nuevos, pero creo que yo necesito viajar porque necesito estar solo. Tengo la impresión de que me hago invisible, o me gusta pensar que es así”. Esa sensación de camuflaje, de desintegración, de lograr desaparecer de entre los otros, es la que une a los amantes solitarios de la lectura y la escritura en su tránsito por los aviones, hoteles, aeropuertos, esos “no lugares”
Javier Reverte gusta de viajar sin compañía, con billete sólo de ida como quería Bowles; suele llevar poco equipaje, no tiene un itinerario fijo y toma notas constantemente. Para él viajar es una especie de “marcha en el vacío, en la que no sabes lo que vas a encontrar, porque el pasado no importa, el presente se te escapa entre los dedos y el futuro lo desconoces”. La infraestructura viajera es, pues, el no espacio, el no lugar, el sitio más seductor para sumergirse en la literatura, porque en ella todo es nacimiento, inicio, descubrimiento.
FOTO: Viaje 4
Viajar y leer (la lectura como viaje es otro gran tema) se parecen porque son dos formas de ejercer la libertad, de superar nuestra condición humana, finita, imperfecta; dos estrategias para abolir la fugacidad. Y no ser fugaz quiere decir explorar, pasar despacio, intentar entender, dejar de ser superficiales, agudizar la conciencia, tratar de comprender y comprendernos.
En su relato Una torre en la Toscana, Bruce Chatwin dice: “Quienes de nosotros presumen de escribir libros caen al parecer en dos categorías: los estables y los itinerantes. Hay escritores que sólo funcionan a domicilio con la silla adecuada, los estantes de diccionarios o enciclopedias, y ahora tal vez, con el ordenador. Y luego están estos otros, como yo, que quedan paralizados por el domicilio. Para quienes el domicilio es sinónimo del proverbial bloqueo del escritor…” Para estos últimos los aviones, las avionetas, los aeropuertos, los hoteles, la cafetería, el bar, el autobús, el tren, la fila del banco o el supermercado, son sus habitaciones propias, los no lugares sin los cuales cualquier incipiente suspiro creativo corre el riesgo de desvanecerse.

[1] Barcelona, Gedisa, 1995.

Stephen Hawking: Dios, cerca de su fin

Publicado por Eduardo Robredo Zugasti
 El modelo cosmológico de Stephen Hawking, más que negar la existencia de Dios, sugiere que el entendimiento de la existencia del universo descansa enteramente en leyes naturales. Aun así, la tesis con la Iglesia ha topado, despertando el espíritu más oscuro y conservador de sus líderes

Los “líderes religiosos”, la prensa sociorreligiosa y sus intelectuales han reaccionado airadamente ante la próxima publicación del libro de Stephen Hawking, The Grand Design: El filósofo Hawking deja de ser científico y niega la existencia de Dios. Por fortuna, en algunos lugares del planeta ya no vivimos en teocracias y esta ira santa no se traducirá en la ejecución del hereje, como ocurrió en los casos de Menocchio, Bruno, Vanini y otros convictos históricos de ateísmo que ya habían llegado a conclusiones similares a las de Hawking, aunque fuera desde distintas justificaciones filosóficas. Eso sí; sin duda los titulares de la prensa religiosa hubieran sido muy diferentes en el caso de que el físico británico hubiera pintado un cuadro más favorable y reconciliatorio con la religión. No habría más que recordar que muchos de los mismos teólogos que ahora braman contra Hawking, dan la bienvenida a noticias del tipo: “Autenticidad de Sábana Santa de Turín es confirmada por recientes estudios, de acuerdo con expertos reunidos en Lima”, y similares.

The Times ha adelantado un extracto del libro junto con un artículo:
Así como el darwinismo eliminó la necesidad de un creador en la esfera de la biología, una nueva serie de teorías han convertido en redundante el papel de un creador para el universo.
“El universo puede y seguirá creándose a sí mismo de la nada porque existe una ley tal que es la gravedad. La creación espontánea es la razón por la que existe algo más bien que nada, de por qué existe el universo, de por qué existimos”, escribe.
Hawking escribe que el primer soplo de inspiración fue la confirmación en 1992 de que se había observado a un planeta orbitando una estrella que no era nuestro sol. “Esto hace que las coincidencias de nuestro sistema planetario, un único sol, la afortunada combinación de la distancia entre la tierra y el sol y la masa solar, mucho más remarcable, constituya una evidencia mucho más convincente que la idea de que la tierra haya sido cuidadosamente diseñada sólo para agradar a los seres humanos”, escribe. Predice que la física está al borde de escribir una teoría de todas las cosas, un marco único que pueda explicar enteramente las propiedades de la naturaleza. Tal teoría será el santo grial de los físicos desde la época de Einstein, aunque hasta ahora haya sido imposible reconciliar la teoría cuántica, que explica el mundo de lo subatómico, con la gravedad, que explica cómo interactúan los objetos a escala cosmológica.

El profesor Hawking sugiere que la Teoría-M, una forma de teoría de cuerdas, conseguirá este objetivo. Escribe que “La Teoría-M es la teoría unificada que Einstein esperaba encontrar. El hecho de que los seres humanos, que son ellos mismos meras colecciones de partículas fundamentales de la naturaleza, hayan sido capaces de llegar tan cerca de entender las leyes que nos gobiernan y que gobiernan el universo, es un gran triunfo.
A veces salpimentado con salmos insultantes, el argumento subyacente de los teólogos para rechazar el planteamiento de Hawking, del que por ahora sólo hay un extracto periodístico, descansa en la idea (aunque empleada de forma muy oportunista y selectiva, como vemos) de que las entidades que postula la teología y en su caso la filosofía, como sierva suya, entidades tales como “Dios”, “alma” o “libre albedrío”, sencillamente no tienen nada que ver con las ciencias positivas. Estos conceptos típicamente religiosos, invulnerables al estudio empírico, no podrían ser confirmados o desconfirmados por la experiencia.
Sin embargo, las afirmaciones religiosas están solapándose constantemente con las afirmaciones científicas. Esto es cierto incluso desde la fundación intelectual de la teología, hace 2 mil 500 años en Grecia, cuando “Dios” mismo, como primer motor que ponía en movimiento el resto del cosmos aristotélico, era una parte en sí mismo de la física.
El supuesto naturalista de Hawking consiste también en que un cosmos con un Dios creador no es el mismo, empíricamente hablando, a un cosmos sin Dios creador. De la misma forma, un universo en el que existen almas inmateriales no es empíricamente idéntico a uno en el que no existen almas inmateriales. Ni es idéntico un universo con “Karma” o sin él. O un universo con “Bodisatvas” o sin ellos.
Tampoco una vida en la que existe “diseño inteligente” es empíricamente idéntica a una vida sin diseño trascendente, y la prueba es el desasosiego histórico de los teólogos provocado por el darwinismo naturalista junto al intento, nunca sofocado, de proponer una teoría “alternativa”.
Es indudable que la existencia de todas estas entidades pretendida y literalmente meta-físicas, en la medida en que interactúan causalmente con el universo, tiene necesariamente consecuencias empíricas y por consiguiente entran en el dominio de la ciencia positiva. No es lo mismo un universo con Dios que sin él, y por eso la teología no es invulnerable a la física cosmológica.
Stephen Hawking: “La ciencia ganará porque funciona”.

**Sean Carroll hace una interesante observación. Más que “probar” la inexistencia de Dios, lo que el modelo cosmológico de Hawking hace es sugerir un entendimiento de la existencia del universo que descansa enteramente en leyes naturales. Carroll sugiere que sería posible seguir “creyendo” en Dios, pero 1) en uno que no tiene ninguna implicación (física) en el universo tal como lo conocemos (a diferencia del Dios de Aristóteles) o bien 2) en otro que difícilmente se preocupa por los asuntos humanos (como los dioses griegos o el Dios de la ontoteología cristiana). En ambos casos sigue siendo cierto que los dos principales cursos históricos de la teología (el Dios personal y el Dios cosmológico) tocan a su fin si la ciencia de Hawking es correcta.
Tomado de: La Revolución Naturalista. Septiembre 3, 2010.

1 thought on “Stephen Hawking: Dios, cerca de su fin

  1. La gravedad es una fuerza inagotable reproductora de energía que se transforma luego en materia y que a la vez regenera más energía.
    La gravedad es el motor de la reproducción del Universo.
    El científico británico Stephen Hawking ya empieza a vislumbrar esa extraordinaria facultad que posee la gravedad, al afirmar en su nuevo libro, ‘The Grand Design’ o ‘Magnífico Diseño’, que Dios no fue el creador del Universo, que la creación fue una “consecuencia inevitable” de las leyes de la Física. También afirma Hawking: “Porque existe una ley como la gravedad, el Universo puede y podría crearse por sí mismo…”
    Esto quiere decir, ni más ni menos, que HAWKING comienza a darnos la razón: La materia se crea, la materia se reproduce, por lo tanto NO ES VÁLIDO el Principio de Conservación de la Energía
    Aunque Hawking está equivocado porque cree que el universo se creo de la nada. La gravedad no ORIGINÓ al Universo sino que lo hace crecer. Lo correcto es afirmar que la gravedad reproduce al Universo que siempre ha existido, porque la gravedad no pudo haber existido antes de que existiera la materia-energía.
    La gravedad es el principio acrecentador del TODO.
    Algunos, pecando por ligereza, afirman que la gravedad no crea esas energías a las que nos hemos referido en este artículo, y plantean que: “es la energía gravitatoria la que se transforma en esas otras energías.” A ellos, muy respetuosamente les aclaramos que la supuesta energía absoluta de la gravedad NO EXISTE, lo que existe es la relativa energía potencial gravitatoria, que es la que adquieren los cuerpos cuando son atraídos por la gravedad y que además pueden moverse para realizar un trabajo, si no se pueden desplazar no pueden realizar trabajo por lo tanto no tienen energía real.
    La gravedad sola, por si misma no tiene energía, La gravedad No es energía, la gravedad es una aceleración (g) que aplicada a un cuerpo con masa (m) que puede desplazarse una distancia (h), entre los tres componentes, crean la energía potencial gravitatoria: Ep=m.g.h.
    Estas opiniones hacen parte de La Nueva teoría sobre el Universo. Si te interesa el libro solicítamelo y te lo envío como obsequio.
    martinjaramilloperez@gmail.com

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