De fiesta por el Nobel

POR Alfredo C. Villeda
La literatura latinoamericana es buena porque es literatura, no porque es latinoamericana, razonaba Alfonso Reyes. La Academia Sueca otorgó el jueves el sexto Premio Nobel de Literatura a un autor de la región, al peruano Mario Vargas Llosa, quien dijo que se trata de una distinción a las letras del subcontinente, que ya adquirieron ciudadanía mundial. La lengua española, pues, está de fiesta.
Los escritores galardonados suelen ser, en esos momentos inmediatos a la noticia, personas generosas que comparten el triunfo. La modestia del momento los invade. Por eso destacan casos como el de un otrora héroe de Vargas Llosa, Jean-Paul Sartre, quien desairó el Nobel con el argumento de que un autor no puede dejar de ser el mejor por un factor cíclico, es decir, el paso de un año en el que otro será el distinguido.
Fórmula de cortesía o reivindicación genuina, Vargas Llosa sí recibe un Nobel que premia por lo menos a otro peruano: al poeta César Vallejo. Puede ser que a otro paisano suyo, Ciro Alegría, pero imposible a Bryce Echenique, tan ganador de elogios como de censuras por sus refritos documentados. Si Carlos Fuentes, en tanto, se dice ya incluido en el galardón a Gabriel García Márquez, este es el momento de ratificarlo con seriedad, porque pasaron veinte años después del último Nobel a un autor en español: Octavio Paz.
Es cierto que al poeta mexicano se le otorgó sólo un año más tarde que a otro autor en lengua española, Camilo José Cela, pero ahora esos dobletes parecen estar lejos de un pronóstico realista, si se atiende el hecho lamentable de que ningún miembro de la Academia Sueca tiene ya no digamos como primera, sino como segunda lengua el español. La trama se tensa si se añade el conflicto geoliterario entre sus integrantes: Estados Unidos frente a Europa.
Frente al falible augurio de la muerte de la novela, el propio Fuentes ha enlistado una de las más brillantes constelaciones de todos los tiempos, pero contemporánea, en la que cita a sus amigos Milan Kundera y Salman Rushdie (grupo, terna intelectual y generacional de la que ya se ha escrito aquí antes), e incluye en español a Vargas Llosa, García Márquez, Juan Goytisolo y Fernando del Paso. Ésa es, precisamente, la ciudadanía mundial a la que se refiere el peruano Nobel 2010.
Hay en ese cónclave de la narrativa otros elegidos de la Academia Sueca, sí, señor. Figuran Toni Morrison, Günter Grass, Nadine Gordimer, V. S. Naipaul y Naguib Mahfouz. Porque, escribe Fuentes, nadie lee al Gabo o a Kundera en virtud de sus nacionalidades, sino en razón de la comunicabilidad de sus lenguajes y de la calidad de sus imaginaciones. Un lector X, como el fusilero, conoce mejor la obra del albanés Ismaíl Kadaré que la del veracruzano Sergio Pitol, premio Cervantes; ha leído la obra cuentística completa del francés Guy de Maupassant antes que el conjunto novelístico del guanajuatense Jorge Ibargüengoitia. Así pasa.
Quienes poco o nada literario han leído de Vargas Llosa suelen acudir a fórmulas de las que se echó mano hace dos décadas para intentar desacreditar a Paz. Un militante de izquierda verá con recelo las opiniones políticas del peruano, como cuando uno de derecha, si aún existen esas fronteras ideológicas que explicó en su momento Norberto Bobbio, recibía las de José Saramago, comunista hasta el ocaso, que no se fue sin abjurar de Fidel Castro.
A quien anteponga resistencia literaria por esos prejuicios ajenos a la literatura deberán bastarle La ciudad y los perros, primera novela de Vargas Llosa, y La fiesta del Chivo, cumbre de la narrativa de este autor, según la personalísima opinón fusilera, para deponer las armas. No se trata de ir hombro a hombro con el narrador en su apoyo a la guerra de Irak. Se trata de dejarse llevar con su pluma por un universo artístico de excepción, desde los años primeros de cadete y putas, hasta sus creaciones mayores, como el retrato crudo de la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en República Dominicana.
Vargas Llosa recibió hace dos semanas el honoris causa de la UNAM y le anunciaron el Premio Alfonso Reyes, que deberá recoger en diciembre en Monterrey. Gran palmarés el suyo, para exhibir como el del guatemalteco Miguel Ángel Asturias, cuyo mausoleo en el cementerio Père Lachaise de París se levanta grave, como un montículo de termitas, y en su lápida, ahíta de inscripciones, figuran incontables lauros coronados por el Nobel.
La madrugada de la noticia, este jueves, Vargas Llosa tomó todas las precauciones cuando sonó el teléfono, en prevención de una broma, dice, como la que padeció el italiano Alberto Moravia con una falsa llamada de la Academia Sueca. A Moravia, caray, que sólo por su novela El desprecio merecía el Nobel. El ahora ya anciano Jean-Luc Goddard, director de la versión fílmica de esa obra, con Brigitte Bardot en el papel estelar, debe pensar lo mismo.
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