Frijoles y civilización europea

POR Umberto Eco

El siguiente texto, en su extensión completa, fue escrito por Umberto Eco a propósito de la llegada del nuevo milenio. Pese a que han transcurrido diez años, la reflexión en torno a los cambios en las ideas y la tecnología en la Edad Media aún son dignas de tomarse en cuenta

Hace mil años estábamos justamente en la Edad Media. Por supuesto, “Edad Media” es un convencionalismo académico. Por ejemplo, en ciertos países —incluyendo Italia— el término “Edad Media” es empleado incluso cuando el escritor se refiere a los tiempos de Dante y Petrarca; en otros países, los escolares sitúan en aquellos años el Renacimiento. Para aclarar un poco más las cosas, déjenos decirle que hay por lo menos dos “Edad Media”: una que va desde la caída del Imperio Romano (siglo V, a.C.) hasta el año 999, y la otra, que inicia en año 1000 y continúa por lo menos hasta el siglo XV.
Ahora la Edad Media antes del año 1000 puede merecidamente ser llamada el Oscurantismo, un término cuidadosamente utilizado para todos los siglos entre el V y el XIV. Digo “merecidamente” no porque aquella época estuviera llena de ejecuciones en la hoguera, pues hubo flamas y piras también en los altamente civiles siglos XVII y XVIII, o porque las supersticiones se hayan extendido, pues en lo que se refiere a supersticiones —aunque por diferentes razones— nuestro New Age no se queda a la zaga.
No, aquel periodo puede ser llamado merecidamente Oscurantismo debido a las invasiones bárbaras que tuvieron lugar y que sitiaron a Europa por centurias y que destruyeron gradualmente la civilización romana. Las ciudades fueron devastadas, quedando en ruinas; los grandes caminos, al no ser transitados, desaparecieron bajo los arbustos enmarañados; y las técnicas fundamentales fueron olvidadas, incluyendo los procesos de minería y construcción. La tierra no fue más cultivada y, por lo menos hasta la reforma feudal de Carlomagno, áreas enteras destinadas a la agricultura volvieron a su naturaleza de bosques.
En este sentido, la Edad Media antes del año 1000 a.C. fue un periodo de indigencia, hambre e inseguridad. En su espléndida obra La civilization de l’Occident mediaevale, rica en observaciones de la vida cotidiana en la Edad Media, Jacques Le Goff ilustró cómo la pauperización de esa época fue registrada en cuentos populares. En una de las historias, un santo aparece mágicamente para reparar una hoz que un campesino había estropeado accidentalmente. En un tiempo en el que el hierro se había vuelto raro, la pérdida de una hoz era un suceso terrible, haciendo imposible para el campesino continuar cosechando.
                                                                                                      
Transformación radical

Cuando la población se redujo y se hizo menos fuerte físicamente fue presa de enfermedades endémicas (tuberculosis, lepra, úlceras, tumores) y de pavorosas epidemias como la peste. Siempre es riesgoso aventurar cálculos demográficos para el milenio antepasado, pero de acuerdo con algunos estudiosos, Europa en el siglo VII redujo severamente su población a 14 millones de habitantes; otros fijan 17 millones para el siglo VIII. La baja población combinada con la tierra poco cultivada causó en casi todos desnutrición.
Conforme el segundo milenio se aproximaba, las estadísticas cambiaron: la población creció. Algunos expertos calculan un total de 22 millones de europeos en 950; otros hablan de 42 millones en el 1000. En el siglo XIV, la población de Europa oscilaba ente 60 millones y 70 millones. Aunque las estadísticas difieran, hay un punto de acuerdo: en los cinco siglos posteriores al año 1000, la población de Europa se duplicó e incluso triplicó.
Las razones del auge europeo son difíciles de determinar; entre los siglos XI y XIII ocurrieron transformaciones radicales en la vida política, en el arte, en la economía y, como veremos, en la tecnología. Este resurgimiento de la energía física y de las ideas fue evidente para quienes vivieron en ese tiempo. El monje Radulphus Glaber, nacido en los últimos años del primer milenio, comenzó a escribir su famoso Historiarum aproximadamente 30 años después. El monje no tenía exactamente un punto de vista feliz de la vida y habla de una hambruna en 1033, describiendo instancias atroces de canibalismo entre los campesinos más pobres. Pero de alguna manera sentía que, con el año 1000, un espíritu nuevo estaba presente en el mundo, y que las cosas —que hasta entonces habían ido mal— estaban tomando un rumbo positivo.
Así lo enfatiza en un pasaje casi lírico, que podría estar fuera de los anales de la Edad Media. En él dice cómo, en el fin de milenio, la tierra súbitamente retoñó como un vergel en primavera: “Fue casi en el tercer año después del 1000, cuando, en todo el mundo, pero especialmente en Italia y en la regiones de Gaul, hubo un renacimiento de las basílicas… cada nación cristiana se dispuso a adquirir la máxima belleza. Parecía que toda la Tierra, sacudiéndose de la era vieja, se renovaba con un manto de iglesias”.
Resurgimiento económico

En realidad, el florecimiento del arte romanesco al que Radulphus se refería no tuvo lugar repentinamente en el año1003; Radulphus estaba escribiendo más como poeta que como historiador. Pero habla de una rivalidad de poder y de prestigio entre varias ciudades-Estados; estaba hablando acerca de nuevas técnicas arquitectónicas y de un resurgimiento económico, ya que no puedes construir dichas iglesias sin una riqueza atrás; estaba hablando de iglesias concebidas en dimensiones más grandes que sus predecesoras, es decir, iglesias capaces de albergar una población creciente.
Naturalmente se puede decir que con las reformas de Carlomagno, con la construcción del imperio germano, con el rejuvenecimiento de las ciudades y el nacimiento de las comunas, la situación económica también mejoró. Aunque no sería posible afirmar por qué, a saber por la situación política prevaleciente, las ciudades florecieron, ¿fue debido a que las condiciones laborales y de la vida diaria fueron mejoradas por algo? En los siglos anteriores al 1000, un nuevo sistema trianual de rotación de granos fue adoptado lentamente, permitiendo que la tierra fuera más fértil.
Pero el cultivo requiere herramientas y fuerza animal, y en este frente también había habido pérdidas. Poco antes del año 1000 a los caballos se les empezó a proteger con herraduras de acero y con estribos. Estos últimos, por supuesto, beneficiaron más a los caballeros que a los campesinos. Para éstos, la invención de un nuevo tipo de collar para los caballos, bueyes y otras bestias de carga fue el que probó ser revolucionario. Los viejos collares presionaban los músculos del cuello de los animales, dificultando su rendimiento.
El nuevo collar involucraba los músculos del pecho, incrementando la eficiencia de los animales hasta en dos tercios, y permitiendo para ciertas tareas que los caballos sustituyeran a los bueyes (los bueyes estaban mejor adaptados a los viejos collares, pero trabajaban más lentamente que los caballos). Además, en el pasado los caballos debían ser colocados en una línea horizontal y ahora podían ser colocados en una sola línea, incrementando significativamente su capacidad de tracción.
Alrededor de esa época, los métodos de arado cambiaron. Ahora el arado tenía dos ruedas y dos cuchillas, una para cortar la tierra y la otra para removerla. No obstante que esta “máquina” ya era conocida por los pueblos nórdicos desde principios del siglo II a.C., no fue sino hasta el siglo XII que se extendió por toda Europa.
El milagro de las legumbres

Aunque de lo que en realidad quiero hablarles es de los frijoles, y no sólo de los frijoles sino también de los guisantes y de las lentejas. Estos frutos de la tierra son ricos en proteínas vegetales, como cualquiera que ha llevado una dieta baja en carnes lo sabe. Ahora, los pobres, en aquella remota Edad Media, no comían carne, a menos que criaran algunas gallinas o practicaran la cacería (los bosques eran propiedad de los señores). Y, como lo mencioné al principio, esta dieta pobre alimentaba a una población mal nutrida, delgada, enfermiza, baja en estatura e incapaz de sembrar los campos.
Así, cuando, en el siglo X, el cultivo de legumbres empezó a extenderse, tuvo un profundo efecto en Europa. Los trabajadores pudieron comer más proteínas; en consecuencia se fortalecieron, aumentaron su promedio de vida, procrearon más hijos y repoblaron un continente. Creemos que las invenciones y los descubrimientos que han cambiado nuestras vidas dependen de máquinas complejas. El hecho es que si seguimos aquí –quiero decir, los europeos, pero también aquellos descendientes de los Padres Peregrinos y de los conquistadores españoles— es por los frijoles. Sin ellos, la población europea no se hubiera duplicado en unos cuantos siglos y hoy no nos contaríamos en cientos de millones y muchos de nosotros, incluyendo a los lectores de este artículo, no existiríamos. Algunos filósofos dicen que lo anterior sería mejor, pero no creo estar de acuerdo.
¿Y qué con los no europeos? No estoy familiarizado con la historia de los frijoles en otros continentes, pero seguramente incluso sin los frijoles europeos la historia de aquellos continentes habría sido diferente, al igual que la historia comercial de Europa habría sido diferente sin la seda china y las especies italianas.
Por arriba de todo me parece que la historia de los frijoles tiene algún significado para nosotros actualmente. En primer lugar nos aconseja que los problemas ecológicos se deben tomar seriamente. En segundo lugar sabemos desde hace mucho tiempo que si occidente comiera arroz café, maíz, cereal (todos ellos deliciosos, a propósito), consumiríamos menos pero mejor comida. ¿Pero quién piensa en esas cosas? Todos dirán que la invención más relevante del milenio es la televisión o el microchip. Pero sería grandioso si también aprendiéramos a conocer algo de las épocas oscuras.
Tomado de: The New York Times. Abril 18, 1999.
Traducción y edición: José Luis Durán King.