Tacones

POR Óscar Garduño Nájera

La belleza exige sacrificio y uno de ellos es la utilización de zapatillas con tacón, un artefacto que llegó para cambiar dramáticamente la estética y la presencia femeninas. No en vano se dice que cuando la mujer utilizó tacones por vez primera marcó el ritmo en el mundo


A mí me cuesta trabajo entender los motivos que llevan a una mujer a utilizar tacones, pues creo que a nadie, en su sano juicio, se le ocurriría infringirse dolor recurriendo a tales artefactos, confeccionados, según nos cuenta la historia (o Wikipedia, que para el caso es lo mismo), “en el siglo 15, cuando el uso de los estribos en el manejo de las caballerizas hacía necesario que el pie encajara en el estribo durante las maniobras con caballos”.
No voy a negar que los pasos de aquella mujer en minifalda lucen en perfecto equilibrio, que al verla caminar se antoja imaginar miles de cuerdas flojas dispuestas por toda la ciudad, tensadas de una calle a otra, como en un circo surrealista impuesto por las máximas autoridades femeninas (si es que las hay), o a la bailarina que aparece haciendo danzas acrobáticas en medio de la pista, sumergida en una cortina de humo, desnuda, con tan sólo unas botas de tacones enormes que, si corremos con suerte, pondrá sobre nuestra mesa, asegurándonos un premio que muy pocos mortales pueden obtener.
Por el contrario, también he visto a mujeres que, tras batallar por usar sus primeros tacones, quizás regalo de la madre cuando alcanzaron la edad de la adolescencia, ponen su vida en peligro al salir a la calle, dar un paso, luego el otro, para casi irse de boca, hasta aterrizar, de manera emergente, sobre el pavimento, o bien en los brazos de un príncipe azul, que por lo regular aparece después del aterrizaje, ofreciéndose para ayudar a que se levanten con la pregunta estúpida de: “¿Se cayó?”
Un secreto poderoso
Si se pone un poco de atención advertiremos que en cuestiones de moda la mujer, a diferencia del hombre, lleva la peor parte, pues muchas de las prendas que utiliza parecen confeccionadas como instrumentos de tortura para obtener una declaración desdichada (que por lo regular llega cuando están desnudas), como si la moda y el buen gusto estuvieran relacionados directamente con el sufrimiento y el dolor que provocan, y los tacones, por supuesto, no son la excepción, aun cuando madres ociosas quieran a toda costa acostumbrar a sus hijas, apenas niñas, a usarlos, sin medir las consecuencias físicas que ello implica, además de las psicológicas, pues dudo mucho que la niña agradezca tales gestos, cuando no que se la miente.
Tras la incomodidad de esos cuernos diabólicos debe existir un poderoso secreto que nos está negado al común de los mortales, o al menos a los que no hemos tenido la oportunidad de calzar tacones, aunque supongo que las botas vaqueras deben ser algo parecido para los hombres.
Por una buena fuente femenina sé de las virtudes que algunas mujeres atribuyen a los tacones. La primera de ellas, sin duda, tiene que ver con la altura, lo cual ya viene a asegurar una ingrata desventaja para los hombres que, como yo, somos bajitos, pues ocasiones hay en que parece que nos llevan de la mano, cual niños; además de la altura, me dice mi confiable fuente, los tacones mejoran la postura de la espalda. Y de lo anterior no estoy tan seguro, ya que si bien he visto que el uso de tacones fomenta posturas militarizadas, como de falsos niños héroes saludando a una bandera imaginaria (ahora que todos se acuerdan de la patria), también es cierto que a la primera oportunidad la mujer mueve discretamente las piernas, como dando pequeños pasos de baile; se para de puntitas, inquieta las mueve una y otra vez, ahora de atrás hacia delante, arrastrando los pies, haciendo círculos, igual de imaginarios que la bandera, con lo cual se deduce que la postura correcta se abandona en el momento más oportuno, cuando nadie voltea a ver a la mujer que lleva puestos los tacones.
También están las mujeres que acuden a trabajar y llevan aparte los zapatos de tacón, dentro de una bolsa de plástico, quizás junto a los tupperware de la comida, para, esquinas antes de llegar a la oficina, intercambiarlos por unas cómodas zapatillas planas, confirmando así que usar tacones debe ser algo así como caminar sobre brasas y clavos. Y me parece un desacierto que existan oficinas donde los tacones, como el uso de trajes en los hombres, sea obligatorio, cuando en realidad la decisión de usarlos debería corresponder única y exclusivamente a la mujer, sin que aquella que opte por dejarlos debajo de la cama sea observada como extraterrestre.
Con paso seguro
Ahora vamos a la parte que más me agrada: a fuerza de crearlo en el cine o en la televisión, el sonido lejano de unos tacones se ha vuelto lugar común. En la escena impera un silencio absoluto, de esos donde uno percibe la respiración o la tos del de al lado, o el crujir de las bolsas de papas fritas, cuando, repentinamente, escuchamos, a lo lejos, como traspasando la pantalla para irse todavía más allá de donde se encuentra ubicado el cine, el sonido de los tacones golpeando insistentemente el suelo, armónicos, precisos, anunciando no la llegada del Mesías sino de una hermosa rubia. Pongan a Kim Basinger en la película 9 semanas y media dentro de un vestido cortito y entallado, dejándonos apreciar las líneas no sólo de su cuerpo sino de sus labios, de sus párpados, de todo; sin embargo, para desilusión de muchos, tras de esta escena también hay una escenografía que al menos a mí me resulta fraudulenta. ¿Han visto el caminar con tacones de las mujeres que aparecen en telenovelas, películas y series de televisión? Parece que nacieron con los tacones integrados, que un benéfico mecanismo les permite sacarlos por la punta de sus talones cuando así lo requieren, como un control de mando (imaginen ustedes el de una lavadora) con varios botones de distintos colores: para los tacones bajos, oprima usted el azul; para los altos, oprima el rojo; para los de plataforma, oprima el verde, etcétera. Por supuesto habrá mujeres que al ver tales programas o películas crean que han recibido sus primeras lecciones en el uso de tacones por osmosis (incluso hay quien da recomendaciones de cómo usarlos por Internet) y serán las que, tras contemplar boquiabiertas en la televisión a la cantante de moda dando piruetas por el aire con unos inmensos tacones, se atrevan a salir a su cita con tacones, exponiendo incluso los pies de los demás, pues todos sabemos lo doloroso que resulta un pisotón con la punta de tales objetos. Sí, tienen razón: tras mucho intentarlo, tras detenerse de las paredes cual si vinieran en completo estado de ebriedad, al fin, un buen día, como recompensa a su esfuerzo, la mujer está lista para caminar por en medio de la acera con la seguridad y el equilibrio necesarios; también estará lista para burlarse de las que pasen a su lado, de las que apenas estén en la faceta de equilibrio.
Ya tiempo más tarde vendrán las deformaciones en la columna vertebral, el Hallux abductus valgus, la Sesamoiditis o el dedo en martillo. ¿Se han preguntado por qué las mujeres padecen cuatro veces más de problemas en los pies que los hombres?
Pero una vez puestas de pie se han de recibir cientos y cientos de piropos acerca de lo bien que lucen con los tacones, de lo torneadas que se les ven las piernas, y frente al glamur, frente a lo que se aparenta con los demás, cualquier dolor o instrumento de tortura estará de sobra.