La resonancia del mito

POR Marina Warner
Para Borges, el mito era un intercambio de murmullos entre pasado y presente; para Freud y Jung, la historia es identificable a través del mito. Lo cierto es que en pleno primer decenio del siglo XXI nos movemos en un universo plagado de fantasmas que llegan desde la antigüedad

Los escritores no crean los mitos, los toman y los difunden. Incluso, Homero contaba historias que su público ya conocía. Si algunos de los presentes no estaban familiarizados con las andanzas de Odiseo o con la Guerra de Troya, y las escuchaban por vez primera, estaban conscientes de que se trataba de una herencia común que pertenecía a todos. Su único autor –si Homero fue uno en todos los— actuó como el conducto de un conocimiento colectivo, compilándolo para volverlo a contar.
En un inspirado ensayo sobre Los traductores de Las mil y una noches, Jorge Luis Borges elogia el intercambio de murmullo entre los escritores a través del tiempo y las culturas, y señala que la mayoría de las literaturas habla a otras literaturas, mece las figuras en la alfombra, enriquece los idiomas y las expresiones, convirtiéndose en metáforas e historias. Borges no era un creyente de nada –ni siquiera de la magia—, pero no podía prescindir de lo fantástico y lo mitológico. Compiló un bestiario maravillosamente quijotesco y útil, El libro de los seres imaginarios, para incluir la fauna de la literatura universal: quimeras, dragones y sirenas. Pero Borges también incorpora algunas de sus propias invenciones, Las criaturas que viven en los espejos, por ejemplo.

A Borges le gustaban los mitos porque creía en el principio de la “imaginación razonada”: que el conocimiento de las viejas historias, y recuperarlas y volver a trabajarlas, provocaba una iluminación diferente a la indagación racional. Los mitos no son mentiras o engaños, como Hipólita la Reina Amazona respondió a los comentarios despectivos acerca del encantamientote Teseo. Una de las historias famosas de Borges, Las ruinas circulares, desarrolla una fábula de tono perfecto acerca de existencia adivinada en el siglo XX: un mago sueña a un niño dentro de su ser, para descubrir, mientras camina ileso por el fuego en las líneas finales de la historia, que él mismo se ha soñado.
En Las ruinas circulares, Borges anexa y hace una revisión de las narraciones de los viajes chamánicos en trances que han sido registrados en las profundidades del invierno de los páramos siberianos y transmitidas por los etnógrafos de la gran escuela parisina de los estudiosos de lo sagrado (Georges Dumézil, Marcel Mauss y Marcel Granet). Borges traslada a su protagonista a un templo en ruinas de una selva de América del Sur, perfilando a los chamanes de Siberia con sus homólogos indios de América Latina, quienes también sostenían que los hombres y las mujeres pueden metamorfosearse en su sueño y viajar fuera de su cuerpo y del tiempo. Los mitos no sólo tenían mucho en común, sino que conectaban a comunidades dispares a grandes distancias a través de nuestros poderes fabulistas, lo que Henri Bergson denomina fabulatrice fonction, es decir, la facultad de crear mitos.
El principio fáustico
La palabra “mito” se utiliza generalmente para evocar una religión muerta (los olímpicos griegos olímpicos, el panteón nórdico), pero también se aplica en ocasiones imprudentemente a los relatos sagrados de los pueblos que aún están considerados, inconscientemente, como primitivos, y por lo tanto de alguna manera inadulteradamente antiguos (las epopeyas en sánscrito de los hindúes, los cuentos, los cuentos aborígenes australianos, los mitos del los indios de Brasil). El uso de los diagnósticos sobre el mito tanto de Jung como de Freud Ambos parten de este supuesto: la pureza, las tendencias históricas humanas, sus impulsos y temores, serán detectables a través de los mitos. Para Freud, la historia salvaje de Zeus castrando y deponiendo a Cronos para convertirse en el gobernante del Olimpo ilumina el conflicto que acosó a todos los padres e hijos en los tiempos históricos. La forma en que Freud contó una y otra vez esta historia está tan arraigada que aún son pocos los que saben cómo el propio padre de Cronos, Urano, fue depuesto sin derramamiento de sangre –se marchó con tristeza, expulsado del cielo por su propio hijo como castigo por exceder su autoridad.
“Los mitos definitivamente no son barandillas, colocados en cada curva peligrosa para prolongar la vida del individuo o de la especie humana”, escribió Roger Caillois, amigo de Borges. Sin embargo, de vez en cuando, una escritora como Mary Shelley se apodera de una historia y envía una advertencia que se extiende de la página al mundo casi al instante. Su doctor Frankenstein abreva en el mito de Fausto, es en sí mismo una figura de la presunción humana, de la estirpe de Prometeo y Lucifer y otros que se han rebelado contra los dioses y los límites que les imponen. Sin embargo, en una brillante innovación de pensamiento compasivo, Shelley se centró en la criatura, y su Criatura –especialmente a través del pathos de la encarnación fílmica de Boris Karloff— ha migrado cada vez con mayor regularidad a las fiestas populares y rituales (fiestas de disfraces, veladas de videos de horror de vídeo), así como en docenas de pesadillas en torno a la ingeniería genética. Pero si la criatura de Frankenstein encarnó para los primeros románticos a las víctimas de la ciencia racional desencadenada, ¿qué mito podría hoy despertar y lanzar una advertencia hacia la imaginación razonada de hoy?

Me parece que Erisychthon es un fuerte candidato en el mundo del ecodesastre: él es el magnate de Ovidio, que corta un bosque entero incluso después de ser advertido de las consecuencias, por lo que es maldecido con un hambre implacable por la indignada diosa de la naturaleza, tanto que termina vendiendo a su hija para alimentarse y, cuando eso ya no funciona, se devora a sí mismo mordida por mordida.
Otros mitos de nuestro tiempo podrían ser los vagabundos y fugitivos –Io es expulsados de un país a otro; a Leto se le prohíbe descansar y dar a luz a sus hijos a todo lugar al que llega; Eneas deja Troya en ruinas humeantes con su padre sobre la espalda, como Dido deja ciudad de Tiro, ambos huyendo hacia el oeste.
En 2005, el planeta descubierto, 2003-UB313 fue rebautizado como Eris, la diosa de la discordia, cuyas acciones catalizaron la Guerra de Troya. El tema de Troya nunca desaparece. Sin embargo, resulta que los astrónomos no tuvieron esta inspiración por el estado del mundo, sino por las circunstancias de su profesión. En un espíritu de resistencia para mantener a Eris en el planetario, espero que otro cuerpo en órbita esté a la vista, uno soñado por la imaginación razonada de un fabulista y que traiga consigo una nueva criatura fuera del espejo del mito.
Tomado de: The Liberal.
Traducción: José Luis Durán King.