Inside Deep Throat: el déja vu del porno chic

POR Iván Ríos Gascón
Inside Deep Throat, la película de Fenton Bailey y Randy Barbato, es un estupendo periplo sobre esa revuelta sociocultural de los 70 que abrió la Caja de Pandora de una sociedad adicta a los héroes refractarios. La moraleja es que el sexo es vida, pero el tiempo se encarga de marchitarla

Inside Deep Throat, el documental de Fenton Bailey y Randy Barbato, se estrenó el 11 de febrero de 2005 en dos salas de Nueva York: el Loewes, de Times Square, y el Odeon, situado en Bleecker Street. Pese a las expectativas que la prensa estadounidense confirió a la producción de Brian Grazer, lo cierto es que muy pocos neoyorquinos se interesaron por el irónico, astuto, divertido y memorioso recorrido por las peripecias que Garganta profunda, la legendaria película de Gerard Damiano, debió afrontar en la década de los 70, cuando se estrenó en los teatros de Manhattan.
Por su ambigua condición de inmoralistas, Linda Lovelace y Harry Reems (los protagonistas de esa mítica apología de la fellatio), y el propio Damiano, se convirtieron en figuras célebres entre la cool people y en criaturas libertarias de la clase media yanqui; debido a que su osadía fílmica fue como un llamado a la movilización psicosocial, para una sociedad amordazada por los látigos de la mojigatería y de la ultraderecha. Bajo el eslogan que resume la genuina historia de Garganta profunda (“Se filmó en seis días por 25 mil dólares. Ganó 6 millones de dólares. Fue prohibida en 23 estados de la Unión Americana y el gobierno no quiso que la vieras”), Inside Deep Throat es un fabuloso documental que pasa lista a los demonios de una nación incapaz de superar la hipocresía, la insania, las paradojas culturales y los fenómenos mediáticos, pero, en mayor medida, un excelente testimonio gremial sobre las huellas que el cine porno dejó en el erotismo contemporáneo: la fascinación voyeur, la atracción fatal por las divas del coito hiperrealista, la reconciliación individual con los fetiches y los objetos del deseo y, por supuesto, el triunfo de la voluntad epidérmica, mental y emocional que, bajo la óptica de los realizadores, Garganta profunda operó en un imaginario vapuleado por la sombra reaccionaria.
Y es que Fenton Bailey y Randy Barbato, esa huidiza mancuerna de cineastas dedicados a explorar los recovecos más extraños, y en cuya ingente filmografía se cuentan Hidden Führer: Debating the Enigma of Hitler’s Sexuality (2004), un documental basado en el libro del historiador germano Lothar Machtan, donde se aborda la tesis de que Adolfo Hitler era gay y, por tanto, su crueldad fue una mórbida consecuencia del empeño por ocultar ese secreto; Dark Roots: The Unhautorized Anna Nicole (2003), un estúpido documental sobre los idiotas oportunistas; Party Monster (2003), una obra de ficción basada en la historia real de Michael Alig, un animador de fiestas juveniles que se volvió famoso por asesinar a su  drugdealer (estelarizada por el viejo y casi perdido Macaulay Culkin), y Monica In Black and White (2002), una hagiografía repetitiva sobre las aventuras orales de Monica Lewinsky, llevan a cabo una transparente disección del ambiente neoyorquino de los años 70, a través de las voces más autorizadas para evocar los embrollos de una sociedad a punto de romper el cordón umbilical de sus prejuicios: Peter Bart, Carl Bernstein, Tony Bill, Hellen Gurley Brown, Susan Brownmiller, Dick Cavett, Wes Craven, Gerard Damiano, Alan M. Dershowitz, Larry Flint, Al Goldstein, Hugh M. Heffner, Xaviera Hollander, Erica Jong, Charles Keating, Linda Lovelace (en imágenes de archivo), Bill Maher, Norman Mailer, Camille Paglia, Larry Parrish, Harry Reems, Terry Sommer, Georgina Spelvin, Andrea True, Gore Vidal, John Waters, Ron Wertheim, la Dra. Ruth Westheimer, Linda Williams y David Winters, entre otras voces peregrinas, cuyos alegatos sobre el éxito, la persecución y la censura que rodearon a Garganta profunda, esbozan la gloria y la caída del porno chic, un efímero movimiento que trastocó el ambiente urbano y cultural de Estados Unidos a partir del auge de las salas que proyectaban películas XXX, la tímida pero firme producción de películas hard core con búsquedas estéticas y el consumo compulsivo de estos productos, la consolidación de un star system de lo obsceno (donde Linda Lovelace, Georgina Spelvin y Marilyn Chambers eran las reinas) y, principalmente, los defectos de la apertura sexual como una moda, pero no como un estilo de vida.
Pornógrafo excomulgado

Inside Deep Throat comienza con el primer plano de un viejecillo con aspecto de Rodney Dangerfield (pantalón a cuadros de poliéster, playera de polo del mismo material, gorra de béisbol y tenis para pies cansados), que camina por un impersonal suburbio de Florida. El viejecillo saluda a la señora Smith o Williams o Peterson, el apelativo no es muy claro, y después prosigue su trayecto, hasta detenerse en un buzón sin nombre. Revisa el contenido, y la voz en off de Dennis Hooper nos avisa que estamos viendo, ni más ni menos, que al mismísimo Gerard Damiano, el diablo de los 70, el pornógrafo excomulgado, el cerdo mayor del celuloide y el exegeta de los psicalípticos e integrados, porque apodos le sobran a este maestro antediluviano y, acto seguido, la cámara se interna hasta un dormitorio sin lujos ni abalorios, donde Damiano lanza una perorata sobre su obra maestra: “En aquella época yo quería hacer algo diferente, bueno, quería a alguien diferente. Entonces un amigo me sugiere que vea el trabajo de Linda Lovelace, porque tiene un talento incomparable.”
El talento del que habla Damiano es, precisamente, la asombrosa habilidad de tragaespadas de la Lovelace, una mujer que hizo de su vida un dédalo de vicios públicos y virtudes privadas, ensamblado por un sórdido periplo por los bajos fondos de la violencia intrafamiliar, orquestada por Chuck Trainor, su manager, su explotador y compañero sentimental de aquellos años.
Así que, en 1972, cuando Gerard Damiano llevaba tres años de una carrera que comenzó con la cinta llamada We All Go Down (1969), en tanto que su nueva musa Linda Lovelace contaba con sendos estelares dirigidos por pornógrafos menores como Bob Wolf, que la dirigió en The Piss Movie, un ménage a trois que culminaba cuando todos se orinaban mutuamente, y The Dog Fucker I y II, donde LL (su nombre de batalla en el hard core) fornicaba con un pastor alemán, la idea de Garganta profunda se germinó a partir de una búsqueda contraria a los antecedentes de estos personajes, pues, por un lado, Damiano pretendía filmar una película donde el gozo femenino adoptara la dimensión de una apoteosis, mientras que LL estaba acostumbrada a los más pérfidos trabajos, presionada por la despótica avaricia de Chuck Trainor.
Un universo delirante
El móvil esencial, explica Gerard Damiano a la cámara de Bailey y Barbato, consistía en crear un universo delirante y contradictorio, y establecer una complicidad con el espectador. Esta connivencia se basaba en la absurda y truculenta línea argumental, ya que Garganta profunda partía de la miseria íntima de LL, una mujer que, no obstante su desinhibida e hiperactiva vida sexual, jamás había experimentado un orgasmo. La razón de su terrible mal, no se hallaba en un ego sometido por el remordimiento ni por una lívido entumecida por el diablo, sino por una deformidad aterradora: el clítoris de la heroína de Garganta profunda no estaba en el sitio exacto, sino que se encontraba en la laringe.
Para Damiano, esta propuesta le pareció un ardid creativo y, básicamente, revolucionario, porque el porno que este hombre nacido en 1928 pretendía filmar debía poseer un sólido contenido literario y una buena dosis de fantasía, para que, con estos elementos, pudiera dar rienda suelta a sus obsesiones sobre la prevaricación y las revueltas de la carne y que, como reconoce él mismo, comenzaron con Garganta…, pero tomaron forma con El diablo y la señorita Jones (1973), el largometraje que, tras el éxito comercial del film protagónico de LL, Damiano realizaría con Georgina Spelvin.
La confesión de Damiano ante Bailey y Barbato confirma los emblemas que algunos teóricos le confieren a este pornógrafo singular, pues, por ejemplo, se asemejan mucho a la noción que Ramon Freixas y Joan Bass apuntan de su obra, en el libro El sexo en el cine y el cine de sexo (Paidós, 2000): “Damiano es un moralista convencido que pulveriza el puritanismo cinematográfico estadounidense. Inquietudes como el pecado, el castigo, la redención, el deseo, la sumisión o la disidencia sexual son la sal de su obra. Le interesan los frágiles lindes que separan las verdades de las mentiras, pero quizás el motivo de mayor sorpresa estriba en que sus personajes (no todos, claro) están tocados por la ambigüedad, son moralmente dudosos, dibujan una propensión a la violencia y a la locura que los rescata de la trivialidad.”
Y es que, acaso, esa propensión a la violencia y la locura como válvula de escape a la trivialidad, se convirtió en el percutor del vertiginoso e infortunado ascenso de Garganta profunda en la mitología norteamericana de los años 70, porque acto seguido, Fenton Bailey y Randy Barbato comienzan a recolectar los testimonios de una tribu de guerreros de la contracultura y la desacralización de lo prohibido, que presenciaron los fenómenos extremos del porno chic.
Entre el arte y el crimen

John Waters explica que Garganta… fue como un lenitivo para la constante dispepsia colectiva, que provocaba un cine grasiento y cochambroso. La metáfora del maestro Waters no podía ser más acertada, pues como la fast food, la producción fílmica estadounidense de la época parecía un sórdido buffet del China Town, donde prevalecía una variedad insospechada de platillos ñoños, preparados para que el público eructara mediocridad, grisura y conformismo. De esta manera, el cine porno fue como el arribo de una receta exótica que iba aliviar las soporíferas ventosidades de la clientela, lo que, obviamente, desembocó en el consumo de lo obsceno como signo del fashion y el glamour.
Norman Mailer contribuye a las tesis de John Waters, pero con una noción más comprometida con el ánimo setentero. Para él, la bruma creativa que el ambiente político–social infligía en el espíritu correspondía a la perpetua discusión del arte. Garganta profunda, dice Mailer, no era cine de arte, pero la censura airada que cayó sobre la cinta la elevaron a una categoría ulterior, ya que la estupidez y la insana voluntad por la cacería de brujas obraron el prodigio de subvertir sus atributos. Así, las salas empezaron a llenarse para ver esa película maldita. Engrosado por las celebridades (músicos, escritores, modelos, pintores, modistos, periodistas, diseñadores, estrellas de cine y televisión, intelectuales y millonarios), el club de fans de Linda Lovelace y Gerard Damiano, dice Mailer, abrió el debate sobre la condición de un género que debía toda su gloria a su entraña subversiva. Entonces, algo quedó muy claro: Garganta profunda representó el auténtico dilema del creador, que consistía, sencillamente, entre hacer arte y cometer un crimen.
Derecho a la lujuria

Mas como delito, la película de Damiano fue un crimen bastante defectuoso. Porque como explican Hugh M. Hefner, Xaviera Hollander, Larry Flint, Camille Paglia, Andrea True, Wes Craven, Georgina Spelvin, Erica Jong y Gore Vidal, cada uno con ligeras variaciones de matiz en su discurso, lo cierto es que la avanzada de Garganta profunda fue una victoria pírrica, ya que jamás se concretó, cabalmente, el divorcio de la sociedad con sus fobias más arcaicas.
De poco sirvió que Damiano, Linda Lovelace y Harry Reems (que interpretó al ginecólogo–espeleólogo que descubre la deformidad de LL y la incita a probar suerte en la fellatio), aparecieran en portadas de revistas, en programas de televisión para defender su derecho a vivir de la lujuria, y en rumbosas fiestas y secciones de sociales de los diarios, porque la euforia iba a desinflarse a la década siguiente, cuando las cruzadas antiporno consiguieron derribar al frágil Leviatán de esa industria colonizada por los improvisados, los diletantes y los mercachifles, que renegaron de los principios de criaturas como Damiano o los hermanos Mitchell (autores de otro clásico, Detrás de la puerta verde, el lanzamiento oficial de Marilyn Chambers), para recaudar miles de dólares con insulsas producciones que prescindían de todo: de histrionismo genital, de ardorosas puestas en escena, de habilidades fotográficas pero, sobre todo, de astucia argumental.
Gerard Damiano se lamenta, entonces, de la falta de talento de los nuevos pornógrafos, y afirma a Bailey y a Barbato que, para él, el sexo es un territorio sublime, que se aleja diametralmente de las pulsiones insitintuales. Por tanto, una película porno debe aspirar a ser una zona erógena visual, donde el público pueda enchufar la irrealidad del film con sus propias sensaciones, y esto se consigue fácilmente: primero es necesario urdir una trama donde luchen la tentación y el dominio represivo, y luego hay que exhibir, hay que mostrar hasta el paroxismo, todo aquello que no se ve y usualmente no se piensa, en el momento en que cogemos con ímpetu, con desenfreno.
¿Astuto, cerebral o solo perverso? Las palabras de Damiano esclarecen la búsqueda de un inmoralista que, en 1994, se retiró con una cinta sin pena ni gloria: Naked Goddess 2. Tras 25 años de una trayectoria nimbada por Garganta profunda y El diablo y la señorita Jones, la ironía biográfica de Gerard Damiano, como la de LL y Harry Reems, lo siguió hasta su ancianidad. A pesar del éxito arrollador de Garganta… y de las inequívocas ganancias del resto de sus filmes, Damiano no tiene un centavo. Vive en Florida en una casa austera, como cualquier gringo viejo abatido por las ínfimas bondades de la seguridad social.
Por su parte, Linda Lovelace y Harry Reems, pagaron onerosamente, el éxito y la fama de Garganta…: proclive a la codependencia y la explotación, LL permitió que Chuck Trainor abusara de sus habilidades y, tras dirigirla en unas cuantas cintas más, donde compartió créditos con John Holmes y Andrea True, se casó con Larry Marciano, un albañil e instalador de televisión por cable, con quien vivió en la miseria de una casa rodante. Publicó los libros Ordeal y Out of Bondage, sus truculentas memorias sobre la experiencia pornográfica, y fue explotada, una vez más, por las feministas antiporno Andrea Dworkin y Catherine McKinnon, quienes la exhibieron como la víctima más desgraciada del machismo obsceno. En el eclipse de su vida posó desnuda para la revista Legs show. Murió en un accidente automovilístico el 22 de abril de 2002, en Denver, Colorado. Y, como Damiano, tampoco tenía un penique.
Solo en el abismo

Finalmente, Harry Reems, el mayor damnificado de Garganta profunda (pasó dos años en prisión debido a que él no gozaba de la inmunidad judicial que Damiano y Lovelace, precavidos, obtuvieron en la turbulencia de la censura y la persecución) vivió una larga temporada en el infierno de las drogas y el alcohol. A pesar de haber sido el icono mayor de la transgresión estadounidense (Norman Mailer asumió públicamente su defensa) y de codearse, durante un tiempo, con lo más cool de Nueva York, nadie le ofreció empleo como el actor que creía ser, y dedicó varios años de su vida a protagonizar las más ínfimas películas porno de la historia, aunque en dicha filmografía se incluyan roles con genuinas divas del orgasmo, como la controvertida Traci Lords.
Actualmente, Harry Reems es un cristiano fervoroso, y vive medianamente desahogado y sobrio, en una granja de Connecticut.
Viejas leyendas

El porno chic ha muerto. Inside Deep Throat, la película de Fenton Bailey y Randy Barbato, es un estupendo periplo sobre esa revuelta sociocultural de los 70, que abrió la Caja de Pandora de una sociedad adicta a los héroes refractarios. Hombres y mujeres que, en la reminiscencia, buscan afanosamente un déja vu de mejores días y felices horas, pues, sin querer, los realizadores ponen de manifiesto la verdadera condena del cuerpo y su placer ambulatorio: tan sólo de mirar a Andrea True y a Georgina Spelvin, esas hembras idealizadas por sus pieles y resquicios, convertidas en un par de respetables abuelitas (la Spelvin se ve tan solemne y arrugada, que no podemos evitar imaginarla en una casona de Kentucky, con un perro, un caballo y una tarta humeando en la ventana), el desasosiego nos invade. Porque la desolada imagen de las viejas batallas sólo confirma que la transgresión, la inmoralidad y lo prohibido, son un mero asunto de conciencia. El sexo es vida, pero el tiempo se encargará de marchitarla.