De pecadores y científicos

La mentira y sus formas de existencia
POR Ximena de la Cueva
Yo quiero una princesa convertida en un dragón,
yo quiero el hacha de un brujo para echarla en mi zurrón, 
yo quiero un vellocino de oro para un reino,
yo quiero que Virgilio me lleve al infierno
yo quiero ir hasta el cielo en un frijol sembrado
y ya.
—Silvio Rodríguez—
En un estado “natural”, el engaño resulta indispensable para la sobrevivencia, ya sea que se use a manera de mimesis para pasar desapercibidos y no ser exterminados por el depredador o para no morir de inanición y alimentarnos de un incauto que nos crea una roca
Los métodos de mentir han sido, digamos desde el principio de los tiempos, diversos, y las mentiras en sí, plurales y hasta necesarias. Esa diversidad implica una clasificación que puede partir del concepto de realidad, de los juicios morales o de la más compleja de las percepciones.
Para algunos filósofos, cuya labor los hace pertenecer a esos grupos de humanos comprometidos con la búsqueda y edificación de nociones y realidades de toda índole, el acto deliberado de proporcionar información falsa es parte del oren natural de las cosas. En un estado “natural”, el engaño resulta indispensable para la sobrevivencia, ya sea que se use a manera de mimesis para pasar desapercibidos y no ser exterminados por el depredador o para no morir de inanición y alimentarnos de un incauto que nos crea una roca. Por otro lado y para cambiar a lenguaje político, hay especies como los macacos (macacos rhesus) que presentan conductas conocidas como maquiavélicas, mediante las cuales consiguen u otorgan favores que los proveerán de estatus, protección y comida, que en general son formas de poder. Si seguimos por esta línea, resulta que los investigadores han llegado a conclusiones tan extremas como que este tipo de presiones conductuales fueron parte de las causas de la evolución cerebral que condujo a la existencia del ser humano.
La mentira forma parte de nuestra vida social donde se insertan la familia, las actividades laborales, y por supuesto, la o las parejas, todo imbuido en el desarrollo político de nuestra individualidad y colectividad. Dejó de ser extraño y sorprendente escuchar mentiras enormes y deliberadas a través de los medios de comunicación, y al mismo tiempo, decidimos encubrirlas o reproducirlas con nuestras prácticas, en diferentes grados. Y aunque éstas puedan referirse a cuestiones macrosociales y por lo mismo resulten un tanto ajenas a los ciudadanos directamente, sus efectos se resienten históricamente en la formación de las ideologías nacionales.
Simulacros e ilusiones

Si asumimos que el padre de la mentira, para las nociones cristianas, es el mismísimo Satanás, entonces el cálido y oscuro territorio infernal se vuelve un espacio habitable y habitado por todos aquellos con preferencias más bien tendientes a lo caótico, pero también a eso que se reconoce como deseable por su carácter prohibido por las reglas divinas. Es más que probable que a partir de este umbral se disperse la idea de que la mentira resulte sólo positiva para quien la enuncie o practique, pues los dichos y expresiones populares hablan de inteligencia en los mentirosos y debilidad y falta de astucia en quienes prefieren las verdades. Sin embargo, aquí aparece una deliciosa contradicción, pues Sabina, claro amigo de Satán y empático con los placeres diabólicos, protagoniza una de sus canciones y aparece como el hombre que prefiere la verdad sobre cualquier otro discurso mientras la chica en cuestión le muestra la necesidad del ocultamiento para la estabilidad emocional; todos aprendimos que “en historias de dos conviene a veces mentir, que ciertos engaños son narcóticos contra el mal de amor.” Y asumimos la lección.
Sabemos a todas luces que son las condiciones específicas de las situaciones las que colocan a la mentira en un sitio particular, de modo que las connotaciones de los contextos pueden lo mismo hacer ver una verdad como inconveniente y una mentira como necesaria. Aquí están mezcladas enfermedades, posibles lapsos vitales, origen de ciertas ausencias y hasta la misma presencia de regalos junto a los pinos invernales cada 6 de enero. Quién necesita indiscutible y persistentemente las autenticidades y la falta de misterio implícito en la duda y en las amplias posibilidades de la ausencia de verdad.
Enseñanzas históricas y pecaminosas
Sin lugar a dudas, la calumnia es la mentira catalogada como la más grave e intolerable por las consecuencias sobre quien recae, su tratamiento legal y personal es delicado y su eliminación no necesariamente significa restauración del estatus de la víctima. Sin embargo, para bajar un poco el tono de las complejidades y consecuencias de estas cuestiones axiomáticas, sentemos a la mesa a estudiosos de las diferentes formas de realidad como San Agustín. Este maniqueo, en primera instancia, una vez convertido a otras formas de fe, hizo un análisis exhaustivo que lo llevó a distinguir ocho tipos de mentiras: las de la enseñanza religiosa; las mentiras que hacen daño y no ayudan a nadie; las que hacen daño y sí ayudan a alguien; las que surgen por el mero placer de mentir; las que se expresan para complacer a los demás en un discurso; aquellas que no hacen daño y además resultan de ayuda para alguien; las que además de no hacer daño pueden salvar la vida de alguien, y finalmente, las mentiras que no hacen daño y protegen la “pureza” de alguien. A lo largo de la vida hemos presenciado, enunciado, y con suerte, hasta sido cómplices de varias de ellas.
Tomás de Aquino, por su parte, aproximadamente mil años después, distinguió tres tipos de mentiras: la útil, la humorística y la maliciosa, y todas pecaminosas. Podemos imaginar la importancia de sus ideas si a la fecha se le tienen consideraciones nobiliarias y de patronazgo en el ámbito educativo. Habría que sentarlo también a nuestra mesa y plantearle los dilemas de la voracidad de los medios de entretenimiento y sus posibilidades como forma de instrucción y conocimiento.
Máscaras y ficciones

La amplitud y complejidad del espectro conductual humano ha llevado incluso a la existencia material de trastornos a partir de la enunciación de mentiras y a practicarlas sistemáticamente hasta las últimas consecuencias. En este rango se localiza el Síndrome de Münchhausen, así llamado a partir de las historias inverosímiles de Karl Friedrich Hieronymus, Freiherr von Münchhausen, más conocido como el Barón de Münchhausen; en este padecimiento psiquiátrico, el paciente finge dolores, molestias o enfermedades, sin embargo, el que resulta más grave es el Síndrome de Münchhausen por poder, en el que, casi siempre la madre, provoca enfermedades en los niños que pueden llegar a conducirlos a la muerte.
En un tono menos alarmante están las formas de encubrir las situaciones mediante la construcción de eventos ficticios, y para ello están la literatura, las expresiones plásticas, el teatro o el cine. Aquí la búsqueda es, en la mayoría de los casos, convencer al espectador de que la experiencia estética es factible a través del engaño, pero a manera de la magia ritual en la que los participantes emplean una máscara o un disfraz para ser parte de la fiesta y entre todos conseguir que el mundo siga girando y el sol existiendo. Al entrar en una sala de cine a ver V For Vendetta o al leer ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? sabemos que nos exponemos a una narración de eventos más allá de lo extraordinario, pero los símbolos y su disposición nos convencen de la posibilidad de existencia de las historias y sus consecuencias.
Y aunque la ficción no se considera una mentira como tal, sus elementos y la poderosa atracción de los relatos nos llevan a asumirnos como parte de un proceso en el que la creación no concluye y nos hace partícipes de una enorme posibilidad de mundos y realidades que dejan de ser ajenos e incluso se vuelven no sólo aceptables sino hasta deseables. Una vez que hacemos nuestro ese conjunto de símbolos y sus contenidos, su comprensión elimina la fracción de mentira que pudieron contener; Mijail Malishev afirma que “las cosas que superan nuestra capacidad de comprenderlas, tienden a exceder nuestra capacidad de tolerarlas.”
Aquellos para los que la mentira es un ácido corrosivo, posiblemente el Tiopentato de sodio, más conocido como “suero de la verdad”, se transforme en una bebida o sustancia inyectable capaz de producirles adicción, ya que con él conseguirán que sus realidades coincidan más fácilmente con los ocultamientos de sus compañeros laborales y amantes eventuales.
Para los que el sentido común nos dicta simplemente hacer a un lado la verdad, absoluta o no, para dar paso al más diabólico y desconsiderado mentiroso habitante de nuestra historia personal y existir con él sin límite una noche, asumiremos el aforismo que afirma que “la verdad se lleva bien con la realidad, en cambio la mentira vive en armonía con los deseos.”